Este viernes volvía yo de marcha –madrugada del sábado, siete de la mañana, a mis 35 años y sin ningún asomo de rubor-, regresaba sano y salvo y atravesaba las tortuosas calles de único sentido del centro de Majadahonda, a punto de llegar a mi nueva residencia, auténtico palacete de finales del siglo XX, 50 metros cuadrados. Total, que enfilo la última callejuela, sintiendo ya mi cabeza rodar por la almohada, cuando enfrento un último obstáculo: un furgón de Correos descargando su obsoleto elemento, pilas de sobres con muchas facturas, folletos publicitarios y muy pocas cartas de amor. Como no te pega pitar y acelerar el noble oficio de cartero, me puse a dar marcha atrás, obediente, vigilando los retrovisores, la calle vacía detrás de mí.

Eso creía yo. Juro por mis muertos que no lo vi. Un camión de frutas, oculto en la perpendicular más próxima, había bajado su portón y se disponía a descargar su menos noble mercancía, pero no les dio tiempo; empotré lenta e inexorablemente mi luneta térmica y mi faro derecho –los Corsas del 2000 ofrecen esa particularidad demodé, los faros arriba, tan absurdo como hubiera sido poner los ojos al lado de la boca, para que te sacaras uno llevándote una cucharada de garbanzos a dicha cavidad- en su invisible portón desplegado en la horizontal. No me pegué más susto que los asombrados operarios de la fruta; obviamente a su camión no le había pasado nada, pues su portón era recio y se había hincado en mi pobre automóvil como un cuchillo en la mantequilla. Crucé unas palabras absurdas -a su camión no le podía pasar nada, joder- y salí pitando.

Así que la cama era un punto que se alejaba en el horizonte, como el talento para Robert Smith –Muchachada dixit-, porque subí a casa a por cinta ‘islante’ y un poco de plástico y disfracé mi coche del coche de los gitanos, y así lo dejé abandonado a su suerte, y yo me fui a casa suspirando y llamé al seguro y di un parte y esperé despierto hasta las 8 que abrían los talleres de lunas de guardias, e hice mi pedido de luna términa de Corsa del 2000 y fui emplazado para la tarde del sábado.

Así que dormí unas horitas –cuatro, como ‘Lo que el viento se llevó- y me levanté y fui a buscar a mis padres, a quienes había prometido llevar a conocer mi nidito de amor sin amor, y cumplí con lo prometido, aún con mis plásticos provisionales ondeando al viento y el sonido de los camiones de la M50 zumbando ensordecedor en el habitáculo, para asombro de mis congéneres conductores. Les puse de comer ensalada y filetes en mi nueva mesa de comedor redonda y negra como la luna nueva, y les enseñé mi piso, que se ve simplemente con abrir los ojos y mirar alrededor. A mi madre le gustó. Mi padre no sabe no contesta.

Y como soy tan listo, al anochecer, cansado como estaba -tres horas de espera en un taller a mis espaldas, aunque el tema de la luna por fin resuelto-, pero reticente a dejar pasar un sábado volar así como que nada, me fui al cine y me metí en una de miedo, ‘Los extraños’, olvidándome de dos factores fundamentales. El primero: que las películas de miedo ingresan en dicha categoría precísamente por eso, porque dan miedo. Segundo: que cuando estás cansado, el miedo deja de ser divertido y se convierte en pánico auténtico, en terror. Así que creí que me infartaba. Empecé a pasarlo mal en el minuto seis del filme, hacia el minuto veinte valoré seriamente el salirme y en el treinta pensé que yo hacía caja en la fila 4 –porque encima soy tan gilipollas de plantarme en la fila 4- de la sala 6 de un cine de centro comercial del extrarradio, qué final tan poco presentable para un artista de mi categoría. Pero yo nunca me he salido de una película, así que usé mi fular –estoy muy a la moda- para taparme simultáneamente los ojos y las orejas, y aún así el corazón se me salía del pecho. Terminó la película y salí de aquel cine y de aquel sábado aterrorizado, mareado, entumecido, con ‘tortículis’ y un poco triste por tanto accidente y tanta soledad.

Espero que al menos vosotros os hayáis partido un poco la caja. Porque a mí, mi sábado pasado no me hizo ni puta gracia.

Ayer nos pregunta un jovencito insconsciente, de esos que le piden fuego a Gallardón, orgullo de los so-called liberales, por qué estábamos mi amigo David y yo en que las izquierdas molan más que las derechas. Y cómo le explicas a alguien en el transcurso de un menú del día qué descarte te llevó a la coyuntura actual, a saber: las izquierdas molan poco, pero las derechas no molan en absoluto. Menos aún encuentro argumentos con mi visión –digamoslo- artística de la vida, un poco disparatada y todo menos ecuánime.

Empecé con algo básico y, aunque real como la vida misma, quizá tendencioso, y eso eso de que los avances sociales –entendiendo como avance social el traslado del status quo hacia un nuevo lugar donde el cómputo general de insatisfacción de los componentes de una sociedad es menor-, siempre y en todo lugar, los impulsan los movimientos de izquierda. Hasta donde yo sé, hay pocas excepciones a esta regla. Y menos excepciones encuentro aún en su consecuencia más directa: que a continuación, todos los componentes mencionados, incluidos los que no apostaron por dicho traslado, incluso más bien se opusieron, se benefician sin reparos del nuevo beneficio.

La cuestión es que me fatigué y no proseguí la argumentación. La juventud que pide fuego a Gallardón para demostrar su hastío político –yo tampoco le pediría a Gallardón mucho más que fuego, pero lo mío no es hastío- está bien para hacer el amor, pero para poco más. ¿Quién desearía acompañarles en su viaje hacia la sabiduría, ese viaje que nunca se acaba, que apenas se emprende? Eso sí que fatigaría.

Entendiendo que la compresión humana es más estrecha que el Manzanares, que la única posición razonable es la humilde espera mientras avanzamos a pasos de ciego, retrocedemos ante el abismo y volvemos a avanzar. La ciencia, vamos. Con la ciencia es más sangrante que con las izquierdas: creemos en dioses, en castigos divinos, pero todos vamos al dentista. Llamamos Dios a lo que no podemos entender como si pudiéramos contentar al destino, como si pudiéramos matizar los próximos azotes de eso que llamamos realidad, de la cuál conocemos sólo una pizca. Llamar Dios a lo que no entendemos es como agachar la cabeza cuando el profe pide voluntarios: no evita el desastre, si está por llegar.

A lo que voy es a que, como todo es muy complicado, como queda mucho por aprender acerca de dicho consenso al que llamamos realidad, yo me he posicionado políticamente temprano y así puedo dedicar mis energías a abrazar lo nuevo. Mi aspiración es ver con mis propios ojos un trocito más de caverna platónica. Y sólo son mis enemigos quienes tratan de apagar las velas a duras penas encendidas. ¿Os parece inapropiada mi postura? Pensadlo bien.

En cuanto a los políticos, habréis adivinado que no ingresarían en mi escala de elemenos relevantes sobre la faz de la Tierra… si se hubieran quedado en el patio del colegio. Pero no lo hicieron. Tal vez no les quisieron en el laboratorio de química. Tal vez no les quisieron… a secas. Y ahí empezaron nuestros problemas.

Queridos aguilarenses todos. ¿Vosotros os imagináis, un poner, que cualquiera de nuestros alcaldes sucesivos, de uno u otro signo, se convierte, sin solución de continuidad, de golpe y porrazo, sin ningún estadio inermedio, en vicepresidente del gobierno? Y tiene que ser un alcalde que no hubiera salido jamás del país, que se hubiera sacado el pasaporte el año pasado, pongamos. Que dicho alcalde tuviera una hija de 17 años embarazada sé que no nos importaría, que en Aguilar somos muy viva la Virgen, y si hay que embarazar siendo un imberbe adolescente se embaraza, que la Cascajera tiene un embrujo especial.

Un poco sí que fliparíais. No porque no nos gusten nuestros alcaldes, que nos gustan, sino porque, hombre, digo yo que, aparte de la fama mundial que cobraría súbitamente nuestro pueblo, y un poco de fama no nos vendría mal, en el fondo de nuestros corazones creeríamos que a nuestro alcalde el nuevo puesto le viene pelín grande.

Pues esto es lo que ha ocurrido en un pueblo de los de ‘Doctor en Alaska’ en Alaska, donde indudablemente son mucho más palurdos que nosotros, con la flamante aspirante a vicepresidenta del gobierno de Estados Unidos por el Partido Republicano. Sarah Palin: defensora de la familia tradicional, cristiana fundamentalista, aspirante al título de Miss Alaska en su juventud –con aquella pinta a medias entre recatadita de pueblo, guarrilla de extrarradio y reno- y con una hija púber embarazadísima –esta no es la guarrilla de pueblo de la última generación, sino directamente la tonta de dicha población, porque vale que tu madre repudie la anticoncepción, pero nena, un condón no sólo te libra de embarazos indeseados, sino que te salva la vida-.

A la señorita Palin no le gusta el aborto, pero sí está a favor de la pena de muerte y gusta también de madrugar para salir a cazar. A mí, personalmente, a pesar de las evidencias fotográficas, me es difícil imaginarme a esta numeraria de la Asociación Nacional del Rifle apostada entre dos riscos, sino más bien… no sé cómo decirlo… ¿sabéis esas pelis porno en que secretarias entregadas ejercitan el miembro de sus partners hasta que la semillita de papá se derrama sobre sus gafas –que no se han quitado ni un momento, al igual que el moño, y dichos anteojos, ahora inservibles, concentran el componente fetichista del filme-? Pues eso.

Así que la señorita Palin va a ser el azote de atolondrados demócratas en un país donde la hipocresía es el circo y el circo es la política, y en la pista central, señoras y señores, están las elecciones presidenciales. Por un lado un demócrata negro con dos libros de memorias publicados antes de ganar nada, y por el otro el tipo de las patatas –McCain-, veterano de Vietnam –o sea, como un cencerro- y única persona en este mundo cuya estatua de cera parecerá más humana que su propia persona. No puedo con él. Por supuesto, el mundo sería un lugar un poco mejor si ganara Obama. El dólar se fortalecería –el euro palmaría un poco, en fin-, el barril de crudo se abarataría y tal vez la recesión lo sería un poco menos, cortesía de Wall Street, y en general moriría menos gente.

Lo peor de esta mujer, lo que me ha sacado de mis casillas, es que apoya las teorías creacionistas. Si no conseguimos librarnos del poder arcaico de la religión, si de pronto la evidencia científica –bien que le hacemos caso cuando vamos al médico o cuando vamos a parir o cuando queremos que nuestro coche alcance los 140 o cuando navegamos por internet- es papel mojado, si de pronto la fe –cree esto porque lo digo yo / ¿y por qué? / Porque lo digo yo- prevalece sobre la razón –creo esto / ¿ah sí? compruebalo / parece que es cierto, dejemos que los demás opinen a ver si no lo tiran abajo / la cosa se sostiene, creámoslo de momento-, si de pronto el mundo se pone a girar por obra y gracia del espíritu santo, entonces, amigos, entonces aún queda mucho sufrimiento para nuestros congéneres presentes y futuros. Pero de esto hablaré en otro post.

Yo, que soy muy común, tenía empezado un post muy sesudo sobre el asunto de Georgia, incluyendo un prefacio histórico de mucha erudicción, pero ya os digo, en el fondo me importan más las cosas de los sentimientos y las vidas humanas –me ha quedado claro que los humanos somos animales, anyway, luego os cuento-, así que voy a hablar de los abandonos.

Y es que la gente abandona, que es una cosa muy fuerte. No digo que pongan los cuernos –a personas, ciudades y trabajos-, sino que abandonan. Como comprenderéis, me parece mucho peor el abandono que los cuernos, lo uno es sólo un pasatiempo, una forma de negar el legado en constructos sociales y ser uno, signifique eso lo que signifique, traiga las consecuencias que traiga, pero lo otro es romper, despojar a los demas de algo que tenían, y aunque lícito, e incluso recomendable, es muy gordo.

Todo esto viene porque Alvarito, lejos de ponernos los cuernos, que no sería grave, nos abandona. Nos deja por otra ciudad. Se vuelve a su Donosti del alma. Si Donosti tiene algo que no tenga Madrid, es algo en lo que no voy a entrar. Creo que Donosti puede gustarme mucho más de lo que me gustó la última vez que estuve. Demasiado pijerío por ahí –que gusta en las capitales españolas arreglarse hasta para comprar el pan, quién sabe si la vecina del quinto me adelantará en la cola-, demasiado moderno Loreak Mendian, demasiado provincianismo disfrazado de última tendencia… qué queréis que os diga, será moderno, pero es que el metro de NYC es postmoderno, y el centro de Copenhague no encuentra definición. Pero sé que aún puedo encontrarle el lado romántico a la parte antigua de Donosti y encanto kistch al parque de atracciones del Monte Igueldo –bueno, esto último ya se lo encontré… y sí, es postmoderno-.

El caso es que Alvarito deja su trabajo en Madrid y regresa, con todo lo que significa regresar. Por fin una mediana le ató en corto y el tío hace lo que quería hacer, que era volver. Qué suerte, que la tierra de uno no le quede a uno pequeña. Que todo es subjetivo, que no hay tierras pequeñas ni grandes, es uno el que se siente demasiado grande para una tierra o demasiado pequeño. Alvarito se debe sentir en el tamaño justo y Donosti no le asfixia. Es su casa. Vuelve a la Concha, a los pintxos del domingo por la mañana, a su sociedad gastronómica, a hacer bacalao en salsa, a disfrutar de la vida tal como se vive ahí. Hay que reconocer algo: hasta donde yo conozco costumbres y tradiciones vascas, proponen algo envidiable: lazos comunitarios. Da igual cómo quede el bacalao –no tanto- lo importante es la conversación.

Madrid nunca será así. En Madrid hay más arte y más vida, más peligro y más calle, pero, como cualquier ciudad realmente cosmopolita –hay pocas en el globo-, hace de la soledad su bandera. Lo cuál es más malo que bueno, pero algún precio hay que pagar. Las urbes son el mascarón de proa de esto que damos en llamar humanidad. Sea cual sea el destino de nuestra especie, las urbes serán las primeras en conocerlo.

Y a Alvarito esto no le convence. Ha sido muy feliz aquí, puso de moda las bermudas naranjas, rompió varios corazones, aprendió algo de yoga –y a salir por Chueca sin manos-, se quedó un poco más cartón –desde el respeto y el conocimiento-, aplastó un poco más la báscula y, sobre todo, nos dio a conocer a algunos catetos el mundo mediano de los nombres imposibles de aquella parte de la península. En fin, aún nos quedan Richi y Alaine –hija de Áragon, de la comarca de Rivendell… vale, ya véis por dónde voy-, los dos con ganas de volver también, pero aún los retenemos.

Deseamos a Alvarito todo lo mejor. Las noches por Lavapiés no serán lo mismo, ya nadie pedirá de beber ‘como pa una boda’, pero siempre nos quedará la visita a alguna ciudad europea, y allí cerraremos el club de turno a mojitos y blancos rusos.

Ayer, mientras yo me colocaba viendo libros en la Fnac –cuando llevas media docena de estanterías de arriba abajo leyendo títulos con la cabeza girada os advierto que es muy parecido al efecto del primer whisky cola, por citar un depresor legal-, recibí un SMS de mi amiga Nuri, breve pero revelador: ‘acabo de conocer a tu suegra’.

Devolví la cabeza a su posición natural, me mareé, recuperé los datos en mi cerebro –soy disléxico para los parentescos y, como mi sobrino, para los frutos secos- y se me paró el corazón. Posé el vinilo de la reedición de ‘War’ –U2, 1983- y marqué el número de Nuri:
-¿Cómoooooooooooor? –grité.
Pues sí, el Zoo, con el que estoy, para variar, peleado, pasó por mi pueblo, como todo el mundo pasa cuando baja de Santander, y decidió mostrar sus highlights, como dice el periodista del momento, el rubito insulso ése de gafas que ha presentado los Juegos Olímpicos, que te tiras todo el rato debatiéndote entre ‘me cae mal’ y ‘pues no, me cae bien’, y sin querer te tragas todo el resumen.

El incauto de mi novio se pensaba que podía aventurarse en la Cascajera y no darse de morros con algún amigo o conocido de este menda, porque yo habré abandonado las tierras verdes del final de la meseta por el polvo del desierto –y cito a Ana Botella- de la capital, pero algunos amigos conservo. Y allí estaban Nuri, oriunda en alma de Villarén, Casti, oriundo a secas de Villarcayo –aunque ambos viven ahora sospechosamente cerca-, Lourdes, oriunda de Ermua, ay amá, Greg, oriundo de Dublín y hermanado para siempre con España, hígado de amianto donde los haya, y Jose Manuel y Sara, residentes en Vitoria, y que han bautizado a su hijo Jon, sin hache –es que ese niño, que debe ser una hermosura, tiene un nombre muy local, y en el extranjero, cuando sea mayor, van a pensar que lo suyo es una errata-. Así que mi novio oyó su nombre a voz en grito –Nuri, antes quedarse afónica que dejar pasar a un conocido, eso es muy de Aguilar, y se está perdiendo-, se le heló el corazón y volvió sobre sus pasos para formar uno de esos famosos corrillos que se forman en Aguilar en verano, y que te obligan a madrugar si tienes que comprar algo al otro lado de la plaza y no quieres que te cierren al mediodía.

Así que presentó a su madre, a su suegra y a su… a su cuñado –os juro que lo de los parentescos me cuesta-, y a éstos a mis amigos, y ahí charlaron un rato. Qué majos los otros, me dijeron los unos, qué majos los unos, me dijeron los otros. Y es que es verdad, unos y otros molan. La palma se la llevaron Nuria y Lourdes en el equipo local. Mi suegra, al parecer, quedó impresionada. Y es que mis amigas, a las que veo de pascuas a ramos, son lo más de lo más. Qué bueno es que le quieran y le entiendan a uno, que le conozcan a uno tanto, espero al revés ofrecer lo mismo, aunque tal vez no sea el amigo típico que a una suegra le ofrece garantías.

Total que comenté la jugada debidamente, me olvidé del vinilo de ‘War’ y me metí en el cine para ver ‘Aliento’, la última coreana del tío de ‘Primavera verano otoño invierno primavera’, que fue un tostón, pero quería yo ayer sensaciones fuertes, aunque fueran junco va junco viene, y las tuve, porque ‘Aliento’ está genial –y por cierto, me dio una idea para la librería de mi casa, así que tengo que ir a devolver unos bultos al Ikea, de 200 kg cada uno, hay que ver lo que pesa el vidrio templado, virgen santa-. Besos para todos.

La vida cambia, no os hagáis ilusiones. La última vez que escribí aquí aún había suelo de loseta en mi apartamento –o agujero- majariego, aún lo repudiaba con todas mis fuerzas –ahora lo repudio menos-, aún no tenía canas en los pelos del extremo de mi bigote y mi madre aún era razonablemente feliz. Ahora que mi madre ha renunciado a la felicidad y yo estoy a punto de renunciar a la piscina comunitaria, ahora que sobre mis espaldas hay un verano más, una isla más –Malta, amarilla y plácida- y una esperanza menos de medrar en esta santa compañía multinacional, ahora que Ikea y Venta Única son mi santuario –amén de Viarce, con su, como ellos lo llaman, ‘política de precios’-, ahora es cuando yo no pienso en el futuro –que es lo que debería hacer-, sino en Vietnam.

Es que me estoy leyendo un libro sobre la guerra de Vietnam y tengo la cabeza loca con el Vietcong y el Viet Minh, y las mentiras de Johnson a los americanos, y de cómo el concepto de la ‘huída hacia delante’ puede materializarse tanto y justo en medio del horror. Así que el otro día, en el pantano de mi pueblo, esa localidad ahora a camino entre el verano desangelado y el otoño ventoso, tomé prestada yo la canoa hinchable de Javi Malo, o Javi el de Valladolid, como pone en mi móvil, compañía veraniega perenne y de lo más agradable –cuando la Bea asoma la nariz en la Cascajera, cuando los de Valladolid atornillan la vaca en el coche, es que el verano comienza en Aguilar-, y remé paralelo a la orilla, evitando el norte que soplaba como alma que lleva el diablo. Y remando, remando, llegué al codo que hace la playa al final, y que se estira en una lengua de rocas y chopos hasta un extremo donde hace poco situaron un burdo embarcadero de hormigón. Pues allí, en la esquina, a salvo del viento helado, el agua sube hasta la mitad de un puñado de álamos, y yo navegé entre ellos y oyes, me sentía como en los manglares de los deltas survietnamintas, un Flanhagan cualquiera, a punto de ser asaltado por los Vietcongs. Que sepáis que tal momento fue una de las cumbres de mi verano.

Tengo algo yo de quijotesco, y no es que mole, es una manera fina de decir que no estoy en lo que celebro, que se me pira la pinza. Porque estando en cualquier lugar podía yo rememorar las vibrantes páginas de mi libro y empaparme de aquel conflicto, sentirme en medio de la jungla húmeda, descalzo, los pies siempre mojados, la mirada siempre alerta buscando un tono distinto de verde, odiando a los dirigentes, compadeciendo a los campesinos, flipando con el poder del pensamiento paranoide, con la fuerza de la progresión geométrica en cuanto a causas / consecuencias se refiere –un puñetazo en la mesa en el despacho oval de la Casa Blanca podía significar, al final de la cadena, en dos regimientos absurdamente masacrados, y multiplica por diez el número de muertos vietnamitas, todo para nada, todo en pos de un inútil status quo, todo, como siempre, por culpa del miedo. Es lo que pasa cuando quienes ven gigantes en vez de molinos no son pobres diablos, como Quijote o como yo, sino jefes de estado.

La pregunta lógica es: ¿por qué necesito yo leer libros de caballerías, digo de guerras del siglo XX? No lo sé. Sí que sé que hubo un momento en mi vida, cuando era un adolescente con más pedradas en la cabeza que canicas en el bolsillo del campeón del colegio a las canicas, en que pensé que sí, que estar al tanto de individuos cuyas vidas se desarrollan bajo circunstancias definitiva y objetivamente desfavorables, le ayudaba a uno a no quejarse tanto. Desde entonces, las películas de miedo ya no me daban miedo, las novelas me dejaban de interesar y las guerras, las hambrunas y los éxodos dejaron de ser ese aguijonazo abstracto –pero incómodo- en la tele y pasaron a ser algo real –todo lo real que puede ser lo que uno nunca ha padecido en sus carnes-. No veáis si he aprendido desde entonces. Y no veáis si he dejado de quejarme.

En fin, y saco la vista de mi libro y la pongo en la tele, y me entero de que los fantasmas de la guerra fría se asoman a un ridículo punto del mapa de menos de apenas cien quilómetros de ancho. Y resulta que el pensamiento paranoide unido a los daños irreparables en toda una generación que creció en los últimos años del comunismo ruso, ello pasado por el tamiz de la corrupción política y de la prevadicación, da como resultado el nerviosismo internacional. Encima, con los americanos enfrente, especialistas en ponerse nerviosos, así que te entra la misma risa floja que te entraría al ver a un tío con bufanda atlética entrado a tomarse un chismorro a una peña madridista.

A ver si termino mi libro del Vietnam. La sensación de deja vu es un poco incómoda.

Para todos vosotros y en exclusiva, el nuevo single y video de Ramos

 

Ay hijos míos, tanto cambio curril que no tengo tiempo para ná, ná más que para estreses. Ya os contaré tanto cambio y, sobre todo, os hablaré de la mejor ciudad del mundo mundial together with New York, ahí les ando, o sea Berlín. Berlín forever, Alexander Platz forever, Berlin Wall never more.

Para ir abriendo boca, mis fotos. No digáis que no son chulas.

Mi capacidad para ser idiota no debe ser subestimada. Subíamos el Sergio –mi pareja de hecho, con esto me refiero a que Zoo es mi pareja en derecho, pero mi pareja del día a día, de lo cotidiano, de los viajes y los amaneceres, es Sergio, cuyo alias no voy a repetir- y yo por las estrechas calles de Alfama hacia el Castillo de San Jorge, el sol en lo alto, en esa Lisboa that I love por siempre jamás amén, y no terminaba yo de disfrutarlo, debido a un trancazo indefinido. No voy a abundar en mis miserias neuróticas, todos los que me conocéis las conocéis también a ellas, os las he presentado formalmente en más de una ocasión.

Lo que me jode de todo ello, a toro pasado –o medio pasado, virgen del amor hermoso, que me quede como estoy-, es que perdí una tarde y media en la oscuridad de nuestra habitación en el hostal Roxi, tan bien ubicada cerca del centro, tan soleada y tan portuguesa –que el wifi te lo encendía el niño del casero, gafas de culo de botella, moratones en la rodilla y más listo que el hambre-, lamentándome de cómo los virus se podían portar así conmigo, sintiéndome culpable, imaginándome con cientos de miles de enfermedades, dándome palo por el pobre Sergio, que hubo de desviar su ruta cultural para visitar el estadio del Benfica. Para que veáis la influencia del fútbol en el espíritu de nuestros jóvenes. Y me pregunto yo, ¿qué hay que ver en un estadio? Pues supongo que el propio estadio por fuera. No sé, no quise indagar.

Y me conecto entre suspiros e hiperventilación al wifi del hostal Roxi vía Nokia N51 –no podréis decir que no estoy a la última- y me pongo, Lisboa esperándome, a consultar síntomas, a leerme enciclopedias médicas. Y en un pirotécnico salto virtual me conecto al Messenger con Zoo y éste a su vez en conversación telefónica tradicional con su cuñada –que es médico- y comenzamos un diagnóstico médico a tres bandas, satélites por medio, llamadas locales y toda la tencnología disponible del siglo XXI al servicio de un turista neurótico.

¿Se puede mantener una conversación de Messenger tecleando en los numeritos de un móvil? Se puede. Sobre todo si estás de los nervios. Oyes, que casi escribía yo más rápido que el Zoo.
-¿Son marrones tus mocos? –leía yo en mi reducida pantalla, y rápidamente escribía:
-No, verdes. Verde claro.
-¿Tienes inflamado el hígado?
-¿Dónde está el hígado?
-En el abdómen, a la derecha, arriba.
Y yo, que me había ventilado hacía media hora un bacalao rodeado de patatas cocidas, prácticamente sitiado, diría yo, y un brownie de postre, pues no me encontraba el hígado.
-¿Estás amarillo?
-Estoy negro, ya.

Por cierto, que el que se puso negro fue Sergio, que no hizo otra cosa que tomar el sol, podríamos decir que a lo tonto. Se puso más bien rojo. Rojo como un tomate. No podía articular gestos, y sabéis que él tiende a lo gestual. Hay un documento videográfico que lo prueba, y verá la luz en los próximos días. Pero vamos, yo no había visto una cosa igual desde aquel verano del 87 en el pantano de Aguilar con mi prima Alicia, que se durmió al sol y se dejó la mano marcada en la tripa, como en las pinturas de Altamira.

Pues mi puntero diagnóstico fue que podría tener la mononucleosis. Como casi se me para el corazón en el momento en que aquella larguísima palabra apareció en la pantalla de mi móvil y vosotros podéis imaginar ya las consecuencias emocionales de tal diagnóstico, no voy a abundar más. Ayer fui a mi médico de cabecera y mis ánimos se suavizaron. Sólo un poco. No le podéis pedir a un neurótico de nacimiento que se controle así como así.

Por lo demás, pude disfrutar del viaje. Al fin y al cabo son muchos años estando como una cabra, y, quieras que no, has aprendido a tomarte menos en serio. Subimos y bajamos colinas, fotografiamos tranvías –creo que he tirado alguna foto digna, también las postearé-, comimos y cenamos como dioses y, sobre todo y por encima de todo, ahondamos más en ese núcleo multicultural y sagrado que constituye el Barrio Alto. Creo que traigo al Sergio impresionado. Después de todo, las portuguesas no tienen bigote.

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