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Para los que estábais siguiendo nuestras aventuras en la Gran Manzana -pequeña y vieja manzana, según Sergio-, ahí van el resto de las entregas:
Parte 5: Vemos Times Square, el Flatiron, subimos al Empire State, la biblioteca nacional, la ONU…
Parte 6: Desfile del día de San Patricio, Julio se pilla anginas y se pone romántico y visitamos el Moma.
Parte 7: Sara imita a Sergio (impagable), Julio se vuelve a poner romántico con la lluvia. Sara se pone mala (impagable tb la escena donde Sergio la despierta en la salita compartida y Sara le avisa de que muy probablemente se gane una hostia). Ferry de Staten Island (Sarita se tapa hasta con la manta de la cama) y Estatua de la libertad
Parte 8: Preciosas escenas bajo el puente de Brooklyn, emoción con Rent. Visitamos Queens y Central Park… y nos vamos a ver a Aretha!
Parte 9 (última): Vemos a Aretha y el viaje llega a su fin…
(Si no habéis visto las primeras partes, visitad mi página desde cualquiera de los vídeos y ahí se listan todos).
La auténtica realidad de la vida puede no gustaros, puede ser increíble, pero es la auténtica realidad de la vida. Y la auténtica realidad de la vida es que el sábado, día mundial de la boda de mi hermana, a las 18:51 según marcaba el pálido reloj digital de mi Corsa, nueve minutos antes del comienzo oficial de la misma, servidor conducía dicho vehículo por la M50 bajo la lluvia en las circunstancias que paso a describiros.
Servidor conducía jugándose la vida de cuatro personas con una caja de zapatos en las rodillas que tal vez hubieran impedido una maniobra necesaria. Servidor, por ende padrino, aún no se había duchado, mucho menos vestido. La novia, a mi lado, con el pelo hecho y el maquillaje puesto, pero en vaqueros, se ocultaba en el asiento del copiloto bajo unos cuantos kilos de ropa, que incluían su vestido enfundado, mi traje desenfundado pero en un su percha y las bolsas con los regalos para las chicas. Detrás –jamás perdáis de vista que hablamos de un Corsa del 2000-, mi hermana Titi, duchada pero sin vestir, portando también su traje, zapatos y diversos complementos, y a su lado Lauri, su hija y nuestra sobrina, en idéntica coyuntura que su madre. Teniendo en cuenta que llovía, que mi Corsa es de tres puertas y que desde un tiempo a esta parte sólo abate la puerta del copiloto, podéis imaginar la escena almodovariana para comenzar aquel viaje.
Nos debimos cruzar con Zoo que, en sentido contrario y ajeno a nuestro despropósito, conducía para ir a buscar a la novia a casa de su madre, en Pozuelo, sin saber que la novia se encontraba lejos de estar dispuesta. Llamé a Zoo, le pedí que diera media vuelta, que no preguntara y que se dirigiera a la casa de la novia, en Majadahonda.
La historia comenzó a las 5 de la tarde, como los toros, momento que yo había considerado prudente para empezar a prepararme, padrino como era. Pero tuve que ir a buscar a la novia y a su peinado. La imagen de mi hermana con su pelo recogido y ondulado bajo un paraguas en la tarde gris y lluviosa de Pozuelo, con una cara de mala hostia indisimulable, el ceño fruncido, permanecerá en los anales de mi recuerdo.
-Mira lo que me han hecho –me dijo, introduciendo el paraguas y salpicándolo todo-. Date prisa en llegar a casa que me lo voy a quitar.
Saqué el móvil y busqué el asilo de mi hermana Pilé, que dijo que se arreglaba, se metía en el coche y venía corriendo.
Dejé a mi hermana en casa de mis padres, le hice jurar que no tocaría una horquilla hasta que llegara mi hermana Pilar y quise salir corriendo a buscar a mi hermana Titi, que venía en el Cercanías con Lauri, con la sana intención de ayudar a mi hermana a vestirse, y de vestirse ellas también. Sin embargo, la novia añadió:
-Hostias, se me ha olvidado el vestido en Majadahonda.
-Hala, voy a por ello –me resigné-. ¿Te traigo algo más?
-No, sólo es el vestido.
Cómo puede una novia que se va a vestir en casa de su madre olvidarse el vestido de novia es algo que directamente mis entendederas no alcanzan a albergar, pero es mi hermana y es mi familia y, como os digo, esto es la auténtica realidad de la vida. A las 6:15 llegué a casa de la novia. El novio, estupefacto, junto a sus padres y sus hermanos, todos absolutamente arreglados y a punto de salir, me vieron correr por el pasillo hasta la habitación sin mediar palabra, y recuperar el vestido enfundado, extendido sobre la cama.
-¿Se le ha olvidado el vestido? –preguntó el novio, histeria en la voz.
-Sí. ¿Cómo no lo habías visto?
-¡Pensé que era sólo la funda!
En ese momento no lo pensé, pero después reparé en que el novio y toda su familia contemplaron en todo momento una funda con un rótulo de ‘Pronovias’ y, al parecer, la explicación de que sería sólo una funda les pareció satisfactoria. ¿Imaginaron a la novia con su vestido al hombro bajo la lluvia? Quién sabe. Como véis, en todas las familias ocurren cosas inexplicables.
En cualquier caso volví pitando, derrapando en la M50, con el vestido en mi poder. Cuando volví, mi hermana Pilar y mi madre habían convencido a la novia de que el peinado estaba bien, y ella se convenció también. La alegría duró poco tiempo: mi hermana Pilar recibió una llamada de su hijo menor, que no encontraba su traje.
-Mierda, está en el tinte.
Mi hermana Pilar gritó por teléfono y salió pitando al Zara a comprar un traje de emergencia. Eran las 6:40. Un coche menos. Yo estaba metiendo un pie en la ducha, Zoo no había llegado y nos las prometíamos medianamente felices, cuando mi hermana exclamó:
-¡El can-cán! ¡Me lo he dejado también!
Pensé que el muelle desencajado de la ducha era una herramienta tan buena como cualquier otra para cortarme las venas, pero mi hermana Titi pensó rápido. Sólo un coche, el viejo Corsa, y sólo una solución: irnos los cuatro a casa de mi hermana en Majadahonda y vestirnos allí. El resto es historia.
En casa de mi hermana, lo lamento pero la realidad no debe ser censurada, cuatro personas en ropa interior se pelearon por los espejos de los baños, por un poco de intimidad en una habitación vacía y por colocar un can-cán en su posición correcta. ¿Os pensáis que hubo sufrimiento en alguno de estos momentos? Os equivocáis. Hacía rato que nos partíamos la caja, de puro increíble. Zoo llegó y casi se cae de espaldas con la escena. Pero le dejamos todos los móviles, porque el novio se estaba poniendo pesado. Ya conduciendo con la caja de zapatos encima hube yo de mentirle y decirle que estaba todo bajo control.
Desde la ducha, 19:15, le oía yo al Zoo al teléfono, todo flemático. No te precupes, la novia está vestida, estamos haciendo un poco de tiempo, la novia tiene que llegar un poco tarde, ya sabes. ¿Qué están todos sentados ya? Bueno, no te preocupes, en cinco minutos estamos. Un 10 para el Zoo y sus mentiras impasibles. A las 19:30 servidor, con el culo mojado, y mi hermana Titi y sobrina se adelantaban en el maltrecho Corsa. No nos adelantábamos queriendo, es que el Zoo, que llevaba a la novia según lo previsto, conduce lento. La imagen de Zoo sosteniendo la cola de la novia y un paraguas a la vez bajo la lluvia en Majadahonda, ambos corriendo ante la atónita mirada de los moritos de la tienda de los chinos también se me quedará a fuego.
La llegada al Gaztelubide a las 19:45 en Las Rozas fue triunfal. El organizador me quiso empujar para dentro, pero mucho cuidado, le espeté, que soy el padrino. Mi hermana y yo nos cogimos del brazo, respiramos hondo para detener los latidos del corazón y aguardamos unos segundos en aquel oscuro pasillo. Un breve silencio y la canción de Ryan Adams que mi hermana había elegido para hacer su entrada comenzó a sonar, profunda y reverberada, más allá de aquellas puertas.
Y las puertas se abrieron. Y todo fue maravilloso.
La boda de mi hermana está a las puertas, y estoy que salto de alegría –tanto que tal vez tenga que tirar del clorazepato-, más ahora que, en una gestión suicida, me he enterado de que por convenio tengo el día de la boda oficial de mi hermana, que es el viernes, sin gastarme días de vacaciones.
Mi piel huele un poco rara porque ayer me pillé en el Carrefour una crema de autobronceado progresivo anti piel naranja y anti manchas y anti todo lo indeseable de los autobronceadores, pero me ha costado 12,99 y no sé si no será una mierda seca. Es para men y es progresivo –como los Jethro Tull-, pero me cuesta fiarme. Mi hermana –la novia- me ha dicho que me dé exfoliante, pero a mí eso no me gusta mucho, no me vaya a sacar los ojos, así que me he enjabonado más de lo corriente esta mañana en la ducha, me he secado y, en vez de salir pitando al curro, que es lo natural, me he dado dado despacico despacico el autobronceador, incluyendo orejas –esas grandes olvidadas de las cremas-, detrás de las orejas –ese sitio donde tanto me gusta besarle al Zoo- y el cuello. Decía en las instrucciones que no debe echarse en la raiz del pelo, pero la raiz del pelo no es algo que deba respetar yo, porque quién sabe dónde empieza la raiz de mi pelo y termina mi cabeza, calvorota como soy. Es como llamar bosque al matorral que hay justo después de las dunas, tímido y seco.
Así que esta mañana, una vez en el curro, visitaba periódicamente el espejo del baño, a ver cómo de progresivo era el asunto, rezando para que fuera suficientemente progresivo y no me convirtiera yo a la hora del café en mi hermano gemelo negro. Parece que ha sido progresivo, sigo blanco y sin manchas, tal vez el color un poco avivado, pero poco más. Bien, por el momento. Lo que sí queda es el olor, como si dejas un yogur abierto al sol. No es que huela mal, pero tampoco huele a rosas.
Por otro lado, el domingo tuvimos un poco de crisis con la logística de bodas. Sentar a la peña en los banquetes parece más difícil que un puzzle de tienda de chinos –donde todas las piezas encajan con todas y es una puta mierda-, pero eso no es lo mejor. Nos internamos en una leve disquisición de qué coches llevaban a quién, a quién se iba a buscar y cuándo –mi familia es numerosa, muchos viven fuera de España y tendemos a ir por la vida como si no existiera ese invento llamado Teletaxi-. De pronto, en el ardor de la especulación, mi hermana pregunta:
-¿Y a mí quién me lleva?
Y respondí yo, exasperado por tener que añadir otra variable a la ecuación:
-¿¡A dónde!?
Y mi hermana se me queda mirando y se hace el silencio. Pone ojos de cordero degollado y hace pucheros.
-Pues… a mi boda.
Nos miramos largos segundos, una lágrima imaginaria corrió por sus mejillas.
Y nos partimos la caja.
Las bodas son así, amigos míos. La gente está nerviosa y lo incuestionable se vuelve secundario, y lo secundario vital. Y nadie había pensado que la novia, efectivamente, no tiene alas, a pesar de parecer un ángel. Total, que decidimos que en el nuevo coche del Zoo –con lo que la súbita preocupación del Zoo se volvió dónde, cómo y cuándo lavar su coche-, pero claro, el Zoo, que necesita un GPS hasta para ir a comprar el pan, no es una opción segura. A una boda la novia llega tarde por protocolo, no porque su chófer se pierda en la red noroeste.
En cualquier caso, no os quiero confundir con esta aparente imprevisión. Esta boda va a ser un bodorrio, y la prueba misma es que aún no he encontrado corbata. Yendo a comprar corbata en días sucesivos me he comprado unos vaqueros, una nueva cartera, un disco de electro house, unas chanclas, un libro sobre el expresionismo y unos colines para matar el hambre. Pero no preocuparse, que yo corbata encuentro. Vamos, que si la encuentro.
¿Queréis ver al Sergio diciendo ‘esto es una vieja manzana’ o un primer plano de su tobillo? ¿Incluso sin camiseta frenta al paisaje neoyorquino de buena mañana, cual Toro Salvaje? ¿O a Sara susurrando ‘mierda, he facturado los condones’? ¿Qué paso con las maletas perdidas? ¿Quién es la doctora Shapiro? Aventuras y desventuras de una chica de Lucero y dos chicos de Aguilar de Campoo en Nueva York. Sin censuras.
Podéis ver la segunda parte aquí y la tercera aquí. Las siguientes se irán subiendo próximamente. Visita la cuenta de hijodejuete en youtube para ir viendo los próximos capítulos.

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