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Hablando de peras y manzanas, echadle un ojo a mis fotos del Gay Pride 2007. ¡Más de cerca imposible!
Salió finalmente Rajoy de su armario –el ideológico- y reconoció que si gana las elecciones, amén de darnos un disgusto, cambiará la denominación de ‘matrimonio’ a esa figura aprobada en una ley, aunque no los derechos, digámoslo todo. Y seguro que a muchos de vosotros esto os parecerá ecuánime. Sólo es un nombre, al fin y al cabo.
A ver cómo os lo explico. Los gurús de la semiótica hace generaciones que descubrieron la relación entre el pensamiento y el lenguaje, y que en el fondo no ocurren tan el segundo consecuencia del primero, sino que más bien se retroalimentan, llegando a veces a ser el primero consecuencia del segundo. Definimos la palabra ‘amor’ y luego la sentimos. Y en la medida en que añadimos matices a esa definición, y me refiero a signos, a palabras, a ideas puestas en orden –que es lo que llamamos lenguaje-, enriquecemos nuestra experiencia alrededor de ésta. Vamos, que ponemos una palabra a algo y luego lo vivimos.
¿Qué significa esto? Que si me molesta la denominación ‘ladrillo’ para aquel elemento mínimo que agrupado forma paredes y luego edificios, es porque, en realidad, no me gustan los ladrillos. Puede que prefiera los muros prefabricados o las láminas de Uralita, pero son los ladrillos en sí lo que no me convence. No es un asunto de lenguaje. O sí, que tanto da. Lenguaje y concepto ya son la misma cosa.
Ya me véis llegar: digo que a quien le molesta usar la palabra ‘matrimonio’ para la unión homosexual, lo que en realidad le molesta, y ni siquiera digo que tenga que ser una picazón consciente, es el hecho en sí. No lo dudéis. Igual que al gay al que el término ‘marica’ le molesta es porque algún resquicio de no aceptación le queda. Que no, que no me vengáis con movidas de que ‘es ofensivo’ o ‘lo que cuenta es la intención, y los que usan marica no la tienen buena’. Pensadlo bien.
¿Queréis pruebas? Lo he visto alrededor durante años. No conozco personalmente a nadie a quien realmente la orientación sexual homosexual de los demás se la solpe –no encuentro mejor manera para referirme a alguien que se halla realmente desprejuicidado- y le moleste lo más mínimo la palabra ‘matrimonio’ para designar el hecho referido. Por el contrario, todos los que conozco que de algún modo se sentirían incomodados por el término demuestran antes o después algún tipo de reserva hacia el hecho homosexual en sí. En mi entorno, ambas relaciones causa-efecto, ambos comportamientos, ocurren con simétrica disposición y con probabilidad de no ocurrir cercana a cero.
En fin. Los amantes de teorías cross-género vegetal –peras con manzanas y manzanas con peras- tal vez no hayan comprendido mi exposición. Bueno, yo tampoco entiendo las referencias estilísticas del peluquero de Botella y no por ello me rasgo las vestiduras –como diría House, ‘me gusta mi camiseta’-. Ahora que lo pienso, ¿qué hay de las propias del peluquero de su marido? ¿Véis? Siempre hay algo que no entendemos. Hay que seguir viviendo.
La escena de la tienda de campaña en ‘Brokeback Mountain’, después de más de media hora de tanta tensión sexual no resuelta, me puso ‘to pinocho’. Esto es así. Digamos que, para tienda de campaña, la mía.
Y ahí descubría yo, o al menos adquiría consciencia, a aquel tal Heath Ledger. Era una interpretación sentida, honesta, a ratos Clint Eastwood en la contención, a ratos Marlon Brando -¿me he atrevido a decir esto?- en sus miradas de soslayo, tristes, orgullosas o esquivas, increíble acento paleto -sólo en VO-. Y de pronto aparece ahí, en un pisazo de Manhattan –escalofríos de placer recorren mi espalda al recordar que yo visitaré la Gran Manzana en apenas un mes y medio-, frito. Su versión de Joker postproduciéndose, a las espaldas un par de películas más o menos menores después de la obra maestra de Ang Lee –a la que una inflada ‘Crash’ arrebató la estatua dorada en uno de los casos más injustos de temor distribuidor del cine reciente-.
Y leo con estupor un comentario en elpais.com en el que alguien tacha al actor difunto de ‘fracasado’. Leo juicios de valor, idas y vueltas alrededor del hecho de que muy probablemente una sobredosis se lo llevara al otro mundo, donde los actores son personas de verdad y las personas somos actores hasta el fin de los tiempos, y el Botox y el colágeno desaparecen, y así Nicole Kidman puede volver a sonreír otra vez. Y no puedo evitar otra vez esa sensación acuciante, esa idea ya vieja en mi cabeza de que gran parte de las personas que componen lo que llamamos sociedad se hallan faltos de experiencia –vital o leída, pero en libros de verdad-, de opinión empírica, circulando por ahí orgullosos de mentalidades vírgenes y asustadas, acaso ignorantes de su ignorancia, como niños pequeños el primer día de escuela. ¿Fracaso? No diría yo que un chaval nacido en las mesetas australianas que termina trabajando en Hollywood, no como camarero con derecho a roce –como el 98% de los aspirantes a actores-, sino como actor. Actor, el trabajo ése. Tan deseado y tan inaccesible. Es más accesible a golpe de cama, y no entro yo a valorar lo que no conozco acerca de los méritos del australiano, porque no es el objeto de mi post.
El objeto de mi post es esa obsesión de los demás –Ledger ya no podrá obesionarse nunca más- por comentar la jugada cuando la jugada es una sobredosis de algo: barbitúricos, cocaína, derivados del opio, lo que sea –que se considere insano-. Y sobre todo, la obsesión por juzgar. Juzgar es atreverse a opinar acerca de la bondad de un hecho o persona sin contar con el 100% de la información disponible sobre el asunto. Nunca se tiene toda y todos juzgamos, diréis; somos libres para hacerlo diréis. Y lo sóis. Faltaría más. Pero no os mosqueéis si a otros nos da la risa. Al fin y al cabo, contribuís al regocijo ajeno, a nuestra felicidad.
Dos escenarios posibles. Uno, que el tío estuviera metido en una depresión gorda y en medio de la noche oscura decidiera que no puede aguantar más. O que no quiere, que tanto da. Quien diga que esto es cobarde es, en mi opinión, alguien que nunca ha padecido una depresión o que nunca se ha acercado sinceramenta a alguien que la padece. Y sí, estoy juzgando. Escenario número dos: que se le fuera la mano con algún psicotrópico de los que no tienen receta –en occidente, en oriente basta con salir al campo y hacerte una infusión-. Mi respuesta es muy clara: ¿y qué? ¿Puedo yo juzgar las juergas de alguien, sus pasatiempos, sus adicciones, la forma en que emplea o afronta su vida? No me atrevo. Quien lo hace debe sentirse valiente, o haber leído más libros que yo. Yo, qué queréis que os diga. No me atrevo. Era su vida y eligió. Todos elegimos y dejamos de lado personas y apartamentos, hijos y madres, parejas despechadas y jefes incompetentes. Por no hablar de cuando los demás eligen por nosotros y nos dejan en la estacada incrédulos, desamparados. Todos mentimos, elegimos, introducimos en nuestro cuerpo sustancias que no nos vienen bien, mentimos, volvemos a elegir y seguimos viviendo. Quien juzga habla más de sí mismo que de quien es su objeto. ¿Quién soy yo para juzgar por qué ha terminado ese chico joven lleno de sueños y de quién sabe qué más frío como el mármol? Peor para él, en todo caso. Y peor para mí, que ya no gozaré mas de esos ojos tan transparentes, tan opacos, en la claridad desafiante de una pantalla de cine.
Suficiente se ha hablado ya del asunto Gallardón. Todos los juicios de valor han sido emitidos, todos los hechos repasados –ascensor incluído-, todas las manifestaciones a favor y en contra suficientemente expresadas.
Pero yo, que nunca aprendo, voy a apostillar. Y vuelvo sobre los hechos –a tanto como adivinar las conversaciones del ascensor no llego-, y lo hago en parte porque recuerdo una conversación con mi hermana Titi, ecuánime si es que los ecuánimes existen, en la que me comentaba que los de izquierdas no deberíamos tener empacho en reconocer la positiva gestión de Gallardón en el ayuntamiento. Uno siempre tiene miedo al destierro de la autocrítica. Si algo aprendí de leer a Gore Vidal –además de que la culpa de la mitad de los problemas en el mundo son consecuencia del pensamiento judeocristiano, y no sé si lo aprendí completamente- es que lo único que las personas conscientes nos debemos a nosotros mismos es la autocrítica permanente y casi feroz.
Así que yo me dije: ¿Vivo en un error alineándome tan anti PP, tan pro PSOE haga lo que haga? Y como me fui de fiesta de Nochevieja, como trabajo entre semana y luego voy un poco al gym y luego edito vídeos y luego discuto con mi novio, y el fin de semana salgo y toco la guitarra y discuto con mi novio de nuevo, pues no tuve yo ocasión de procurarme una respuesta.
Y sigo sin ella.
Y de pronto ocurre lo de un Rajoy apretado, sudoroso, incapaz de contentar dos facciones implacables, sedientas de poder como quien tiene sed en el desierto, que sobornaría y mataría por un dedal de agua. Ocurre que los políticos –en esta ocasión conservadores- destapan su trastienda –no hace falta decir que sin quererlo- y nos muestran de qué están verdaderamente hechos.
Están hechos de un deseo insoportable de gobernarnos. A cualquier precio y bajo cualquier pretexto, pero debemos ser cuantos más mejor. Están hechos de mentiras pacientes, que son las peores mentiras, porque es imposible que un político que manifiesta adorar una ciudad y dedicarse a ella con tal ahínco que casi lo haría gratis de pronto se frustra como un niño pequeño cuando se le niega la caja más grande de piezas de Lego. Están hechos de juego sucio, de pactos en entreactos, de apretones de manos envenenados, de torpeza intelectual –la gente lista se mete en ingenierías o en el apasionante mundo del proyecto web, jamás en política-. Son mentirosos –nunca me repetiré lo suficiente-, vendedores de motos y cuando, además, son ricos -¿os suena Aguirre Newman y de cómo es necesario esconder informes de impacto ambiental para que las autopistas pasen justo al ladito de tus terrenos?-, el cóctel es explosivo.
Así que sólo me interesan los hechos. Y los hechos son que la cúpula del PP es un atajo de buitres leonados –sobre todo cuando Espe va de Chanel-, que los políticos son genéticamente incapaces de preocuparse por los ciudadanos –sobre todo cuando la alternativa a tu berrinche es dejarnos a cinco millones de estupefactos madrileños en manos de la Botella, y no me refiero a la de whisky, lo que no sería tan malo-.
Yo sólo digo una cosa: como quede la Botella al timón de mi preciada villa, no se quejen después del drástico aumento del consumo de drogas psicotrópicas. Alguna cosa habría que hacer para sobrellevarlo.
Trailer de la peli de nuestro viaje a Noruega (Sergio, Zoo y yo, diciembre 2007)
Leyendo el blog de un buen amigo recuerdo que estas navidades atravesé, como quien atraviesa un río ancho, quieto y putrefacto, la penúltima manifestación de la familia. Inusitada mezcla de mítin político y misa dominical –sólo les faltó repartir las hostias, por ahora me refiero al concepto original-, me tapé la nariz y junto a mi anonadada familia –mi hermana mayor, sus hijos, los novios en pecado de éstos, mi cuñado- me zambullí en aquella estampa del XIX a la altura de Recoletos, de camino al Museo Arqueológico. Fue rápido, pero intenso.
Era difícil explicar a la novia alemana de mi sobrino, o al novio inglés de mi sobrina, que aquella increíble congregación de personas cabreadas con mochilas blaquiamarillas –‘vatican flag’- ocurría a apenas dos manzanas de Chueca, corazón de uno de los espacios más vivos, tolerantes y verdaderamente cosmopolitas de la vieja Europa, barrio homosexual en principio, orgullo de cualquier madrileño inteligente en el fondo. En el museo, entre capitel y retablo, escuchabas las reflexiones escandalizadas de la gente normal:
-¿Pero has visto eso?
-¿Y la hilera de autobuses en Santa Engracia?
-¿Y ese niño en camiseta helado de frío?
Atravesaba los cúmulos de jubilados enfadados y escuché las palabras amplificadas del orador del momento –¿quizá algún obispo?, me perdonaréis por no reconocerlo-, en tono de homilía:
-Jesucristo nació de un hombre y una mujer. Y ahí está, queridos amigos, el origen de la familia.
Nada que oponer a las premisas básicas de la procreación. Espero no ser el primer homosexual del mundo en admitirlas.
-Ahora nos quieren hacer creer que un hombre y otro hombre pueden formar una familia.
Y ahí comenzaban mis discrepancias. Porque recordaba yo la cena de la noche anterior en casa de mi hermana, donde mi novio fue admitido con la normalidad con que se admite en mi casa a cualquier pareja, y jugamos todos al Singstar, mis padres –nacidos en los años 20– en un lado disfrutando de la algarabía, mis sobrinos cantando con mi novio, o yo con sus parejas angloparlantes, mis hermanas haciendo las coreografías detrás del sofá, mis cuñados cabezeando de sueño –también esto es un clásico navideño, ¿no?-, y pensé que la mía era una familia en toda regla. Pensé que si, de algún modo, yo tenía hijos en el futuro, éstos encontrarían una familia sana y feliz. De hecho, pensé un poco preocupado, conociendo a mis hermanas, que hasta les sobraría familia.
Mi concepto de familia, me lo tendrán que respetar los obispos y los usufructuarios de mentes endebles, es claro e irreprochable: una familia es un grupo de personas –entre 2 y 99, como en los Juegos Reunidos Geyper- unidas por lazos afectivos y en el que las personas más débiles encuentran el cobijo, la ayuda y el impulso de las más fuertes. Dos conceptos añadidos, por tanto, al primitivo concepto de ‘grupo’: que haya amor más o menos multidireccional entre las personas que lo integran –espero que nadie tenga nada en contra del concepto de ‘amor’, el leiv-motiv más aparente y cacareado de la Biblia- y que haya personas cuyas carencias –afectivas o materiales- puedan suplirse con los exedentes de otras. Por mi parte, tenemos una familia. Es genial cuando las personas que se quieren tienen lazos sanguíneos, o cuando las personas que necesitan ayuda son los hijos biológicos de los otros miembros. Es perfecto –o puede serlo, que mirándote las tasas de divorcios, o peor aún, de malos tratos, el adjetivo ‘perfecto’ casi lo dejas para el plano-secuencia del ejército en ‘Expiación’-, pero nada más.
Así que, iglesia y usufructuarios de mentes endebles: inflad vuestros autobuses, atizad vuestras parroquias, arrastrad a vuestros hijos a la pulmonía o a la insolación, pero no podréis evitar que mi idea de familia se multiplique por el mundo civilizado. Ocurría antes de vosotros y ocurrirá después. Exhalamos felicidad y buen rollo como los árboles exhalan oxígeno, y no sé cuál de ambas exhalaciones es más provechosa para desterrar la oscuridad de este mundo –la segunda, venga, va-. Alguno de vuestros hijos seguirá nuestros pasos, y lo único que me duele es el sufrimiento que a aquel le queda por delante.
Es ‘La sombra del cazador’ una película un poco ingenua, y no por el tono humorístico que destila en todo momento –es premeditado y por ello triunfa-, sino por algunos fallos narrativos menores: el personaje de Gere explica sus motivaciones en alguna secuencia innecesaria, por ejemplo, o Duck toca la guitarra con la mirada perdida en un forzado barrido que trata de decirnos ‘lo que les espera a estos incautos’. Pero nada de eso importa. La película cumple con el atributo de ‘entretenida’ mejor que cualquier cosa estrenada en las últimas semanas. Como si dicho atributo fuera poca cosa. En realidad, es lo mejor que se puede decir de una película.
Es entretenida porque tiene ritmo, porque no chirría contando con impuesta levedad lo que de ninguna manera es leve, porque Gere, que es un actor bastante mejor de lo que se piensa habitualmente, borda su papel de periodista venido a menos que encuentra una oportunidad de oro para encarrilar su carrera. Y además consigue, y por eso es una peli que, esta vez sí, recomiendo sin temor a represalias, dejar poso. Lo que cuenta es atrevido, importante y la decisión de hacerlo desde el sarcasmo –toda la película es un lúcido ejercicio de sarcasmo… no digo sátira, porque la película se configura como realista, ni comedia, ni fábula, digo sarcasmo- consigue comunicar lo injusto de los hechos con toda la efectividad.
El filme formula teorías acerca de cómo es posible que criminales de guerra perseguidos por todas las oficinas internacionales habidas y por haber campen a sus anchas y hasta publiquen obras de teatro. No cuenta nada que no sepamos, pero que nos lo resuman de un modo tan revelador –y entretenido, una vez más- pone la piel de gallina. Servidor echa de menos la película definitiva sobre la guerra de Bosnia, primera guerra que recuerdo conocer en mi vida adulta y que me impresionó hasta el punto de inspirar uno de los pocos relatos que me publicaron, pero mientras llega, ‘La sombra del cazador’ es un estupendo aperitivo. Pensándolo bien, no sé si será fácil, incluso posible, retratar en el lenguaje del cine el horror fraticida de los Balcanes en los noventa. Las causas, la ignorancia cómplice de occidente durante el primer año, los militares genocidas. En la CNN era todo demasiado cercano, demasiado propio. No era una guerra exótica, era una guerra aquí al lado, y asesinaban a adolescentes con camisetas del ‘Rattle & Hum’, como servidor. Si uno fuera el profesor de una clase en la que países o grupos étnicos fueran los alumnos, de cara a la pared ponía servidor a una decena. No sólo a los responsables evidentes –los de las tres etnias en conflicto-, sino a algún que otro país que miró a otro lado o que directa y secretamente se frotó las manos. Y mira, por una vez, Estados Unidos no se llevaría el peor castigo.
Por cierto, impagables los títulos de crédito finales, en los que, además del consabido ‘basado en hechos reales’, el humor negro ya se hace palpable y se vierten unas cuantas reflexiones ácidas, como aquella de -haciéndose eco de las obras de teatro publicadas por Karazdic- ‘¿Y si ponemos un teatro?’
Cuando Edvard Munch expuso ‘El Grito’ en 1893 dentro de una serie que llamó ‘El amor’ y cuyo último cuadro, fatal desenlace, era éste, algunos críticos aconsejaron a las mujeres embarazadas que se abstuvieran de visitar la muestra. Por si acaso. Hoy sabemos que es más fácil perder un hijo, ya puestos, viendo ‘The ring’ (versión americana) en un cine con THX Surround, subiéndose a la montaña rusa de un parque temático o asistiendo a una comparecencia de Acebes, pero en aquella época el entretenimiento no ofrecía demasiado emociones fuertes.
Pero el entretenimiento nunca es arte –sí a la viceversa-, y pronto se revelo aquel cartón como el paradigma de la sociedad post-industrial, burguesa, cosmopolita, auténtico invento del siglo XX. Bueno, el invento del siglo XX fueron las guerras globales, el horror, la sima más profunda alcanzada por el hombre, Hitler y Stalin –ecos endebles de aquellos encontramos hoy día en nuestros ‘pequeños enfermos’, los Bush, los dirigentes islámicos de nombre impronunciable, los dinosaurios comunistas que aún perduran en el este asiático, los presidentes de repúblicas bananeras, por qué no te callas-, pero eso es otra historia. Así que Munch tomó un cartón que ya debía estar amarillo entonces, sus óleos y un par de ceras granates y pintó su primera –y mejor- versión de ‘El Grito’. Y encerró ahí el dolor de la vida en las ciudades, nueva para un hombre que había salido de las cuevas y de los monumentos funerarios hacía demasiado poco, que ahora vivía en bloques hacinados y guardaba colas, que hacía de la contención y el orden su leiv-motiv, cuando aún su espina dorsal no se había librado de los impulsos animales, del sexto sentido de sentirte observado, del ardor en el pecho cuando te asomas a un barranco.
Para el hombre, la sociedad como tal ha llegado demasiado pronto, y los hombres que se escuchan a sí mismos, que aún conservan vías directas de comunicación con su ‘yo’ freudiano, encuentran la angustia como única reacción honesta. Munch lo escribió así en su diario: ‘Paseaba por un sendero con dos amigos, el sol se puso, de repente el cielo se tiñó de rojo sangre, me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio, sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad, mis amigos continuaron y yo me quedé quieto, temblando de ansiedad, sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza’.
Los médicos lo llaman trastorno bipolar –la hermana favorita de Munch fue internada en un psiquiátrico por la misma causa-. Para nosotros, que tenemos un chorrito seco de flujo entre nuestra consciencia y nuestra ‘persona’, su reflujo visionario en el que el estilo, el soporte e incluso el momento no son más que límites impuestos, es arte. Para Munch, verdadero artista, sólo fue una extensión de sí mismo, una parte de sí dolorosa que proyectar, una expresión decidida de angustia.
Cuando yo doblé la esquina en la Galería Nacional de Oslo supongo que sabía lo que me iba a encontrar. Ya sabía que en el Museo Munch se conservan las otras dos versiones –cuatro hizo el pintor en total, incluyendo una litografía para que su obra pudiera reproducirse en periódicos-, pero aquel estaba cerrado en la tarde oscura de Oslo. Empecé por las pinturas de la izquierda, aquella de la niña enferma que pintó a los 20 años y que inmediatamente probaba que su estilo posterior era una elección y no una carencia, pero miraba ‘El grito’ de reojo. Dejé de imponerme una visita ordenada y me planté delante, la sala casi vacía, el cuadro para mí. Busqué el centro y la ausencia de reflejos y la pintura me inundó. Recordé mi ansiedad adolescente, cuando todo era tan grande e inalcanzable, cuando todo era nuevo y amenazador. Aquel cuadro me hablaba a mí personalmente, su efecto no era menor aún sabiendo que al rato siguiente lo haría a otro turista noruego, infatigable.
Hoy, ‘El grito’ está en los Simpson, en la careta del asesino de ‘Scream’ y hasta como un icono de navegador de 16 x 16 píxeles en cierta página del pintor. Está en tazas y en lapiceros flexibles, en reproducciones para enmarcar que nadie quiere poner en el salón de su casa porque a nadie le gusta recordar la negrura hueca de la condición humana. Sin embargo, todos, hasta los más descreídos, los amantes del color y la luz, nos hemos acercado alguna vez con nerviosa reverencia a ese rostro muerto y se nos ha encogido el corazón.

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