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Salió finalmente Rajoy de su armario –el ideológico- y reconoció que si gana las elecciones, amén de darnos un disgusto, cambiará la denominación de ‘matrimonio’ a esa figura aprobada en una ley, aunque no los derechos, digámoslo todo. Y seguro que a muchos de vosotros esto os parecerá ecuánime. Sólo es un nombre, al fin y al cabo.

A ver cómo os lo explico. Los gurús de la semiótica hace generaciones que descubrieron la relación entre el pensamiento y el lenguaje, y que en el fondo no ocurren tan el segundo consecuencia del primero, sino que más bien se retroalimentan, llegando a veces a ser el primero consecuencia del segundo. Definimos la palabra ‘amor’ y luego la sentimos. Y en la medida en que añadimos matices a esa definición, y me refiero a signos, a palabras, a ideas puestas en orden –que es lo que llamamos lenguaje-, enriquecemos nuestra experiencia alrededor de ésta. Vamos, que ponemos una palabra a algo y luego lo vivimos.

¿Qué significa esto? Que si me molesta la denominación ‘ladrillo’ para aquel elemento mínimo que agrupado forma paredes y luego edificios, es porque, en realidad, no me gustan los ladrillos. Puede que prefiera los muros prefabricados o las láminas de Uralita, pero son los ladrillos en sí lo que no me convence. No es un asunto de lenguaje. O sí, que tanto da. Lenguaje y concepto ya son la misma cosa.

Ya me véis llegar: digo que a quien le molesta usar la palabra ‘matrimonio’ para la unión homosexual, lo que en realidad le molesta, y ni siquiera digo que tenga que ser una picazón consciente, es el hecho en sí. No lo dudéis. Igual que al gay al que el término ‘marica’ le molesta es porque algún resquicio de no aceptación le queda. Que no, que no me vengáis con movidas de que ‘es ofensivo’ o ‘lo que cuenta es la intención, y los que usan marica no la tienen buena’. Pensadlo bien.

¿Queréis pruebas? Lo he visto alrededor durante años. No conozco personalmente a nadie a quien realmente la orientación sexual homosexual de los demás se la solpe –no encuentro mejor manera para referirme a alguien que se halla realmente desprejuicidado- y le moleste lo más mínimo la palabra ‘matrimonio’ para designar el hecho referido. Por el contrario, todos los que conozco que de algún modo se sentirían incomodados por el término demuestran antes o después algún tipo de reserva hacia el hecho homosexual en sí. En mi entorno, ambas relaciones causa-efecto, ambos comportamientos, ocurren con simétrica disposición y con probabilidad de no ocurrir cercana a cero.

En fin. Los amantes de teorías cross-género vegetal –peras con manzanas y manzanas con peras- tal vez no hayan comprendido mi exposición. Bueno, yo tampoco entiendo las referencias estilísticas del peluquero de Botella y no por ello me rasgo las vestiduras –como diría House, ‘me gusta mi camiseta’-. Ahora que lo pienso, ¿qué hay de las propias del peluquero de su marido? ¿Véis? Siempre hay algo que no entendemos. Hay que seguir viviendo.

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