Ayer nos pregunta un jovencito insconsciente, de esos que le piden fuego a Gallardón, orgullo de los so-called liberales, por qué estábamos mi amigo David y yo en que las izquierdas molan más que las derechas. Y cómo le explicas a alguien en el transcurso de un menú del día qué descarte te llevó a la coyuntura actual, a saber: las izquierdas molan poco, pero las derechas no molan en absoluto. Menos aún encuentro argumentos con mi visión –digamoslo- artística de la vida, un poco disparatada y todo menos ecuánime.

Empecé con algo básico y, aunque real como la vida misma, quizá tendencioso, y eso eso de que los avances sociales –entendiendo como avance social el traslado del status quo hacia un nuevo lugar donde el cómputo general de insatisfacción de los componentes de una sociedad es menor-, siempre y en todo lugar, los impulsan los movimientos de izquierda. Hasta donde yo sé, hay pocas excepciones a esta regla. Y menos excepciones encuentro aún en su consecuencia más directa: que a continuación, todos los componentes mencionados, incluidos los que no apostaron por dicho traslado, incluso más bien se opusieron, se benefician sin reparos del nuevo beneficio.

La cuestión es que me fatigué y no proseguí la argumentación. La juventud que pide fuego a Gallardón para demostrar su hastío político –yo tampoco le pediría a Gallardón mucho más que fuego, pero lo mío no es hastío- está bien para hacer el amor, pero para poco más. ¿Quién desearía acompañarles en su viaje hacia la sabiduría, ese viaje que nunca se acaba, que apenas se emprende? Eso sí que fatigaría.

Entendiendo que la compresión humana es más estrecha que el Manzanares, que la única posición razonable es la humilde espera mientras avanzamos a pasos de ciego, retrocedemos ante el abismo y volvemos a avanzar. La ciencia, vamos. Con la ciencia es más sangrante que con las izquierdas: creemos en dioses, en castigos divinos, pero todos vamos al dentista. Llamamos Dios a lo que no podemos entender como si pudiéramos contentar al destino, como si pudiéramos matizar los próximos azotes de eso que llamamos realidad, de la cuál conocemos sólo una pizca. Llamar Dios a lo que no entendemos es como agachar la cabeza cuando el profe pide voluntarios: no evita el desastre, si está por llegar.

A lo que voy es a que, como todo es muy complicado, como queda mucho por aprender acerca de dicho consenso al que llamamos realidad, yo me he posicionado políticamente temprano y así puedo dedicar mis energías a abrazar lo nuevo. Mi aspiración es ver con mis propios ojos un trocito más de caverna platónica. Y sólo son mis enemigos quienes tratan de apagar las velas a duras penas encendidas. ¿Os parece inapropiada mi postura? Pensadlo bien.

En cuanto a los políticos, habréis adivinado que no ingresarían en mi escala de elemenos relevantes sobre la faz de la Tierra… si se hubieran quedado en el patio del colegio. Pero no lo hicieron. Tal vez no les quisieron en el laboratorio de química. Tal vez no les quisieron… a secas. Y ahí empezaron nuestros problemas.