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La auténtica realidad de la vida puede no gustaros, puede ser increíble, pero es la auténtica realidad de la vida. Y la auténtica realidad de la vida es que el sábado, día mundial de la boda de mi hermana, a las 18:51 según marcaba el pálido reloj digital de mi Corsa, nueve minutos antes del comienzo oficial de la misma, servidor conducía dicho vehículo por la M50 bajo la lluvia en las circunstancias que paso a describiros.

Servidor conducía jugándose la vida de cuatro personas con una caja de zapatos en las rodillas que tal vez hubieran impedido una maniobra necesaria. Servidor, por ende padrino, aún no se había duchado, mucho menos vestido. La novia, a mi lado, con el pelo hecho y el maquillaje puesto, pero en vaqueros, se ocultaba en el asiento del copiloto bajo unos cuantos kilos de ropa, que incluían su vestido enfundado, mi traje desenfundado pero en un su percha y las bolsas con los regalos para las chicas. Detrás –jamás perdáis de vista que hablamos de un Corsa del 2000-, mi hermana Titi, duchada pero sin vestir, portando también su traje, zapatos y diversos complementos, y a su lado Lauri, su hija y nuestra sobrina, en idéntica coyuntura que su madre. Teniendo en cuenta que llovía, que mi Corsa es de tres puertas y que desde un tiempo a esta parte sólo abate la puerta del copiloto, podéis imaginar la escena almodovariana para comenzar aquel viaje.
 
Nos debimos cruzar con Zoo que, en sentido contrario y ajeno a nuestro despropósito, conducía para ir a buscar a la novia a casa de su madre, en Pozuelo, sin saber que la novia se encontraba lejos de estar dispuesta. Llamé a Zoo, le pedí que diera media vuelta, que no preguntara y que se dirigiera a la casa de la novia, en Majadahonda.

La historia comenzó a las 5 de la tarde, como los toros, momento que yo había considerado prudente para empezar a prepararme, padrino como era. Pero tuve que ir a buscar a la novia y a su peinado. La imagen de mi hermana con su pelo recogido y ondulado bajo un paraguas en la tarde gris y lluviosa de Pozuelo, con una cara de mala hostia indisimulable, el ceño fruncido, permanecerá en los anales de mi recuerdo.
-Mira lo que me han hecho –me dijo, introduciendo el paraguas y salpicándolo todo-. Date prisa en llegar a casa que me lo voy a quitar.
Saqué el móvil y busqué el asilo de mi hermana Pilé, que dijo que se arreglaba, se metía en el coche y venía corriendo.

Dejé a mi hermana en casa de mis padres, le hice jurar que no tocaría una horquilla hasta que llegara mi hermana Pilar y quise salir corriendo a buscar a mi hermana Titi, que venía en el Cercanías con Lauri, con la sana intención de ayudar a mi hermana a vestirse, y de vestirse ellas también. Sin embargo, la novia añadió:
-Hostias, se me ha olvidado el vestido en Majadahonda.
-Hala, voy a por ello –me resigné-. ¿Te traigo algo más?
-No, sólo es el vestido.

Cómo puede una novia que se va a vestir en casa de su madre olvidarse el vestido de novia es algo que directamente mis entendederas no alcanzan a albergar, pero es mi hermana y es mi familia y, como os digo, esto es la auténtica realidad de la vida. A las 6:15 llegué a casa de la novia. El novio, estupefacto, junto a sus padres y sus hermanos, todos absolutamente arreglados y a punto de salir, me vieron correr por el pasillo hasta la habitación sin mediar palabra, y recuperar el vestido enfundado, extendido sobre la cama.
-¿Se le ha olvidado el vestido? –preguntó el novio, histeria en la voz.
-Sí. ¿Cómo no lo habías visto?
-¡Pensé que era sólo la funda!
En ese momento no lo pensé, pero después reparé en que el novio y toda su familia contemplaron en todo momento una funda con un rótulo de ‘Pronovias’ y, al parecer, la explicación de que sería sólo una funda les pareció satisfactoria. ¿Imaginaron a la novia con su vestido al hombro bajo la lluvia? Quién sabe. Como véis, en todas las familias ocurren cosas inexplicables.

En cualquier caso volví pitando, derrapando en la M50, con el vestido en mi poder. Cuando volví, mi hermana Pilar y mi madre habían convencido a la novia de que el peinado estaba bien, y ella se convenció también. La alegría duró poco tiempo: mi hermana Pilar recibió una llamada de su hijo menor, que no encontraba su traje.
-Mierda, está en el tinte.
Mi hermana Pilar gritó por teléfono y salió pitando al Zara a comprar un traje de emergencia. Eran las 6:40. Un coche menos. Yo estaba metiendo un pie en la ducha, Zoo no había llegado y nos las prometíamos medianamente felices, cuando mi hermana exclamó:
-¡El can-cán! ¡Me lo he dejado también!
Pensé que el muelle desencajado de la ducha era una herramienta tan buena como cualquier otra para cortarme las venas, pero mi hermana Titi pensó rápido. Sólo un coche, el viejo Corsa, y sólo una solución: irnos los cuatro a casa de mi hermana en Majadahonda y vestirnos allí. El resto es historia.

En casa de mi hermana, lo lamento pero la realidad no debe ser censurada, cuatro personas en ropa interior se pelearon por los espejos de los baños, por un poco de intimidad en una habitación vacía y por colocar un can-cán en su posición correcta. ¿Os pensáis que hubo sufrimiento en alguno de estos momentos? Os equivocáis. Hacía rato que nos partíamos la caja, de puro increíble. Zoo llegó y casi se cae de espaldas con la escena. Pero le dejamos todos los móviles, porque el novio se estaba poniendo pesado. Ya conduciendo con la caja de zapatos encima hube yo de mentirle y decirle que estaba todo bajo control.

Desde la ducha, 19:15, le oía yo al Zoo al teléfono, todo flemático. No te precupes, la novia está vestida, estamos haciendo un poco de tiempo, la novia tiene que llegar un poco tarde, ya sabes. ¿Qué están todos sentados ya? Bueno, no te preocupes, en cinco minutos estamos. Un 10 para el Zoo y sus mentiras impasibles. A las 19:30 servidor, con el culo mojado, y mi hermana Titi y sobrina se adelantaban en el maltrecho Corsa. No nos adelantábamos queriendo, es que el Zoo, que llevaba a la novia según lo previsto, conduce lento. La imagen de Zoo sosteniendo la cola de la novia y un paraguas a la vez bajo la lluvia en Majadahonda, ambos corriendo ante la atónita mirada de los moritos de la tienda de los chinos también se me quedará a fuego.

La llegada al Gaztelubide a las 19:45 en Las Rozas fue triunfal. El organizador me quiso empujar para dentro, pero mucho cuidado, le espeté, que soy el padrino. Mi hermana y yo nos cogimos del brazo, respiramos hondo para detener los latidos del corazón y aguardamos unos segundos en aquel oscuro pasillo. Un breve silencio y la canción de Ryan Adams que mi hermana había elegido para hacer su entrada comenzó a sonar, profunda y reverberada, más allá de aquellas puertas.

Y las puertas se abrieron. Y todo fue maravilloso.

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