Yo, que soy muy común, tenía empezado un post muy sesudo sobre el asunto de Georgia, incluyendo un prefacio histórico de mucha erudicción, pero ya os digo, en el fondo me importan más las cosas de los sentimientos y las vidas humanas –me ha quedado claro que los humanos somos animales, anyway, luego os cuento-, así que voy a hablar de los abandonos.

Y es que la gente abandona, que es una cosa muy fuerte. No digo que pongan los cuernos –a personas, ciudades y trabajos-, sino que abandonan. Como comprenderéis, me parece mucho peor el abandono que los cuernos, lo uno es sólo un pasatiempo, una forma de negar el legado en constructos sociales y ser uno, signifique eso lo que signifique, traiga las consecuencias que traiga, pero lo otro es romper, despojar a los demas de algo que tenían, y aunque lícito, e incluso recomendable, es muy gordo.

Todo esto viene porque Alvarito, lejos de ponernos los cuernos, que no sería grave, nos abandona. Nos deja por otra ciudad. Se vuelve a su Donosti del alma. Si Donosti tiene algo que no tenga Madrid, es algo en lo que no voy a entrar. Creo que Donosti puede gustarme mucho más de lo que me gustó la última vez que estuve. Demasiado pijerío por ahí –que gusta en las capitales españolas arreglarse hasta para comprar el pan, quién sabe si la vecina del quinto me adelantará en la cola-, demasiado moderno Loreak Mendian, demasiado provincianismo disfrazado de última tendencia… qué queréis que os diga, será moderno, pero es que el metro de NYC es postmoderno, y el centro de Copenhague no encuentra definición. Pero sé que aún puedo encontrarle el lado romántico a la parte antigua de Donosti y encanto kistch al parque de atracciones del Monte Igueldo –bueno, esto último ya se lo encontré… y sí, es postmoderno-.

El caso es que Alvarito deja su trabajo en Madrid y regresa, con todo lo que significa regresar. Por fin una mediana le ató en corto y el tío hace lo que quería hacer, que era volver. Qué suerte, que la tierra de uno no le quede a uno pequeña. Que todo es subjetivo, que no hay tierras pequeñas ni grandes, es uno el que se siente demasiado grande para una tierra o demasiado pequeño. Alvarito se debe sentir en el tamaño justo y Donosti no le asfixia. Es su casa. Vuelve a la Concha, a los pintxos del domingo por la mañana, a su sociedad gastronómica, a hacer bacalao en salsa, a disfrutar de la vida tal como se vive ahí. Hay que reconocer algo: hasta donde yo conozco costumbres y tradiciones vascas, proponen algo envidiable: lazos comunitarios. Da igual cómo quede el bacalao –no tanto- lo importante es la conversación.

Madrid nunca será así. En Madrid hay más arte y más vida, más peligro y más calle, pero, como cualquier ciudad realmente cosmopolita –hay pocas en el globo-, hace de la soledad su bandera. Lo cuál es más malo que bueno, pero algún precio hay que pagar. Las urbes son el mascarón de proa de esto que damos en llamar humanidad. Sea cual sea el destino de nuestra especie, las urbes serán las primeras en conocerlo.

Y a Alvarito esto no le convence. Ha sido muy feliz aquí, puso de moda las bermudas naranjas, rompió varios corazones, aprendió algo de yoga –y a salir por Chueca sin manos-, se quedó un poco más cartón –desde el respeto y el conocimiento-, aplastó un poco más la báscula y, sobre todo, nos dio a conocer a algunos catetos el mundo mediano de los nombres imposibles de aquella parte de la península. En fin, aún nos quedan Richi y Alaine –hija de Áragon, de la comarca de Rivendell… vale, ya véis por dónde voy-, los dos con ganas de volver también, pero aún los retenemos.

Deseamos a Alvarito todo lo mejor. Las noches por Lavapiés no serán lo mismo, ya nadie pedirá de beber ‘como pa una boda’, pero siempre nos quedará la visita a alguna ciudad europea, y allí cerraremos el club de turno a mojitos y blancos rusos.