You are currently browsing the daily archive for Enero 4th, 2008.
Cuando Edvard Munch expuso ‘El Grito’ en 1893 dentro de una serie que llamó ‘El amor’ y cuyo último cuadro, fatal desenlace, era éste, algunos críticos aconsejaron a las mujeres embarazadas que se abstuvieran de visitar la muestra. Por si acaso. Hoy sabemos que es más fácil perder un hijo, ya puestos, viendo ‘The ring’ (versión americana) en un cine con THX Surround, subiéndose a la montaña rusa de un parque temático o asistiendo a una comparecencia de Acebes, pero en aquella época el entretenimiento no ofrecía demasiado emociones fuertes.
Pero el entretenimiento nunca es arte –sí a la viceversa-, y pronto se revelo aquel cartón como el paradigma de la sociedad post-industrial, burguesa, cosmopolita, auténtico invento del siglo XX. Bueno, el invento del siglo XX fueron las guerras globales, el horror, la sima más profunda alcanzada por el hombre, Hitler y Stalin –ecos endebles de aquellos encontramos hoy día en nuestros ‘pequeños enfermos’, los Bush, los dirigentes islámicos de nombre impronunciable, los dinosaurios comunistas que aún perduran en el este asiático, los presidentes de repúblicas bananeras, por qué no te callas-, pero eso es otra historia. Así que Munch tomó un cartón que ya debía estar amarillo entonces, sus óleos y un par de ceras granates y pintó su primera –y mejor- versión de ‘El Grito’. Y encerró ahí el dolor de la vida en las ciudades, nueva para un hombre que había salido de las cuevas y de los monumentos funerarios hacía demasiado poco, que ahora vivía en bloques hacinados y guardaba colas, que hacía de la contención y el orden su leiv-motiv, cuando aún su espina dorsal no se había librado de los impulsos animales, del sexto sentido de sentirte observado, del ardor en el pecho cuando te asomas a un barranco.
Para el hombre, la sociedad como tal ha llegado demasiado pronto, y los hombres que se escuchan a sí mismos, que aún conservan vías directas de comunicación con su ‘yo’ freudiano, encuentran la angustia como única reacción honesta. Munch lo escribió así en su diario: ‘Paseaba por un sendero con dos amigos, el sol se puso, de repente el cielo se tiñó de rojo sangre, me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio, sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad, mis amigos continuaron y yo me quedé quieto, temblando de ansiedad, sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza’.
Los médicos lo llaman trastorno bipolar –la hermana favorita de Munch fue internada en un psiquiátrico por la misma causa-. Para nosotros, que tenemos un chorrito seco de flujo entre nuestra consciencia y nuestra ‘persona’, su reflujo visionario en el que el estilo, el soporte e incluso el momento no son más que límites impuestos, es arte. Para Munch, verdadero artista, sólo fue una extensión de sí mismo, una parte de sí dolorosa que proyectar, una expresión decidida de angustia.
Cuando yo doblé la esquina en la Galería Nacional de Oslo supongo que sabía lo que me iba a encontrar. Ya sabía que en el Museo Munch se conservan las otras dos versiones –cuatro hizo el pintor en total, incluyendo una litografía para que su obra pudiera reproducirse en periódicos-, pero aquel estaba cerrado en la tarde oscura de Oslo. Empecé por las pinturas de la izquierda, aquella de la niña enferma que pintó a los 20 años y que inmediatamente probaba que su estilo posterior era una elección y no una carencia, pero miraba ‘El grito’ de reojo. Dejé de imponerme una visita ordenada y me planté delante, la sala casi vacía, el cuadro para mí. Busqué el centro y la ausencia de reflejos y la pintura me inundó. Recordé mi ansiedad adolescente, cuando todo era tan grande e inalcanzable, cuando todo era nuevo y amenazador. Aquel cuadro me hablaba a mí personalmente, su efecto no era menor aún sabiendo que al rato siguiente lo haría a otro turista noruego, infatigable.
Hoy, ‘El grito’ está en los Simpson, en la careta del asesino de ‘Scream’ y hasta como un icono de navegador de 16 x 16 píxeles en cierta página del pintor. Está en tazas y en lapiceros flexibles, en reproducciones para enmarcar que nadie quiere poner en el salón de su casa porque a nadie le gusta recordar la negrura hueca de la condición humana. Sin embargo, todos, hasta los más descreídos, los amantes del color y la luz, nos hemos acercado alguna vez con nerviosa reverencia a ese rostro muerto y se nos ha encogido el corazón.

¿Qué opinas tú?