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Bueno, hijos míos. Me llaman el ‘lavadoras’: no me quedan días, sino horas. La gran manzana está esperándome, no seré el primer aguilarense que la visita, como un gusanito incauto, ni siquiera el primer aguilarense calvo –seguro que Peridis ha estado muchas veces-. De hecho, la visito a la par que otro aguilarense ilustre: Sergio, alias Pichina.

Sara, la tercera en discordia, lleva diez kilos de celulosa en tickets electrónicos, reservas, mapas de Google y otros. No pasa un minuto sin que mi barra de estado palpite de emoción con un aviso de Messenger y el penúltimo site que Sarita encuentra. Podríamos decir que se está poniendo pesada, pero no lo diremos porque en los viajes no hay pesadez sino susto de menos. Mientras escribo estas líneas mi Messenger ha saltado con una página del clima en NY. Siete grados mañana, tendremos sol, lluvia, nubes, de todo.

Sarita se ha excitado tanto que se ha tirado en la cama un par de días, con anginas. Y al aeropuerto va a ir su madre a despedirla. Pero no os penséis que lo de Sarita no está justificado. El verano pasado se plantó en la T4 con su billete a Santiago de Chile entre los dientes –un mes entero en Chile, desde los desiertos del norte a la Patagonia-, dos horas de antelación. Y le informaron muy tranquilos en el mostrador de la compañía que estupendo, pero que su vuelo –salía a las 00.00, también es mala suerte- había partido la noche anterior. Que las cero cero de un día son, naturalmente, la medianoche del anterior.

En cuanto a Sergio, mis energías van sólo enfocadas en dos direcciones. La primera, que no se olvide el pasaporte. Puede olvidarse calzoncillos limpios, zapatos de invierno –verano o invierno, Sergio siempre va con zapatos de invierno-, lo que quiera, pero jamás el pasaporte. Ni siquiera la felatriz del año del porno húngaro podría convencer a un bigardo de la aduana sin pasaporte, mucho menos Sergio, que es más bien sosete en el sexo oral a maromos –que nosotros sepamos-. Y la segunda, en convencerle justamente de eso, de que bobadas las menos, con los tíos de la aduana. Sergio debe entender que ante la pregunta ‘¿planea usted asesinar a nuestro presidente?’ uno debe contestar ‘no’ sin vacilación y sin adornos. No bromas. No ‘buenoooooo’ mirando al cielo. No medias sonrisas. Una cosa es que Juanjo te esnuque en el suelo del Nebraska por cachondo y otra cosa es que te devuelvan a tu país en unas vacaciones por lo mismo. Lo primero puede no tener remedio, pero al menos no les haces la putada a tus compañeros.

Yo sé cómo va a ser Sergio en NY. Sergio aún tiene el pueblo metido en los huesos –no es que yo no lo tenga, es que lo puedo disimular-, y yo me le imagino en aquellas avenidas con las manos en los bolsillos mirando para arriba y encogiéndose de hombros.
- Pues tampoco es tan alto, esto.
O peor aún:
- Esto, si lo miramos con tiempo…
Se acordará de los amigos:
- Si estuviera aquí Armandín… menuda jaca.
Y perderá algún regalo para su sobrina.

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