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En Amsterdam hay una forma más barata y más divertida –aún- de beber cerveza que meterte en cualquier cervecería del primer cinturón de canales: visitar el museo de Heineken. Por el módico precio de 11€ te cueces –bebes 3 cervezas en el transcurso de la visita- y te enriqueces –aprendes de la historia de Heineken, un poco autobombo en este apartado pero interesante anyway, de la fabricación de la cerveza, te conviertes en una botella durante el proceso de embotellado en una divertidísima presentación multimedia…-. Nota que encuentro en la web www.heinekenexperience.com: cierran desde el 28 de octubre hasta junio del 2008 para renovaciones.

Vengo de Amsterdam con las retinas llenas de imágenes preciosas:

Salgo del hotel, al lado del Amstel, en la misma manzana que esa especie de sucursal del Hermitage –chulísimo edificio que antes fue fábrica-, y me encuentro con una estampa que removía algo en mis recuerdos de niño. Un antiguo puente levadizo de poleas, madera blanca, versión rudimentaria de los puentes colgantes en su forma. Lo olvido hasta que visito el museo Van Gogh y caigo en que uno de los cuadros de la salita de la casa de mis padres en Aguilar, una reproducción abombada con paspartú de terciopelo marrón que está ahí colgada desde que el mundo es mundo, muestra ese mismo puente. Así que al día siguiente, de resaca, me coloqué en la ribera del Amstel, en el lugar donde hace un siglo y medio puso un tal Van Gogh su caballete y pintó, y me sentí tan arriba que casi toqué el cielo, en cuyos pisos de apartamentos –celestiales- debe vivir ese Van Gogh, en los pisos de arriba, en las suites, donde sólo a los genios inmortales, los Goya, Caravaggio, Miguel Angel y Picasso se les permite morar (I’m very zorry pero Velazquez está un poco más abajo, igual que en el bloque de los músicos Bach no está tan arriba y Beethoven tiene el ático para él solito).

Tengo imágenes de bicis por todos los lados, tranvías que las rebasan, bicis que los cruzan, coches (pocos) que arriesgan sus retrovisores, ciclistas que arriesgan sus huesos, puentes con bicis por encima, madres con hijos de pelo níveo en su bicis, uno delante y otro detrás, y ramos de flores bajo el brazo en un alarde de habilidad, parejas de enamorados que se dan la mano y pedalean con paralela exactitud, mares de bicis en las aceras, máreas de turistas –entre los que nos hubimos de contar- en sus bicis uniformemente rojas, torpes como peces gordos. Bicis por todos los lados. Y el aire puro consecuente.

Agua. Agua más allá de las aceras, de las calles, agua comiéndose las esquinas de las casas, los ojos de los puentes. Los barquitos-pecera aplastados como una ensaimada dejan remolinos de hojas pardas en los remansos de los canales. Los canales son como calles de un mundo aparte, el mundo del agua.

House. House en amplificadores Teac y pantallas JBL en bares improbables de techos con vigas de madera y barras de marmol, excelentemente mezclado –no como en España, donde encontrar a un DJ con sentido del ritmo es como encontrar una aguja en un pajar–. Qué bares, qué música. Ni demasiado alternativo ni demasiado mainstream, no muy moderno ni muy clásico, tampoco funcional, tampoco… es que no sé cómo deciros. Holanda es el paradigma de la democracia, y eso se respira hasta en las sesiones DJ.

Los amigos. Antes de hablaros de la gente, que lo haré en posts siguientes, os hablo de los amigos. De mis amigos de Madrid, que son lo más –con permiso de los de Aguilar, por una vez-. Fuimos 10 personas con niveles dispares de conocimiento y confianza, con diferencias más o menos evidentes de gustos y caracteres, pero con un deseo común de disfrutar. Así que la magia democrática holandesa obró su efecto –ese efecto pilarización, en el que todas las diferencias son escuchadas y la negociación en la que obtienes lo que te interesa en primer lugar si cedes en lo que te interesa en segundo es el modus operandi-. Fuimos un prodigio de grupo consensuado, activo y divertido. Besos y abrazos y mucha admiración por mis compañeros de habitación: María, Alvarito y Richi. Y otros tantos para los de la habitación de abajo –Noe y Yorch, Marta y Angel- y los afortunados de la habitación de dos, o eso creían ellos antes de abrir la puerta –Alaine y Fran-. Sois muy grandes. (Podéis ver un impagable vídeo de los 10 cantando una canción holandesa de borrachos aquí)

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