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Más de uno se ha sorprendido por el tono agrio que, por lo visto –porque servidor consiguió alegremente evitarlo-, adquirió el primer debate televisado entre Zapatero y Rajoy. ‘A cara de perro’, dice El País, y El Mundo hasta ofrece un PDF con la transcripción entera del evento, 26 páginas en letra pequeñica pequeñica –los diminutivos a lo Muchachada Nui han sido asimilados por mi cerebro y se aferran ahí, qué le vamos a hacer si un minuto de Joaquín Reyes es más inteligente que los 90 de ayer-.

¿Un debate en el Ifema, con Campo Vidal –que ya era un tipo extraño cuando yo era adolescente-, con 50 premisas pactadas, transmitido por todas las candenas menos Antena 3, que echaba una serie hiperrealista de adolescentes? Dios mío, no –cuenta con mi simpatía, esta serie, por cierto-. No más tomaduras de pelo. ¿De verdad no había nada mejor que hacer? Sí, lo había. Servidor debía terminar un freelance que cobrará con un micrófono Shure y que hubiera hecho gratis de todos modos. Hubiera sido capaz hasta de repetir en mitad del salón de mi casa –apartando las sillas del comedor- la mitad chunga de la tabla de Bodypump que me rompe las piernas cada viernes por la tarde. Cualquier cosa para evitar ser tomado por el pito de un sereno una vez más.

Yo ya sé a quién voy a votar. No quiero que me pase como cuando pillas los últimos vaqueros de tu talla y en rebajas, y empiezas a revisarlos como sin querer, como con susto, deseando no descubrir una tara indisimulable. Por un lado no quieres encontrarla, y por otro sabes que si insistes lo harás. Pues bien, yo tengo mis vaqueros en la mano y voy a ir a pagar ciegamente, sí. Porque el otro único par que aún se me oferta me está grande y es un modelo tan antiguo, casposo y descatalogado que ni siquiera me lo probaría. Es, como diría mi hermana Pilar, una maula.

Supongo que no intentaréis minusvalorar mis desvelos a la hora de votar. Supongo que no os atreveréis a juzgar mis motivos, mis mecanismos, mi output. Porque supongo que estamos de acuerdo en que una persona un voto, ¿no? Nadie aquí, de izquierdas, derechas o centros -nunca el centro es múltiple, salvo en política, una muestra más de la inperfección de su universo- se cree más que nadie, ¿no? Nadie cree que ciertas personas deberían tener ventajas, gozar de sobres extra, votar en una urna aparte donde los votos valen por dos, o por tres, o por diez, ¿No? Nadie aquí opina que, en definitiva, el voto de unos debería tener más valor, de algún modo, que el de otros, ¿no? O que hay personas con DNI español cuyo derecho a votar debiera ser, por alguna causa, retirado, ¿No?

Sé que no. Sé que, perteneciendo como pertenecéis a la especie humana, la más alta de las especies, la única que reserva dos de sus patas para manipular manzanas rojas en busca del suculento primer mordisco u ordenadores conectados a internet, comprendéis con inteligencia y humildad qué sóis y qué hacéis aquí.

No es que yo sea un desconfiando. Al contrario. Estoy seguro de que compartís conmigo el valor que los griegos otorgaron al concepto de democracia: eso que hace, en definitiva y en el fondo, que podáis compraros un coche de primera mano con sólo 500 euros en el banco –y muchos otros efectos del hoy llamado estado del bienestar, sustentado en el capital privado, el público, el ajuste entre ambos, la democracia y la libre competencia-. La democracia, y ninguna otra cosa, ha traído la riqueza, la seguridad, la salud y el progreso tecnológico a nuestras sociedades. Algunos efectos colaterales también. Otra cosa es lo que ocurre en el sur del planeta Tierra, pero de ello no hablamos hoy.

Una vez que estamos todos de acuerdo en que todos los argumentos son válidos, todos los votos lo son, todo el mundo tiene derecho a estar informado o desinformado –peor para este último, en todo caso- podemos ponernos a hablar de política. Lo cuál quiere decir que debemos mandar a tomar por culo las dos horas de desinformación, impostura y demagogia que seguramente tuvieron lugar ayer al este de Madrid en un oscuro plató improvisado. Para empezar.

No sé cómo de extraño es mi caso, doctor, pero me pasa lo siguiente: me gusta la política, en el sentido griego original del término; me adhiero a eso que llaman ideología, tal vez más por eliminación que por simpatía –bueno, y por simpatía, qué diablos-; y hasta entro al trapo de los dimes y diretes domésticos, donde casi nada es política y ya todo es políticos –ya sabéis que una cosa es los políticos y otra cosa es la política, podrían estudiarse hasta en carreras distintas-. La bajeza intelectual del discurso de los políticos, las refriegas de escaño, la manipulación de las agencias de noticias, la reverberación azarosa de esto último en los media… me lo leo todo y, si se presta, lo veo por la tele, aunque menos, por falta de tiempo.
 
Y, sin embargo, doctor, he decidido que voy a esquivar habilmente –como las gotas de lluvia en el chiste- la campaña electoral. Y no deseo consejo, doctor, ni que me anime a desistir, ni que me diagnostique trastornos bipolares -¿cómo puede alguien interesado en la política, y además en los políticos, desentenderse de la campaña electoral?-. Sólo quiero saber si lo conseguiré.
 
El doctor sospecha que en el fondo tengo miedo a que pierdan los míos –digo míos para decirlo rápido-. Puede que tenga razón, mi médico, pero yo creo que no es eso. Yo creo que paso de la campaña porque a la única persona de este mundo que le permito que me tome el pelo sin al menos sacarme una sonrisa a cambio es a mi madre. A ella se lo permito porque tiene un serio trastorno de personalidad aún no descrito en los anales psiquiátricos, es que mi madre es una adelantada a su tiempo, pero esto ya os lo contaré otro día.
 
Hay varias formas de evitar habilmente una campaña electoral como las gotas debajo de la lluvia del chiste. Una de ellas, difícil, lo sé, es no ver la tele. Esta es básica y durísima, pero efectiva. No lograréis filtrar a tiempo si decidís ver la tele, aunque sea sólo dos capítulos a la semana de ‘Anatomía de Grey’ y ese trocito mínimo soportable del Punset los domingos. Haceros con un DivX de cualquiera de las pelis nominadas a los Oscar –este año están las cinco genial- o algún documental premiado. Los documentales premiados, de cualquier cosa, siempre son chulísimos. En serio.

Otra es caparte en el navegador cualquier acceso –o tentación, que sóis unos pillines- a cualquier sitio web que contenga la palabra ‘libertad’ en el dominio. Este tipo de comportamientos, junto con los derbys deportivos, aseguran una tasa extra de infartados en las urgencias de los hospitales. Que sóis muy valientes, os pensáis que os podéis exponer a todo, como viajar a Finlandia y tirarte a la piscina helada después de la sauna –y con jetlag-. Y ya sabéis lo que pasa con las urgencias: los gestores de tu comunidad autónoma pueden conseguir que te arrepientas.

Y en el curro es muy fácil. Si alguien empieza a decirte, por ejemplo, que en debate Solbes vs. Pizarro el segundo es claramente ganador, tú simplemente espetas algo tipo:
- Oye, ¿vosotros os pajeáis con la mano vuestra o utilizáis la otra? Dicen que con la que no es dominante mola más, es como si fueras menos tú.
Ya véis. El truco no es cambiar de tema, es directamente pasar a hablar de sexo. Algunos se asustan y se retiran, pero la mayoría abraza el nuevo asunto sin miramientos.

Por cierto, que ayer me dieron un panfletillo –no tengo táctica aún para evitar los papeles que te meten a la altura del abdomen como una espada de harakiri sin perder la educación- del Partido por las Libertades Civiles, primer partido promovido por el colectivo LGBT. Tenía su punto, aunque algunas de sus propuestas ingresan de lleno en el género de la ciencia ficción. Qué manía nos ha dado a la izquierda toda la vida por atomizarnos. Con lo unidos que andan otros.

El cine al servicio de una estética –no hablo de la estética como lenguaje o puesta en escena, sino como contenido, como apuesta narrativa- es algo tan viejo como el cine mismo. De hecho, la mayoría de las malas películas lo son porque su fondo carece de ética y su forma, simplemente, es torpe o pretenciosa. Los Padrinos, para muchos las pelis más significativas de la historia del séptimo arte, son un ejemplo de cine al servicio de la estética. Y me refiero simplemente a que no hay ética: la película no está al servicio de una idea, de un concepto moral, no se persigue un mensaje, no hay nada más allá de la narración misma. Se despoja a la narrativa cinematográfica del propósito, y se logra así más cine, desde cierto punto de vista, que cuando hay propósito detrás. Unos se identifican con los gánsters, otros los repudian… lo mismo ocurre delante de un cuadro de Francis Bacon.

Cualquier intento de catalogar los Padrinos como alegorías antiviolencia, por ejemplo, está destinado al fracaso. No creo que Coppola se propusiera nada más allá de una narración precisa, poética, de hacer de la rocambolesca historia de una familia mafiosa un ejercicio estético y cinematográfico. Como si no fuera más que suficiente. Como si se pudiera sacar cine tan brillante de algún otro lado.

‘There will be blood’, titulada estúpidamente en español ‘Pozos de ambición’, pertenece a esa categoría de películas. Y brilla. Es una pelicula hermosísima, apabullante, profundamente estética en el fondo –aquí nos alineamos con un empresario petrolífero atormentado y sin prejuicios, y salimos del cine especulando con posibles resquicios de moral en su comportamiento porque no queremos reconocer lo bien que nos cae- y en la forma, y no necesitamos nada más. Paul Thomas Anderson es un cineasta auténtico, de esos que no lo pueden evitar. Lo demuestra en cada película, y esta última no es una excepción. Las escenas de muerte en los pozos son un prodigio de montaje, la escena de la refriega en el barro es uno de los momentos más violentos –ni una gota de sangre- del cine reciente, el travelling-secuencia del padre con el hijo herido en los brazos desde la torre petrolífera hasta la caseta es espectacular en lo formal, el final en la bolera es antológico. Pero es el todo lo que nos enamora, es la naturaleza profundamente extraña y hermosa de la totalidad de su metraje lo que convierte esta película en algo muy parecido a una obra maestra.

Todo por no mencionar a Daniel Day-Lewis en su enésima lección magistral de interpretación. La película se construye alrededor de él, y no pierde pie ni un solo segundo. Cosa que sí le ocurre al prometedor Paul Dano –el impagable hermano autista de la pequeña Miss Sunshine-: su primera arenga en la iglesia es de antología, pero su interpetación flaquea ante un pletórico Day-Lewis en la secuencia final.

132.000 personas que profesan la religión islámica han firmado un manifiesto para retirar de Wikipedia una imagen donde se aprecia la efigie del profeta Mahoma. Son 132.000 y son personas. Qué duda cabe. Según los postulados del Islam, la representación gráfica de los profetas no es algo permitido, pues arrastra a la idolatría de imágenes en lugar de a la reverencia de los profetas mismos.

No hay que ser un lince para darse cuenta de que las personas que profesan el islamismo tienen un serio problema con la representación. Que se lo pregunten a los daneses, que son de espíritu tranquilo –y aconfesional, por tanto- y aún tienen el susto metido en el cuerpo. Sin embargo, uno, que hace un par de años se tragó un tocho erudito –yo de lo erudito pillo la mitad, también hay que he decirlo, por eso abandoné este domingo un libro de Chomsky en la misma linea de cajas de la Fnac, a pesar de que teóricamente me apetecía- acerca de hasta qué punto la representación es inherente a la condición humana, se pregunta lo siguiente: ¿no es, por ejemplo, la peregrinación a la Meca una vez en la vida un sublime acto de representación? ¿No está lleno el islamismo, como cualquier otra religión, de manifestaciónes que no son otra cosa que actos de representación, representación de la divinidad objeto de culto, de los preceptos a seguir, de los castigos a afrontar? ¿No es cada parábola, cada versículo de cualquiera de sus libros digamos nodriza meros actos de representación? En fin, que las representaciones gráficas en formato bidimensional, tal vez por ser el extremo ‘descarao’ y más barato de la representación, la representación que hasta un niño tonto entiende, vaya, parece que cuentan con la candidatura favorita para arder en los fuegos del infierno –ahora mismo no coloco yo lo análogo al infierno en el Islam, pero lo habrá-.

Los de Wikipedia, que tienen unos huevos como kiwis, han dicho que no piensan tocar la imagen, pero yo creo que se ablandarán. La comunidad islámica, o una parte de ella, sabe hacerse entender. No me preguntéis si sus modos de persuasión son enteramente contemplados en el Corán, aún no me llego en esa página.

Yo, que no tengo otra religión que la dignidad humana –aún no tenemos iglesia, pero es que, como somos honestos, nos encontramos con serios problemas de financiación-, flipo de cuando en cuando con las cosas del espíritu. Un anciano que vive en el centro de Roma –en unos apartamentos cojonudos, podría decir, pero vosotros no me leéis por el chiste fácil- y que se parece un montón a mi abuela, la difunta Jandra, cuyas hilarantes experiencias encontráis en los primeros posts de este blog hace ya un par de años, habla y escribe con profusión acerca de términos como el espíritu, la carne, el pecado y el infierno. Y añade, encima, como en un esforzado intento de impresionarnos, que son cosas que no se explican en un par de días, y menos a un neófito en teología.

 Mira, yo entiendo que para meter en esta almendra deteriorada la movida de las once dimensiones de la física cuántica hace falta algo más que boli, papel y un buen sofá. Pero para creerme que el espíritu santo son tres en uno, como el desatascador universal, invítame a un whisky cola y la misma barra del bar me vale. Como se dijo Josefina a sí misma al ver a Napoleón cernirse sobre ella en la noche de bodas, ‘adelante, es un acto de fe’.

Hay mucha gente por ahí que viene a hablarme del bien y del mal, del perdón, de la piedad y la fe. Vienen con libros debajo del brazo, libros bien escritos, auténticos novelones, narrativas adelantadas a su tiempo, estructuras arriesgadas como ‘Memento’, historias increíbles como la peli aquella de la rubia pija que termina siendo una abogada del copón. ¿Pues no se abre el mar de cabo a rabo a golpe de bastón? ¿Y no se cierra cuando pasan los malos? Lo que ocurre es que hace ya unos cuantos años, yo, en la soledad de mi cama de ochenta, cerré la última página de una novela titulada ‘Earth’, de un tal David Brin, que me impresionó como nada en esta vida. Y decidí que aquella sería mi Biblia. Y en las mismas sigo.

[Esto estaba escribiendo el lunes, después de la gala de los Goya:]

Metido estoy en un blog de fachillas de medio pelo, sito en una de esas publicaciones digitales que, paradógicamente, llevan la palabra ‘libertad’ en medio, y ahí me ando, dando caña. Y es que ayer tuve una erección cuando Alberto San Juan se refirió a ‘esa cosa llamada Conferencia Episcopal’. La erección se me bajó cuando escuché al guionista de ‘El orfanato’ referirse nerviosamente y con esa prepotencia que dan los nervios a los primerizos –mi amiga Sara le ha llamado directamente ‘niñato’, lo mismo estoy de acuerdo con ella- a ‘Los otros’, buscando una comparación desdeñosa.

Lo que ocurre es que ‘Los otros’ es una película bastante mejor que ‘El orfanato’, porque, siendo ambas de género –y el género lo inventó Hitchcock, se llama ‘suspensión’, y es algo tan sencillo y genial como que el espectador sabe algo que el protagonista no sabe-, la primera lo contiene y lo trasciende…

[Esto sigo escribiendo hoy:]

Lo que iba yo a decir lo ha dicho mucho mejor mi amigo Yorch, así que punto y aparte. Me apetece mucho más hablar de política –mal hago, si quito la televisión en cuanto empiezan con los resúmenes de la campaña, aunque leo los periódicos digitales, que ahí el tono es más sosegado y la reflexión medio punto de diafragma más inteligente-. Pero claro, la política no es arte. La política, como dice uno de los personajes de ‘El segundo principio’, mi largo imposible de animación –ya está terminado, para alegría de mis fans-, es lo relativo al mundo que piensas que quieres. Así que el valor de los políticos, su éxito, es una relación de la medida en que manipulan el mundo que sus electores o detractores piensan que quieren. Nuestros políticos son torpes en esto. Todos, que yo sepa, excepto Gallardón. Por ello es auténticamente peligroso. Pero de esto os hablaré otro día. En serio, no hay peor cosa que un político con carisma –bueno, estarían los obispos con carisma, pero no hay miedo-. Los últimos fueron culpables de hambrunas, de transmisión vírica y pandemias, de comercio ilegal de pescado barato y armas en África, de guerras civiles o de muertes por aplastamiento en el metro. A los políticos, como diría mi último y definitivo referente cultural, Joaquín Reyes, no se les ocurre nada ni aunque sea medio regular.

[Intervalo en el que me pongo un monólogo de Joaquín Reyes para sonreírme un poco en este viernes cualquiera.]

Deducís que a mí lo que me gustaría hablar es de arte. Pero claro, el arte al que yo accedo es definitivamente popular. Que no significa malo, significa que no tiene barreras de entrada. Sabéis que el arte lo hacen los pobres, los ricos sólo lo difunden -popularizan-. Las barreras de entrada no son siquiera económicas, son de oportunidad: no somos capaces de conocer lo que de bueno ofrece el espíritu artístico local a no ser que participemos de él o nos pasemos el día leyendo fanzines, visitando locales, fumando marihuana o todo a la vez.

A mí me gustaría estar metido en esos ajos, os lo confieso, y no me importaría ser el típico artista medicore que renuncia y se conforma como espectador –tendría probabilidades más que serias, en realidad-. Pero me encuentro con dos handicaps bien definidos: el primero es que no soy tan esforzado. Seguro que hablar y pensar en arte todo el día me dejaría agotado, amén del aburrimiento que supondría. Y el segundo, determinante, es que necesito ganar dinero para comprar comida, vestirme y todo ese montón de cosas irritantemente domésticas –digo lo de irritante por hacerme el artista, que a mí lo doméstico me emboba-, y no he logrado, en mis 34 años de trayectoria, que alguien me pague por una vida disipada y contemplativa. Y mira que, como digo, me gustaría.

Lo que pasa es que tal vez me guste mi vida tal como es. Tal vez me guste trabajar en una oficina con cortinillas azules y vivir el tiempo libre como si fuera una Coca-Cola –‘Light’- que beberse en el desierto, y los domingos estar tan triste como feliz estuviste el viernes. Y disfrutar del arte popular con novata aproximación. No lo sé. No tengo ni idea. Lo único empírico aquí, ya lo habréis sospechado, es que me realizo en mis disquisiciones fáciles, y poco os importa a vosotros o a mí si todo esto es cierto o no.

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