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¿Que cuente algo de mis pasiones holandesas, Mari? ¿Que cuente algo? Mis pasiones, holandesas o de otro mundo –hay un huevo de mundos pero están en éste, ¿no?- no deberían ser contadas aquí. Primero, porque me cerrarían el blog. Segundo, porque heriría sensibilidades a propios y extraños, y no es forma de pasar por una existencia en sociedad, que es a lo que yo aspiro –una existencia en sociedad sin sobresaltos-. Mis pasiones son como un globo con la forma y el tamaño de elefante, que alguien sopla desde dentro, y ese globo se encuentra con mis paredes internas, y sigue siendo soplado, y soplado, y mis paredes internas lo contienen a duras penas, ya.
¿Quieres, Mari, que te cuente algo de mis pasiones? Dios, no sé si debería contarlo… ayer, empapándome de funcionalidades web 2.0, que es mi menester, topé yo con YouTube, y en YouTube con un absurdo vídeo de alguien flexionando sus bíceps. Y bueno, ellos –los de YouTube- saben de las maravillas de la navegación cruzada, y navegé por otros vídeos con tags como ‘biceps’, ‘muscles’, ‘teen with big muscles’, ‘webcam’, cosas así, y mis retinas, hasta ahora ahítas de imágenes bucólicas de canales y puentes, se llenaron de torsos sudorosos, imbéciles americanos que se graban sacando bola y poniendo posturitas en la penumbra de su habitación, quién sabe si porque intuyen que en este mundo amenazador aquello es lo único de lo que están seguros, y no puedo engañaros porque, imbéciles o no, yo no quitaba la vista. Digamos que me empalmé. Digamos que visité un vídeo detrás de otro, los bíceps y los pósters de habitación se sucedían ante mí con sudorosa premura, y no podía parar, y… bueno… que me excité. Mucho. Dejémoslo ahí. Casi como cuando era más joven y la sangre por mis venas iba como un tiro.
Pero Marisustos me preguntaba por algo mucho menos privado –y por lo tanto, menos pasional-, y se refería a mis experiencias en Amsterdan con las drogas que allí son legales. Pues bueno, nada del otro mundo. Un coffeeshop que encontramos por allí, no era ninguna sucursal del mítico Bulldog, tenía un elefante pintado en la pared, y sobre él se proyectaba el aspa de unos ventiladores que iban despacio, cada vez más despacio. Tomé un poco de madgalena, pero la imagen del Rober de la mano con otro compañero de Rugby en su habitación de hotel estaba tan presente en mi cabeza que no repetí. Y no noté nada la verdad. Lo que sí me encontró con mayor dedicación fue el formato clásico. Me sentó especialmente bien un porrito que compartí con uno de mis compis de viaje en una terraza a orillas del Amstel, cerca de Central Station.
Era un pequeño muelle de madera, perteneciente a una cafetería algo distinguida –allí no hay nada demasiado distinguido, cuando lo distinguido significa ostentoso y nada más que eso, qué signo de inteligencia- y no había mucha gente. Nos sentamos allí los diez con nuestras cervezas –eran las 11 de la mañana, pero es Amsterdam-, el río oscuro a nuestros pies. Un pequeño barco cargero maniobraba al frente, un fueraborda salió de un muelle contiguo, sus ocupantes nos saludaron y recibieron respuesta como sólo sabemos los españoles: con jarana y griterío. Pero Amsterdam invita al relax, y al rato mi compi se encendió un porrito y de pronto, hijos míos, el cielo nublado se abrió por encima de las iglesias-museo de la plaza del Dam, os lo juro, se abrió mientras el porro consumía su primer tercio, y el cielo azul apareció detrás y después el sol. El aire húmedo se calienta rápido. Al rato nos sobraban las cazadoras y nos faltaban las gafas de sol. En realidad nos sobraba todo, porque teníamos la cosa esa de tres letras que es el principio activo de la maría campando a sus anchas por nuestras venas, y teníamos a Amsterdam, allí desplegado en toda su magneficiencia, con toda su gente estupenda, con sus leyes y sus años de historia pragmática, comercial y democrática, con todo su espíritu de ‘dejadme en paz que yo os ayudo a haceros ricos’, con toda una cultura alejada de dioses y de miedos –qué lastre para tantos otros-, con esa expresión tan genuína de carpe diem. I am sterdam.

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