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Como podéis andar adivinando, me estoy convirtiendo gradualmente en un enfermo de los viajes. Que no puedo vivir yo naturalmente sin un viaje en el horizonte, oyes, que no puedo. Así que el otro día me metí en Ryanair, ciudad origen Madrid, ciudad destino la que caiga. Roma no, que era más caro –en estos tiempos del low cost cualquier viaje de tres dígitos en el precio te parece un abuso- , mira qué cosas, ahora van a Santander, París tampoco, que aún no estoy preparado –qué gilipollez, diréis, pero es que no estoy preparado y no estoy preparado-, ciudades del centro de Alemania tampoco, que no parece muy interesante –error el mío, ayer hojeé algunas guías y Munich es la caña, y yo como un paleto imaginándome algo gris e industrial, fábricas de coches y alemanes cabizbajos-, el caso es que terminé decidiéndome por otro de los países escandinavos –qué año llevo oyes, cómo se está portando el norte conmigo, que dirían en una de Almodóvar-.
Pero leo por ahí que Oslo es caro de cojones. Joder con los noruegos. Si allí sólo hay salmones y premios Nobel. ¿Sabéis lo chulo? Durante nuestra estancia allí entregarán el Nobel de la Paz. La paz estará con nosotros y con las rubias, a las que mi amigo Sergio va decidido a hacer frente sin el menor complejo latino. Lo que nos pasa, y de aquí emito un llamamiento, es que nos falta una cuarta persona para que nos cuadren las cuentas, para que seamos un grupo, para que este viaje pasa de ser bueno a ser genial. ¿Alguien se quiere venir a Oslo del 6 al 11 de diciembre? Voy en serio. Si es chica y soltera, mejor. Si no, también. Desde la amistad sincera al amor de tu vida hay un amplio abanico de tipos de vínculo personal que encajan perfectamente en nuestra idea de viaje.
Así que, mochileros, rubias, morenos, altos, delgadas, simpáticos –eso siempre-, amantes del norte y del sur, de los viajes de los cambios, aferrados a lo nuevo y amantes de lo antiguo –de lo antiguo bonito-, parados, casadas, gentes de mal vivir –pero limpios-, adictos al Opodo o al eDreams o al booking.com, apuntaos a nuestro viaje al norte, que en diciembre vamos a contrapelo, porque Santa Klaus viaja por el carril contrario. No os cortéis.
Resulta que en el Corte Inglés de Pozuelo, donde yo consigo las más increíbles ofertas, ya no de dos por uno, sino de uno por cero, y hasta ahí puedo leer, tenían una lánguida guía de Anaya, que es más mala que pegar a un padre, y el tío que la ha escrito se pasa la mayor parte de la misma lamentándose de lo cara que es Noruega, y Oslo en particular. A mí se me ha metido el miedo en el cuerpo, reflejo de un pasado como usmias mogollón, y me he puesto a investigar, porque si el vuelo me ha costado, va en serio, 23€ para dos personas, pero luego tengo que empeñar los dientes de oro que no tengo para tomarme una birra, pues vamos listos. Y yo, una birra noruega voy a necesitar, porque voy a viajar con mi novio y yo a mi novio lo vuelvo a querer –sí, leéis exáctamente eso-, pero yo sé que para sobrellevarle en un viaje, las birras son necesarias. No todo el rato, sólo cuando se empecina.
Así que estoy muerto de ganas. Amables lectores viajeros, no dejéis de contarme lo que deba saber de la cosa nórdica si es que ya habéis pasado por allí. ¿Me llevo botas de montaña? ¿Filtros para la cámara? ¿Crema de manos? ¿Petaca whisky? ¿Villancicos? ¿Casco con cuernos? Vale, vale, oída la broma de que el casco puedo llevarlo sin cuernos, sólo con los dos agujeros. Sóis lo peor. Besos para todos.

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