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Sí, no es hora de leer, es hora de mirar.

Aquí tenéis más fotos de Dinamarca.

Tiene mucha razón Noe cuando me dice que mi blog es un blog sin fotos y así debe seguir, pero hoy no os invito a leer, sino a ver. Aquí podéis ver mis fotos de Budapest.

Ser el típico aficionado coñazo que hacer detenerse a los demás para sacar la quinta foto artística, la que va a quedar finalista en el siguiente World press photo, para luego dejarlas en el fondo de la tarjeta, es de tontos. Así que me he decidido a dar salida a las mías. Budapest es la primera entrega. Espero que os gusten.

En Europa –en el Medio Oriente también, en Asia menos- se hace mejor cine que en USA, con permiso de la industria, de la pasta y, está claro, de Allen, Jarmusch y el cine independiente de ambas costas, en general. Esto no quita para que muchas de nuestras pelis favoritas sean americanas, vale. Pero yo me refiero a ese nuevo estándar, el de opinar que ‘Seven’ es una obra maestra, que ‘American beauty’ merece su Oscar –de hecho lo merece, lo que no dice mucho ni de la peli ni de los premios en cuestión-, que Tarantino es un genio de nuestro tiempo. Pues bien, hijos míos: ‘Seven’ es ridícula, ‘American beauty’ es algo peor –pretenciosa-, Fincher es mediocre –a excepción de en su última peli del asesino en serie- y Tarantino ídem –a excepción de en ‘Kill Bill 2′-. Y no, ni siquiera esas películas. Pero no nos enrollemos, simplemente quería decir que no estoy de acuerdo en algunas cosas del canon, que mientras se pueda hablar de los expresionistas alemanes, de los neorealistas italianos, del Almodóvar de los ochenta, de Berlanga, de Saura, de algunos franceses, de los cómicos ingleses de finales de los 60, de ‘El séptimo sello’, de Kurosawa, de Passolini, para qué gastar tinta elogiando ‘Crash’.

A lo que iba yo es que algunas veces, oyes, ves una peliculita de Hollywood que tiene algo que, sí, lo voy a reconocer, no tenemos por aquí, en el resto del mundo. Y es esa especie de cualidad mundana, cosmopolita, indirecta, decadente y muy, muy, muy occidental que yo llamaría ‘sofisticación’. Ellos, muy de vez en cuando, hacen como nadie películas ‘sofisticadas’. Y eso, a los habitantes de una urbe masificada como Madrid, nos atrae. Como poco, podemos decir que nos llega el mensaje.

Así que, de nuevo, no os voy a recomendar ‘Michael Clayton’, y del mismo modo no lo haré porque también esta vez se piró una parejita del cine, también detrás de mí, también bufando de cabreo porque aquello no era lo que esperaban –eso les pasa por esperar-. Pero a mí me gustó. Porque es sofisticada. Porque hace de la elipsis un arte –lo mismo esto es lo que acabó con la paciencia de la parejita-, porque demuestra que, ciertamente, los guionistas de Hollywood van a las mejores escuelas de guión –las únicas, supongo-, porque, como en todos los sitios, en Norteamérica hay personas inteligentes –creedme-, y ese Tony Gilroy –escritor y director de la peli, responsable de las de Bourne, ya apuntaba maneras, aunque perpetró guiones como el de ‘El abogado del diablo’- lo es. Neoyorquino de sangre y alma, podréis decir que claro, que Nueva York no es USA, pero démosle a ese país un voto de confianza.

Y escribe y dirige una escena de cine maestro, la de padre y el hijo a bordo del coche, mientras el primero lleva al segundo al colegio, donde por primera vez que yo recuerde un adulto habla a un hijo asumiéndole toda la inteligencia y desde la debilidad completa, y la piel se me puso de gallina, aunque para nada servía esta escena en la trama central, pero yo sé cómo son los guionistas. Son buenos o no lo serán jamás. Y a los primeros les permitimos todo.

George Clooney, que también es bueno en esto del cine, aunque mal actor, no la caga, y ya es algo. No os perdáis la escena final, el protagonista a bordo de un taxi diciéndolo todo con una mirada, con un resoplido. Una buena película. La mejor de abogados de los últimos tiempos. Pero ya sabéis, se perderá en el mar de trivialidades navideñas que se nos avecina… como lágrimas en la lluvia… ¿olvidé mencionar ‘Blade Runner’ en mi primer párrafo?

Cuando Sergio -alias ya sabéis- cayó en la cuenta, ya de camino a Burgos, de que su maleta estaba en el coche de Ramón, circulando en dirección opuesta, JJ dijo:
- Esta noche promete. Como en ‘Jo, que noche’.
Una premonición. Dimos la vuelta, recuperamos la maleta y emprendimos de nuevo camino de regreso de nuestro fin de semana en Vitoria. Y las luces interiores del Opel Kadett en el que arriesgábamos nuestra vida se encendían cuando pillábamos un bache, y lo mismo sucedía con un inédito pitido de aviso. Pero fue en un cambio de rasante a ochenta kilómetros de Burgos, autopista A6, helada, noche cerrada, terraplén al otro lado, donde el Kadett dijo ‘hasta aquí’. Y nos dejó tirados. Y se lamentaba Sergio:
- Ya sabía yo que había tenido que traer mi coche.

Yo me había hecho ilusiones de llegar a Madrid para ir al cine con mi novio con el principal objeto de intentar que nuestra relación sea algo más que una teoría de cuerdas –por lo escasamente tangible-, pero el cine debía comenzar y yo estaba tirado en un recodo de carretera, o apretando el culo para hacer sitio a otros tres en una estrecha cabina de grúa, o esperando a un taxi en un apeadero frente a una línea de cajas de pago de autopista, o quizá ya a bordo de un taxi conducido por un descerebrado de cincuenta tacos que se había traído a la mujer para terminar de echar la tarde en la capital burgalesa, que se picó con otro conductor y condujo a 150 por una vía urbana, menospreció al otro conductor comparando ostentosamente los precios de ambos vehículos y metió mano a su talludita esposa, de cabello platino en cola de caballo, durante el transcurso de la carrera. Ya sé, hijos míos, cómo es un bakala cuando se le pasa el arroz. La cuestión es si necesitaba saberlo.

No contentos con ello, JJ hubo de apelar al amor fraternal y su hermano, residente en Segovia –meagobia- condujo como un tiro hacia ese pueblo que está en medio de todo y en ninguna parte, Aranda de Duero, donde los coches no tuneados simplemente no existen, y alguno de nosotros equivocó la cita, y terminamos el JJ y yo en el aparcamiento vacío de un Sabeco. Las luces de ‘feliz Navidad’ titilaban al otro lado de la luna, los carritos vacíos se volvían para mirarnos. Era un lugar tan cinematográfico como cualquier otro para terminar nuestros días. Pero su hermano apareció y se lo llevó a Valladolid. Su Kadett se quedó en Burgos. Yo continué mi camino hacia Madrid. Nuestros amigos en Aguilar nos llamaban, preocupándose por nuestra coyuntura. Mi novio me llamaba y se enfadaba conmigo porque los fiordos en Noruega no se cruzan por puentes, no señor, son necesarios barcos. Yo no había pintado un fiordo en mi cabeza, vale, pero sé que los viajes de placer son placenteros a no ser que alguien se empecine en reventarlos. Saritigsma me llamó para ver qué hacíamos con lo de Nueva York, porque el dólar baja -¡bien!- pero los vuelos suben, y quién sabe cuándo cobraremos. En algún lugar sobre nuestras cabezas, mi hermana Titi volaba hacia Bruselas, ella feliz, mi familia feliz, todos en el recuerdo hasta la próxima vez. Y mis amigos y yo, sin importar nuestro origen ni color de la piel, todos en el recuerdo de Vitoria, más bonita que la última vez, más en obras que entonces -¿Tranvías donde nunca los hubo? ¿Me he perdido algo?-, pero el encanto tarda en revelarse.

Por cierto, que Kus, el del Unicaja, ciertamente mide 1,90. Virgen santigsma. El mundo es un pañuelo.

Estoy con la duda trascendental metida en el cuerpo como una niña del exorcista, y es que tenemos este fin de semana plan en Vitoria –comer, basket y comer otra vez, con mi pandilla de Aguilar el comer se intercala entre cualquier otra actividad, y está bien así, por cierto, basket de ver, no nos pasemos, imagínate jugar al basket después de comer-. No sé qué hacer, si no ir a Vitoria hasta el sábado, o irme hoy –la maleta está hecha-, o irme hoy a Burgos y pasar la noche con Sergio, como si fuéramos marido y mujer, en su solitaria habitación de hotel, la habitación de un jefe de obra en un destino lejano, la maleta nunca hecha, nunca deshecha, una novia en cada puerto. Esto último está muy lejos de ser cierto, hasta donde yo sé, pero sería estupendo, porque a Sergio le hace falta una novia. Tiene varios viajes en el horizonte y no quiere ser el soltero de oro, el turista que lo da todo en la noche local. Quiere ser uno más, con su novia y su sueño irrefrenable después de cenar. Como cualquiera.

Escribo desde mi puesto de trabajo y estoy un poco trompa. Alguien ha cumplido años y ha traído ponche local y casero –aquí sólo aceptamos bebidas locales y caseras, es la norma- y tengo en la mesa un té a medio terminar, un vaso con ponche local y casero con el que lo alterno, unos bombones de chocolate negro con naranja casi terminados. Mi hermana de Bruselas, que me quiere mucho porque tiene un corazón enorme y en él caben hijos, marido, hermanos, todos cabemos allí y estamos tan a gusto, me ha traído dichos bombones, chocolate belga, hijos míos, y me he comido unos doscientos antes de acostarme ayer y esta mañana, esquivando camiones en la M50, como cada mañana, jugándome la vida, sí, me he comido unos trescientos. En mi estómago la naranja se reagrupa.

Y también hay en mi puesto de trabajo una botella de Unicum, un brebaje asqueroso que me traje de Budapest y que allí utilizan para no quedarse congelados mientras cruzan los puentes en invierno, y no me extraña, porque resucitaría a un muerto por lo nauseabundo. Es como de hierbas, pero de hierbas putrefactas. Bebes un poquillo y no sólo te quema la garganta, que a eso puedes acostumbrarte, es un poco lo de siempre, sino que te deja un sabor amargo en el centro de la lengua del que no te puedes despegar, y lo masticas por la tarde, y lo masticas por la noche.

También hay en mi mesa un folleto revenido del Leroy Merlin que en su día revisé con ilusión, pero la ilusión se esfumó en el mismísimo momento en el que la duda, otra clase de duda, ingresó en mi cuerpo, nuevamente cual niña del exorcista. ¿Vendo mi piso para intentar comprarme otro nuevo o me quedo con el que tengo y lo reformo? Oyes, qué duda. ¿Cómo hacerlo para que mi banco no siga forrándose a costa del sudor de mi frente, de todas nuestras frentes? No me importa que se forre a costa de vuestras frentes, pero me JODE que lo haga a costa de la mía.

¿Os habéis fijado? Mis dudas son de niño pera, las dudas de alguien que puede estar mejor o mucho mejor, en sólo ello reside su dilema. Muchos de vosotros pensaréis que no tengo derecho, que lo mío es muy fuerte, que así nos va. Y yo, hijos míos, soy lo suficientemente consciente de este mundo –consciencia no es algo que me falte, os lo aseguro- como para saber que tenéis toda la razón. Yo, con mi chaqueta de punto a la moda, con mi coche abollado y mi móvil abollado, mis Ray-ban Wayfarer, mis pulseras de H&M, el último grupo alternativo en los auriculares, con Aguilar de Campoo en las venas y Madrid sobre los hombros, con un trabajo que a ratos no merezco y a ratos no me merece, con una familia que en absoluto merezco pero disfruto… ¿se nota mucho que tengo una música chulísima en los oídos?

Bueno, os dejo para que disfrutéis del mejor fin de semana que os podáis procurar, o mejor aún, y lo hago con un pensamiento para la reflexión: ‘Three Swedish switched witches watch three Swiss Swatch watch switches. Which Swedish switched witch watch which Swiss Swatch watch switch?’ que en cristiano viene a decir ‘Tres brujas suecas transexuales miran los botones de tres relojes “Swatch” suizos. ¿Qué bruja sueca transexual mira a qué botón de qué reloj “Swatch” suizo?’ Besos para todos.

Mi amiga Marleen, que es de los Países Bajos y tiene un novio sevillano, de los de madre y hermanas de mantilla, con dos cojones –Marleen por atreverse a tanto, no ellas-, puso el otro día cara de poker cuando salió el otro día Lorca en la conversación. Y salió porque ella, inocente de sí, quiere aprender más acerca de España, de nuestra historia, del por qué de nuestra avidez de modernización, de nuestra velocidad de vértigo en logros sociales y aún las iglesias llenas, de lo nuevo y lo viejo y de cómo milagrosamente conviven, de la guerra civil, de las dos españas… de la dicotomía equilibrista, en fin, sobre la que nos sostenemos. Y yo dije, simplemente:
-Lorca.
Y ella debió pensar en la ballena asesina, y preguntó:
-¿Quién?
Y dije yo ‘Lorca’, y le expliqué quién era. Así que el jueves ella aparcó a su novio sevillano sin más explicación, a la holandesa, y se vino conmigo al teatro a ver ‘La casa de Bernarda Alba’, obra que yo ya vi y que leí y releí, y me pone los vellos como escarpias cada vez, silencio, nos hundiremos todas en un mar de luto. Y Marleen entendió, al menos parte. Encontró respuestas a algunas de sus preguntas, porque sólo la sabiduría, y la sabiduría está en la poesía de los poetas verdaderos, puede ofrecerse condensada de esta manera.

Y se apagaron las luces y apareció un muro blanco y una ventana pequeña, y una mujer, la Poncia, dando lustre a unos suelos, negro sobre blanco, que es lo que siempre ha sido y será España, menos en la acera del otro lado de Gran Vía, donde a veces hay un poco de color. Y empezamos Marleen y yo a escuchar las palabras áridas, las más hermosas en lengua española, Pepe el Romano es mío, él me lleva a los juncos de la orilla. Y se estremeció a mi lado, boquiabierta, empapándose de España. Quería España y tuvo España, pero no la que ella empieza a amar, sino la de los huesos sobre los que ahora se construye ésta. La España de las puertas cerradas.

En la España de hoy todavía queda algo Lorquiano, y no precisamente lo inocente y lo colorista, lo hermoso y bronceado del Romancero Gitano. Queda algo de lo Bernarda Alba, de lo Yerma. Queda la hipocresía oscura del ‘yo hago lo que quiero pero luego predico contención y tapo la vida con mantas y sábanas de ritos, de formas, de discursos huecos. La realidad brillante y libre de la mayoría de los españoles, y sí, positiva, es un hecho, y luego muchos de nosotros –ellos, pero bueno- lo ocultamos y votamos propuestas extrañísimas. No puedo evitar ver hipócrita a cada español que se suscribe a las ventajas de, por ejemplo, la ley del divorcio y vota al PP. ¿Me he pasado? No lo sé, tal vez sólo pudiera aplicarlo a los congresistas peperos que lo han hecho y luego mantenido el pilotito rojo en la votación de alguna norma relativa. Lo siento, siento mi purismo infantil. Y éste es un ejemplo de tantos. Nuestros políticos –todos- son mediocres, pero no gasto mi tiempo, no de momento, en entender la degradación de aquella profesión. Asumo que las promociones valiosas en las universiadades sean las de ingenieros, físicos e incluso los chicos de ciencias de la información, rama publicidad. ¿Cuántos de nuestros políticos saben inglés? Ningún cabeza de lista, desde luego. ¿Cuántos estudiaron ciencias políticas? Ninguno del PP, desde luego. Así que miro alrededor, a mis congéneres votantes, y como a mi alrededor nunca hay grandes inversores, me pregunto cosas. Me pregunto si leemos todos los mismos libros –en realidad, me pregunto simplemente si leemos-, si vemos la misma televisión –en realidad, me pregunto simplemente si algunos no ven demasiada- y no encuentro respuestas lo suficientemente discretas como para aparecer aquí. Así que me las callo.

Total, que me evado y repito en mi cabeza versos de Lorca, de su Bernarda Alba, música en los oídos de cualquiera con oídos:

‘Cuando mi vecina tenía un niño yo le llevaba chocolate y luego ella me lo traía a mí, y así siempre, siempre, siempre. Tú tendrás el pelo blanco, pero no vendrán las vecinas. Yo tengo que marcharme, pero tengo miedo de que los perros me muerdan. ¿Me acompañarás tú a salir del campo? Yo quiero campo. Yo quiero casas, pero casas abiertas, y las vecinas acostadas en sus camas con sus niños chiquitos, y los hombres fuera, sentados en sus sillas. Pepe el Romano es un gigante. Todas lo queréis. Pero él os va a devorar, porque vosotras sois granos de trigo. No granos de trigo, no. ¡Ranas sin lengua!’

Leedlo una y otra vez, una y otra vez… yo quiero casas, pero casas abiertas…

El sentimiento de culpa –por dispares razones, a veces tan recónditas que es difícil desarraigarlas- es inherente a la condición humana. Nadie se libra. Os lo digo yo, que este verano tardé semanas en reconocer la causa de cierto comportamiento de este servidor, y resulta que aquella fue la culpa, ni más ni menos. No sé si los griegos vivieron libres de ella, Gore Vidal opina que sí, pero desde que en el siglo V algunos avispados se inventaron esa cosa llamada cristianismo, la culpa, hijos míos, es nuestra auténtica madre.

A lo que voy es a que todo el crédito que compañeros de partido, votantes y demás simpatizantes de Aznar dan a sus últimas palabras durante la presentación de su libro no puede obedecer a otra cosa que a la culpa. Porque pensar que se debe a algo más que eso, a la intención de arañar un rédito electoral, por ejemplo, no cabe en nuestras entendederas. ¿No? Hijos míos, la culpa es nuestra madre y vuestra esposa y nuestra hermana, y aquí hay mucha gente sintiéndose culpable. Aznar tal vez no, él sólo es un saco de pelotitas de odio, odio concentrado como las pelotitas de detergente, tan concentrado que se torna difuso en sus orígenes. No sabe si odia porque los votantes no lo votaron, porque tuvo que mentir para intentarlo, porque los periódicos internacionales y las wikipedias del mundo lo despachan como la muñeca rota de los desmanes de Bush en 2004, porque quizá alguno de sus mejores amigos le miren raro a partir de aquellos días. Pero los demás, la gente que lo sigue y respalda, ellos sí se sienten culpables. Y hacen aquello que Freud definió –en esto no se equivocaba- como ‘racionalización’.

Pues muy bien, queridos seguidores: una píldora de perdón, si es que soy quién para ofrecerla. Os perdono. En especial porque no sóis culpables de nada, así que es fácil. No sóis culpables del horror extremista. Ni siquiera el partido que seguís lo es. Los culpables están muertos o en la carcel –y no me gusta citar a un ministro, los ministros raras veces tienen altura intelectual para merecer una cita- pero en este caso lo suscribo. Ojalá nadie os mienta a sabiendas o se invente teorías conspirativas ante cuestiones que os afecten directamente, porque notaréis lo injusto de la situación, amén de lo inútil. Y relajaos. Dejadlo atrás. Todo en este mundo es un problema de pasta excepto en oriente, donde además es un problema de ideología, si es que a la religión se le puede llamar idea. Es la injusticia económica lo que nos ha llevado hasta aquí. Aznar no es tan importante.

‘Once’, favorita en la última edición de Sundance, no es una película que recomendaría. Una pareja se salió del cine, y digamos que quedamos otras dos y un servidor. Era un cine comercial, claro está. Y qué puedo yo tener en contra de los cines comerciales, si me escapo los martes a ver la penúltima entrega de una serie de terror adolescente con la única compañía de una bolsa de gominolas, de esos enrolladitos de manzana preferiblemente. Pero, hijos míos, ‘Once’ me llegó al alma. Se metió en mi corazón, primero en mis oídos, y ahí sigue, y tengo que entrar en YouTube y ver ‘Falling slowly’ por decimoquinta vez, no por verla sino por oírla, porque en esta película, un musical para los más osados, la música es un ente físico, que se palpa, se siente, casi se degusta, como el regaliz de manzana. Esta película no es un musical, es la música.

El argumento es inútil, podría destriparse en una línea, los diálogos no son brillantes, el video digital es pobre –a excepción de en esa última secuencia, donde el personaje femenino mira más allá de una ventana y lo dice todo acerca de amar, de aceptar, y la luz del sol poniente se refleja en la ventana contigua-. El deseo un poco snob pero valiente de hacer una peli con cuatro duros que gane festivales tal vez se detecte en alguna sencuencia. Pero esa valentía se transforma en inteligencia sutil cuando se elije a un tal Glen Hansard para poner música en una película donde la música es el alfa y el omega. El director y guionista fue bajista en la banda de este irlandes rubicundo, así que sabía dónde se metía, y su película es un hueco, un espacio abierto y flexible cuyo único propósito es albergar las canciones de Hansard. Y a punto está de estallar, de grandes que son aquellas.

Por eso no os la recomiendo: no es una película. Es cine, y del auténtico, si es que el cine es emoción en una sala a oscuras, pero no es una película. Es música hecha imágenes, guión y puesta en escena. A muchos puede que no les valga, pero a éste que escribe le sobra.

Escuchad esto, acompañaros de las imágenes, si las necesitáis, y echad a volar.

(Adjunto también el trailer de la película, para que no falte el formato convencional)

Gentes de España! Os escribo, sin que sirva de precedente, desde la casa de mi hermana y su novio, conexión Wifi, mientras en la tele hablan unas transexuales brasileñas y la gente se hace la sorprendida al enterarse de que sus admiradores son en su mayoría tíos heterosexuales. No entiendo la sorpresa, pero no le presto atención, porque estoy aquí encantado escrbiendo desde la comodidad del sofá, desde la tranquilidad del viernes noche.

A mi lado está el Zoo, con quien me llevo mejor últimamente. Mis tumultos mentales han dejado paso a una temporada de claridad mental, y oyes, mis deseos y mis actos van en una misma dirección, también esto sin que sirva de precedentes, y es en su dirección, así que todos contentos. Escribo con la aprensión de tenerlo al lado, pero no me está haciendo mucho caso, que está pendiente de la silicona, y la transexual se queja ahora de que le pusieron unas tetas demasiado grandes y un culo también muy grande que, palabras textuales, ya no está de moda.

Hemos cenado una lasaña muy buena más densa que una supernova tres segundos antes, cortesía del Zoo. En realidad hemos terminado aquí porque el Zoo, con su lasaña montada, descubrió con aprensión que el horno de su casa no funciona, así que hubimos de mendigar una casa con horno, y aquí terminamos.

-¿Las transexuales como lo tenéis en el amor? -pregunta una periodista, súbitamente interesada.

Ella contesta que no quiere hablar del amor, y dice que actualmente está con una persona a la que todavía no ama pero que espera amar. En fin, la lasaña se ha asentado en mi estómago, más bien lo ha tomado como rehen, y no soy muy capaz de pensar, así que me limito a transcribir lo que oigo.

-¿No tienes miedo a la soledad? -le preguntan, y ella contesta que ya se ha acostumbrado. Ahora sale su otra amiga transexual disfrazada de cat woman y está bailando encima de la silla. Yo qué sé. Os dejo que se termina la batería. Besos para todos.

Antes de irme, un par de enlaces:

El trailer de mi peli de los ositos de peluche. Al paso que voy, no sé si la terminaré este año. Estar, está, pero necesita una vuelta que no estoy muy convencido.

El trailer del video que edité de nuestra visita a Amsterdam. Como podéis comprobar, fuimos más que felices.

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