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Mi madre, cuyos nietos menores, de ser ésta la España de hace 15 años, estarían ahora con el culo helado en un patio de instrucción a las afueras de Burgos, considera que ‘basta ya de criar hijos, joder, que tendría que estar yo en un crucero por las bahamas con tu padre’. No puedo negar que mi hermana melliza y yo, a pesar de tener una edad, podríamos bien estar dejando de dar problemas. Y es que no damos problemas de los domésticos, de los que tienen que ver con cocinar para cuatro, fregar platos para seis y lavar sábanas para ocho, sino más bien de los psicológicos.
Yo tiendo a no compartir mis problemas psicológicos –a fe que los tengo, y rehuyo de aquel que dice que no los tiene, porque cualquier día tirará a su abuela por la escalera, o cosa peor-, entre otras cosas porque mi madre me da consejos tipo Jane Austen y yo los necesito más adaptados al siglo XXI. Sin embargo, mi hermana no hace lo mismo. Ella llama a mi madre y le participa su estátus mental con tal detalle que dejaría a Marcel Proust como un rudo escritor de bestsellers. Y mi madre tiene también para ella consejos a lo Jane Austen, y mi hermana, que no tiene un pelo de tonta, no le hace ni puto caso, naturalmente, pero le ayuda, y luego mi madre me cuenta su versión de las cosas mientras yo estoy con los cascos vigilando algún masterizado, y me pone la cabeza como un bombo. Y debería prestarle más atención, porque su versión de las cosas es un descojono, mejor que ‘La conjura de los necios’.
Lo que también hace mi hermana es darle a mi madre profuso feedback de MIS cosas –con ella yo sí tiendo más a compartir-, y es ahí donde se me tuerce la sonrisa, porque mi madre, mientas yo sigo a los cascos, me empieza a proponer soluciones para mis problemas. De hecho, mi madre recorre absolutamente todos los problemas de todas mis hermanas y de alguno de sus hermanos –mís tíos, los problemas de éstos siempre me interesan, algún día os hablaré de la curiosidad insana de los hijos de mi madre por las aventuras y desventuras de nuestra familia por su parte-. Ella repasa hijos, sobrinos, yernos y cualquier otro lazo que se os pueda ocurrir, incluso aquellos que no tienen traducción al inglés. Lo hace e imparte su sabiduría de posguerra –esa sabiduría que ni es tan sabia ni lleva a buen puerto y que, por encima de todo, te toca los cojones- a diestro y siniestro. Y cruza sus fuentes e involucra a terceros, todo a su antojo, todo en pos del efecto dramático. Y yo le digo:
-Tú lo que quieres es llamar la atención de tus hijos.
Y entonces hace pucheros, lo cuál confirma mi teoría en lo que a mí respecta, claramente. ¿No estáis de acuerdo? En fin. Yo no sé si vuestras madres son tan omnipresentes, pero la mía, como poco se hace notar, y como mucho imaginadnos como títeres colgando ante un escenario de cartón, todos de sus dedos, todos a su antojo, en un etremés barato. Ella diría que vaya morro que tengo, que luego todos hacemos lo que nos da la gana, pues buenos somos, y hombre, también tiene razón. Lo que pasa es que ella es muy lista y ya dejó huella en nosotros cuando éramos jóvenes e impresionables. Ahora se despreocupa.
Postdata: nos están poniendo cipotillos para que no aparquemos en la isleta de abajo. Mi gozo en un pozo, era un asiduo a la esquina sur. No me va a quedar otra que llegar tarde al trabajo. Más tarde. Besitos para todos.

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