La vida cambia, no os hagáis ilusiones. La última vez que escribí aquí aún había suelo de loseta en mi apartamento –o agujero- majariego, aún lo repudiaba con todas mis fuerzas –ahora lo repudio menos-, aún no tenía canas en los pelos del extremo de mi bigote y mi madre aún era razonablemente feliz. Ahora que mi madre ha renunciado a la felicidad y yo estoy a punto de renunciar a la piscina comunitaria, ahora que sobre mis espaldas hay un verano más, una isla más –Malta, amarilla y plácida- y una esperanza menos de medrar en esta santa compañía multinacional, ahora que Ikea y Venta Única son mi santuario –amén de Viarce, con su, como ellos lo llaman, ‘política de precios’-, ahora es cuando yo no pienso en el futuro –que es lo que debería hacer-, sino en Vietnam.

Es que me estoy leyendo un libro sobre la guerra de Vietnam y tengo la cabeza loca con el Vietcong y el Viet Minh, y las mentiras de Johnson a los americanos, y de cómo el concepto de la ‘huída hacia delante’ puede materializarse tanto y justo en medio del horror. Así que el otro día, en el pantano de mi pueblo, esa localidad ahora a camino entre el verano desangelado y el otoño ventoso, tomé prestada yo la canoa hinchable de Javi Malo, o Javi el de Valladolid, como pone en mi móvil, compañía veraniega perenne y de lo más agradable –cuando la Bea asoma la nariz en la Cascajera, cuando los de Valladolid atornillan la vaca en el coche, es que el verano comienza en Aguilar-, y remé paralelo a la orilla, evitando el norte que soplaba como alma que lleva el diablo. Y remando, remando, llegué al codo que hace la playa al final, y que se estira en una lengua de rocas y chopos hasta un extremo donde hace poco situaron un burdo embarcadero de hormigón. Pues allí, en la esquina, a salvo del viento helado, el agua sube hasta la mitad de un puñado de álamos, y yo navegé entre ellos y oyes, me sentía como en los manglares de los deltas survietnamintas, un Flanhagan cualquiera, a punto de ser asaltado por los Vietcongs. Que sepáis que tal momento fue una de las cumbres de mi verano.

Tengo algo yo de quijotesco, y no es que mole, es una manera fina de decir que no estoy en lo que celebro, que se me pira la pinza. Porque estando en cualquier lugar podía yo rememorar las vibrantes páginas de mi libro y empaparme de aquel conflicto, sentirme en medio de la jungla húmeda, descalzo, los pies siempre mojados, la mirada siempre alerta buscando un tono distinto de verde, odiando a los dirigentes, compadeciendo a los campesinos, flipando con el poder del pensamiento paranoide, con la fuerza de la progresión geométrica en cuanto a causas / consecuencias se refiere –un puñetazo en la mesa en el despacho oval de la Casa Blanca podía significar, al final de la cadena, en dos regimientos absurdamente masacrados, y multiplica por diez el número de muertos vietnamitas, todo para nada, todo en pos de un inútil status quo, todo, como siempre, por culpa del miedo. Es lo que pasa cuando quienes ven gigantes en vez de molinos no son pobres diablos, como Quijote o como yo, sino jefes de estado.

La pregunta lógica es: ¿por qué necesito yo leer libros de caballerías, digo de guerras del siglo XX? No lo sé. Sí que sé que hubo un momento en mi vida, cuando era un adolescente con más pedradas en la cabeza que canicas en el bolsillo del campeón del colegio a las canicas, en que pensé que sí, que estar al tanto de individuos cuyas vidas se desarrollan bajo circunstancias definitiva y objetivamente desfavorables, le ayudaba a uno a no quejarse tanto. Desde entonces, las películas de miedo ya no me daban miedo, las novelas me dejaban de interesar y las guerras, las hambrunas y los éxodos dejaron de ser ese aguijonazo abstracto –pero incómodo- en la tele y pasaron a ser algo real –todo lo real que puede ser lo que uno nunca ha padecido en sus carnes-. No veáis si he aprendido desde entonces. Y no veáis si he dejado de quejarme.

En fin, y saco la vista de mi libro y la pongo en la tele, y me entero de que los fantasmas de la guerra fría se asoman a un ridículo punto del mapa de menos de apenas cien quilómetros de ancho. Y resulta que el pensamiento paranoide unido a los daños irreparables en toda una generación que creció en los últimos años del comunismo ruso, ello pasado por el tamiz de la corrupción política y de la prevadicación, da como resultado el nerviosismo internacional. Encima, con los americanos enfrente, especialistas en ponerse nerviosos, así que te entra la misma risa floja que te entraría al ver a un tío con bufanda atlética entrado a tomarse un chismorro a una peña madridista.

A ver si termino mi libro del Vietnam. La sensación de deja vu es un poco incómoda.