Mi hermana, a la que sólo le quedan 15 días de soltería, ha invitado a un señor de Valencia en vez de a nuestro amigo Sergio –alias ‘pues-no-es-tan-grande’-. También ha tenido que preparar sobres improvisados porque se le había olvidado invitar a mi tío Urbano, y mi tío Urbano estaba un poco dolido. Todas estas cosas las hace mi hermana sin solución de continuidad, sin especial esfuerzo, siendo ella misma. Mi hermana, que de pequeña entró dando voces en el taller de mis padres, proclamas en contra de su profesora de ballet, algunas un poco malsonantes, ignorando completamente al hombrecillo de bigotes que en aquellos momentos estaba siendo atendido por mi madre, y que a la sazón era marido de dicha profesora de baile, lleva el atolondramiento en la sangre. Mi madre, lívida, con un corazón a prueba de bombas desde que yo, siendo niño, me cosí el labio con hilo azul en el modo de puntada doble de la máquina de coser, la disculpó como pudo aquel día, tartamudeando y sudando la gota gorda.
En ningún momento de este episodio yo dejé de comer mi bocadillo de mortadela con queso –que me sabía a gloria- desde detrás del mostrador. Que mi hermana metiera la pata era cotidiano, como las charlas que yo me llevaba por leer tebeos debajo de la mesa a la hora del almuerzo. No había por qué alarmarse. Y mi hermana, si ha dejado de meter la pata con tanta profusión, es simplemente porque se prodiga menos en sociedad.
Mi hermana ha cambiado mucho con el paso de los años. Cuando teníamos quince, la hermana Jacoba, delgada a más no poder y tan histérica como sólo las delgadas a más no poder pueden serlo, se llegó a mi pupitre en los Menesianos, se agachó y me dijo:
-Tu hermana está tarada, ¿verdad? Tú dímelo. ¿A que lo está?
A mí no me dio tiempo a responder –además tenía la cabeza en la novela de Agatha Christie que le estaba contando a la Almudena, mi compañera de detrás, nos leíamos cada uno una y luego nos las resumíamos en clase de geografía-. Mi hermana se levantó de su sitio y gritó:
-Sí, estoy fatal de la cabeza, estoy loca perdida, he ido al médico y me ha dicho que no tengo remedio –y soltaba una risa desquiciada.
La Jacoba volvía a correr entre los pupitres, mi hermana buscaba la salida y yo volvía a mi relato negro, tranquilo y seguro de que mi hermana estaba efectivamente como una cabra, y que además, como ella misma reconocía, no tenía remedio.
A mi hermana le prohibieron ir con la Beatriz, que era una chavala de Valladolid que había recorrido mucho mundo. Mi madre se lo había prohibido a su manera, corriéndola alrededor de la manzana con una cámara de bicicleta deshinchada en la mano, pero mi hermana nunca hizo caso. Se llevaba a la Beatriz a casa y la escondía detrás de la cortina hasta que mis padres se ponían a cenar. Aquello me parecía a mí lo más transgresor del mundo –yo era un bendito-, y mi hermana me fascinaba y me horrorizaba al mismo tiempo.
Mi hermana me enseñó a fumar. Me dijo que había que hacer ‘hip’ para dentro como si te dieran un susto. También me permitió salir con ella y sus amigas, y me abrió las puertas a la vibrante noche aguilarense de finales de los ochenta, vibrante y rutilante a los ojos del hijo de Juliete como una esquina de Broadway. Con ella aprendí que podías volver borracho a casa y no pasaba nada, porque mi madre se cabreaba tanto que no hacía más que pasearse de la sala a la cocina y de la cocina a la sala con las manos en la cabeza, profiriendo lamentos tipo ‘qué he hecho yo mal en esta vida’, y todos sabemos que el lamento es enemigo de la acción. Así que se lamentaba durante quince minutos y se volvía a la cama, y mi hermana permanecía indemne en el sofá de tres plazas, mirando fijamente al techo para no vomitar.
Mi hermana ha sido también el único miembro de la familia que sobrevivió a encabronar a mi padre. Concretamente sobrevivió por dos centímetros, que fueron lo que separaba la zapatilla de estar en casa de mi padre en un remate a balón parao a lo Roberto Carlos de su culo respingón. Yo creo que mi padre no la mató porque no podía creerse tamaño atrevimiento.
Mi hermana también inauguró la tradición –a la que yo felizmente me apunté como un seguidor ensimismado- de insultar a mi madre. No cuento esto con orgullo, tampoco apuntaré los insultos exactos. Si hay algo feo en esta vida es insultar a una madre, demasiado atrevimiento hago en siquiera esbozarlo. Lo siento, nunca sabréis más de estos episodios.
Y ahora se casa. ¿Os lo podéis creer? A mí aún me cuesta. Pero en fin, no pienso demasiado en ello. Tengo que encontrarme una corbata.

2 comments
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4 Abril 2008 a 11:22 am
peq
Je, je, mira tú, que al final haremos carrera de la niña.
Dale la enhorabuena, si es que ello no va en contra de alguna bárbara tradición aguilarense, como esa otra de arrojar desde el balcón del ayuntamiento al hermano de la novia, y por cada hueso roto tienes un año más de felicidad para la pareja.
4 Abril 2008 a 11:57 am
hijodejuliete
je je pero cómo eres! que sería de las incautas hermanas de esos pueblos oscuros si no es porque los hermanos las llaman al orden y lo mismo a sus futuros maridos!