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Suficiente se ha hablado ya del asunto Gallardón. Todos los juicios de valor han sido emitidos, todos los hechos repasados –ascensor incluído-, todas las manifestaciones a favor y en contra suficientemente expresadas.
Pero yo, que nunca aprendo, voy a apostillar. Y vuelvo sobre los hechos –a tanto como adivinar las conversaciones del ascensor no llego-, y lo hago en parte porque recuerdo una conversación con mi hermana Titi, ecuánime si es que los ecuánimes existen, en la que me comentaba que los de izquierdas no deberíamos tener empacho en reconocer la positiva gestión de Gallardón en el ayuntamiento. Uno siempre tiene miedo al destierro de la autocrítica. Si algo aprendí de leer a Gore Vidal –además de que la culpa de la mitad de los problemas en el mundo son consecuencia del pensamiento judeocristiano, y no sé si lo aprendí completamente- es que lo único que las personas conscientes nos debemos a nosotros mismos es la autocrítica permanente y casi feroz.
Así que yo me dije: ¿Vivo en un error alineándome tan anti PP, tan pro PSOE haga lo que haga? Y como me fui de fiesta de Nochevieja, como trabajo entre semana y luego voy un poco al gym y luego edito vídeos y luego discuto con mi novio, y el fin de semana salgo y toco la guitarra y discuto con mi novio de nuevo, pues no tuve yo ocasión de procurarme una respuesta.
Y sigo sin ella.
Y de pronto ocurre lo de un Rajoy apretado, sudoroso, incapaz de contentar dos facciones implacables, sedientas de poder como quien tiene sed en el desierto, que sobornaría y mataría por un dedal de agua. Ocurre que los políticos –en esta ocasión conservadores- destapan su trastienda –no hace falta decir que sin quererlo- y nos muestran de qué están verdaderamente hechos.
Están hechos de un deseo insoportable de gobernarnos. A cualquier precio y bajo cualquier pretexto, pero debemos ser cuantos más mejor. Están hechos de mentiras pacientes, que son las peores mentiras, porque es imposible que un político que manifiesta adorar una ciudad y dedicarse a ella con tal ahínco que casi lo haría gratis de pronto se frustra como un niño pequeño cuando se le niega la caja más grande de piezas de Lego. Están hechos de juego sucio, de pactos en entreactos, de apretones de manos envenenados, de torpeza intelectual –la gente lista se mete en ingenierías o en el apasionante mundo del proyecto web, jamás en política-. Son mentirosos –nunca me repetiré lo suficiente-, vendedores de motos y cuando, además, son ricos -¿os suena Aguirre Newman y de cómo es necesario esconder informes de impacto ambiental para que las autopistas pasen justo al ladito de tus terrenos?-, el cóctel es explosivo.
Así que sólo me interesan los hechos. Y los hechos son que la cúpula del PP es un atajo de buitres leonados –sobre todo cuando Espe va de Chanel-, que los políticos son genéticamente incapaces de preocuparse por los ciudadanos –sobre todo cuando la alternativa a tu berrinche es dejarnos a cinco millones de estupefactos madrileños en manos de la Botella, y no me refiero a la de whisky, lo que no sería tan malo-.
Yo sólo digo una cosa: como quede la Botella al timón de mi preciada villa, no se quejen después del drástico aumento del consumo de drogas psicotrópicas. Alguna cosa habría que hacer para sobrellevarlo.

¿Qué opinas tú?