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La escena de la tienda de campaña en ‘Brokeback Mountain’, después de más de media hora de tanta tensión sexual no resuelta, me puso ‘to pinocho’. Esto es así. Digamos que, para tienda de campaña, la mía.

Y ahí descubría yo, o al menos adquiría consciencia, a aquel tal Heath Ledger. Era una interpretación sentida, honesta, a ratos Clint Eastwood en la contención, a ratos Marlon Brando -¿me he atrevido a decir esto?- en sus miradas de soslayo, tristes, orgullosas o esquivas, increíble acento paleto -sólo en VO-. Y de pronto aparece ahí, en un pisazo de Manhattan –escalofríos de placer recorren mi espalda al recordar que yo visitaré la Gran Manzana en apenas un mes y medio-, frito. Su versión de Joker postproduciéndose, a las espaldas un par de películas más o menos menores después de la obra maestra de Ang Lee –a la que una inflada ‘Crash’ arrebató la estatua dorada en uno de los casos más injustos de temor distribuidor del cine reciente-.

Y leo con estupor un comentario en elpais.com en el que alguien tacha al actor difunto de ‘fracasado’. Leo juicios de valor, idas y vueltas alrededor del hecho de que muy probablemente una sobredosis se lo llevara al otro mundo, donde los actores son personas de verdad y las personas somos actores hasta el fin de los tiempos, y el Botox y el colágeno desaparecen, y así Nicole Kidman puede volver a sonreír otra vez. Y no puedo evitar otra vez esa sensación acuciante, esa idea ya vieja en mi cabeza de que gran parte de las personas que componen lo que llamamos sociedad se hallan faltos de experiencia –vital o leída, pero en libros de verdad-, de opinión empírica, circulando por ahí orgullosos de mentalidades vírgenes y asustadas, acaso ignorantes de su ignorancia, como niños pequeños el primer día de escuela. ¿Fracaso? No diría yo que un chaval nacido en las mesetas australianas que termina trabajando en Hollywood, no como camarero con derecho a roce –como el 98% de los aspirantes a actores-, sino como actor. Actor, el trabajo ése. Tan deseado y tan inaccesible. Es más accesible a golpe de cama, y no entro yo a valorar lo que no conozco acerca de los méritos del australiano, porque no es el objeto de mi post.

El objeto de mi post es esa obsesión de los demás –Ledger ya no podrá obesionarse nunca más- por comentar la jugada cuando la jugada es una sobredosis de algo: barbitúricos, cocaína, derivados del opio, lo que sea –que se considere insano-. Y sobre todo, la obsesión por juzgar. Juzgar es atreverse a opinar acerca de la bondad de un hecho o persona sin contar con el 100% de la información disponible sobre el asunto. Nunca se tiene toda y todos juzgamos, diréis; somos libres para hacerlo diréis. Y lo sóis. Faltaría más. Pero no os mosqueéis si a otros nos da la risa. Al fin y al cabo, contribuís al regocijo ajeno, a nuestra felicidad.

Dos escenarios posibles. Uno, que el tío estuviera metido en una depresión gorda y en medio de la noche oscura decidiera que no puede aguantar más. O que no quiere, que tanto da. Quien diga que esto es cobarde es, en mi opinión, alguien que nunca ha padecido una depresión o que nunca se ha acercado sinceramenta a alguien que la padece. Y sí, estoy juzgando. Escenario número dos: que se le fuera la mano con algún psicotrópico de los que no tienen receta –en occidente, en oriente basta con salir al campo y hacerte una infusión-. Mi respuesta es muy clara: ¿y qué? ¿Puedo yo juzgar las juergas de alguien, sus pasatiempos, sus adicciones, la forma en que emplea o afronta su vida? No me atrevo. Quien lo hace debe sentirse valiente, o haber leído más libros que yo. Yo, qué queréis que os diga. No me atrevo. Era su vida y eligió. Todos elegimos y dejamos de lado personas y apartamentos, hijos y madres, parejas despechadas y jefes incompetentes. Por no hablar de cuando los demás eligen por nosotros y nos dejan en la estacada incrédulos, desamparados. Todos mentimos, elegimos, introducimos en nuestro cuerpo sustancias que no nos vienen bien, mentimos, volvemos a elegir y seguimos viviendo. Quien juzga habla más de sí mismo que de quien es su objeto. ¿Quién soy yo para juzgar por qué ha  terminado ese chico joven lleno de sueños y de quién sabe qué más frío como el mármol? Peor para él, en todo caso. Y peor para mí, que ya no gozaré mas de esos ojos tan transparentes, tan opacos, en la claridad desafiante de una pantalla de cine.

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