Madrid creció alrededor de un barrio llamado Lavapiés, donde en mil setecientos y pico Ramón de la Cruz ya situaba sus sainetes con chulapas, mozos, maridos incautos y Berbenas de la Paloma. Lavapiés, una calle en pendiente y no tan recta, tiene menos árboles ahora y un tránsito mucho más internacional. Tránsito de personas y de mercancías, por supuesto, ya sean baratijas hindúes o chocolate, y no me refiero al de almendras. Y tiene un bar que se llama ‘La escalera de Jacob’, nombre inexplicable –aunque me suena que alguna noche de borrachera me fue explicado en paranoide teoría-, y en ese bar ponen, podríamos decir, alguna de la mejor música que se puede escuchar en Madrid. ¿No me creéis? Probadlo.
Y allí estaba yo el viernes con mi amigo Sergio, cuyo alias no me resisto a mencionar –Pichina, lo hago únicamente para los lectores previos-, y abajo, en la cueva, bebíamos sendas cervezas apoyados en la pared de cartón piedra, y Sergio, que ha decidido que el amor de pareja es una condición sin-la-cuál-no para pasar por esta vida, y yo tratando de convencerle de que en-lo-absoluto, pues me contaba de sus dificultades para decirles cosas bonitas a las chicas on line, o sea, en el momento. Y yo le decía que bueno, que tenía razón, que a las chicas hay que dorarles la píldora un poco más que a los chicos, que somos bastante simples –y no me digáis que no-. Buscábamos semejanzas y diferencias, ventajas y desventajas entre el ligar hétero y el ligar gay, concluyendo que ambos universos tienen sus cosas buenas y sus cosas malas. Esto es por resumir, sabed que nuestras conversaciones pueden alcanzar cotas bien elevadas. Y en esto que atraviesa el pasillo que se formaba entre nosotros dos una chica que había estado bailando al fondo como una auténtica posesa. La habíamos visto saltar y moverse a veces con ritmo y a veces sin él, pero sin parar, con toda la euforia del viernes, y había llamado nuestra atención un rato antes, la de Sergio más que la mía. Y se abre la chica paso entre nosotros y le espeta el Sergio, directamente:
-¿Ya te has cansao?
Una vez que me recuperé de mis carcajadas le dije yo al Sergio que, de no ligar con ese tipo de manifestaciones, se conforme con salir indeme de un tortazo a mano vuelta, porque esa no es forma de empezar a ligar. Que sí, que en la noche madrileña las oportunidades pasan como cohetes ultrasónicos, que es ahora o nunca, que hay que ser maestro en el arte de la improvisación afortunada, que todo ello, hostias, es difícil, y que yo, peor aún, no soy quién para dar consejos, porque ligar en Chueca nunca ha sido un problema de picos de oro, sino de bíceps gordos –somos simples, en serio, y no digo que yo nunca me haya tenido que preocupar de afilar la lengua por tener un cuerpo escultural, y es que mi cuerpo parece una escultura pero de Chillida, digo sólo que los tíos somos fáciles de convencer-. Pero de ahí a un ‘¿ya te has cansao?’ con la sonrisa torcida…, no sé, llamadme exquisito, pero va un trecho.
Así que tengo a mi amigo Sergio que se echa piedras encima y no sabe dónde quiere vivir ni cuál es su sitio. Él ya ha aprendido, creo yo, lo necesario, y es eso de que la patria de uno es uno mismo, por no hablar de la felicidad, que es algo que no depende de lo que nos ocurra, sino de cómo nos tomamos lo que nos ocurra. Todo eso, si es que es cierto, él lo sabe ya, y eso le separa de mucho gilipollas. Total, que le entiendo, y me parto la caja con él. El sábado nos dio el día cultureta y pretendimos ir a una obra en DT Espacio Escénico, pero la cosa, de puro alternativa, había logrado reunir a tan sólo 5 espectadores –no es un decir, me refiero al número exacto que está entre el 4 y el 6-, y nos salió el chico de la diadema y nos dijo que lo sentía mucho, cariños, pero que no se iba a poder celebrar la sesión porque no se cumplía un mínimo de asistencia. Así que la parejita moderna, el madurito enterado y nosotros, que también pasamos por parejita moderna –o qué os pensáis, y eso que el Sergio, por más que le gustaría, a la luz de lo fácil que es ligar así rápidamente, no es maricón ni se le acerca-, hicimos mutis por el foro.
Y de pronto nos encontramos en un sitio terrible, el Long Play –donde no es la primera vez que terminamos, y luego nunca nos acordamos de lo terrible que es-, haciendo cola como adolescentes, y adolescentes es lo único que había allí dentro, hordas de adolescentes de ambos sexos que fluían como corrientes en una desembocadura de río, grupos heterogéneos –eso está muy bien- y un poco imposibles de gays de extrarradio –qué clasista y gilipollas suena esto, pero ya lo he dicho-, héteros del mismo sitio, mariliendres de pizpiretas coletas, turistas despistados y yo qué sé qué más. Y sin embargo me gusta, porque yo creo que, si hay algo que aprender de cómo viven lo suyo las nuevas generaciones –por supuesto que lo hay-, el Long Play es el lugar ideal para empezar a recopilar datos empíricos. Yo ya aprendí algo. Los chicos hétero más jóvenes –recalco, sexo masculino- tienen muchos menos prejuicios para ir con sus amigos gays a bares de ambiente y pasárselo bien allí sin pegar el culo a la pared, comportamiento herencia de prejuicios absurdos. Olé por el nuevo chavalerío. Igual los tíos, después de todo, no somos tan simples.

4 comments
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25 Octubre 2007 a 12:43 pm
la moni
lo de que ligar nunca ha sido cuestión de “piso de oro” discrepo.. y tengo pruebas eeeh?.. y tú estabas presente!!… jajaja
25 Octubre 2007 a 6:49 pm
hijodejuliete
pos es verdad, el pico de oro ha funcionado, funciona y funcionará! y menos mal!
20 Enero 2008 a 2:59 pm
Escalera de Jacob
Hombre muchisimas gracias por los comentarios sobre el local. Te has ganado un par de copitas si señor. Nos vemos por allí que ya sé quien eres
26 Marzo 2008 a 11:02 pm
javiera aguilera
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