Este viernes volvía yo de marcha –madrugada del sábado, siete de la mañana, a mis 35 años y sin ningún asomo de rubor-, regresaba sano y salvo y atravesaba las tortuosas calles de único sentido del centro de Majadahonda, a punto de llegar a mi nueva residencia, auténtico palacete de finales del siglo XX, 50 metros cuadrados. Total, que enfilo la última callejuela, sintiendo ya mi cabeza rodar por la almohada, cuando enfrento un último obstáculo: un furgón de Correos descargando su obsoleto elemento, pilas de sobres con muchas facturas, folletos publicitarios y muy pocas cartas de amor. Como no te pega pitar y acelerar el noble oficio de cartero, me puse a dar marcha atrás, obediente, vigilando los retrovisores, la calle vacía detrás de mí.

Eso creía yo. Juro por mis muertos que no lo vi. Un camión de frutas, oculto en la perpendicular más próxima, había bajado su portón y se disponía a descargar su menos noble mercancía, pero no les dio tiempo; empotré lenta e inexorablemente mi luneta térmica y mi faro derecho –los Corsas del 2000 ofrecen esa particularidad demodé, los faros arriba, tan absurdo como hubiera sido poner los ojos al lado de la boca, para que te sacaras uno llevándote una cucharada de garbanzos a dicha cavidad- en su invisible portón desplegado en la horizontal. No me pegué más susto que los asombrados operarios de la fruta; obviamente a su camión no le había pasado nada, pues su portón era recio y se había hincado en mi pobre automóvil como un cuchillo en la mantequilla. Crucé unas palabras absurdas -a su camión no le podía pasar nada, joder- y salí pitando.

Así que la cama era un punto que se alejaba en el horizonte, como el talento para Robert Smith –Muchachada dixit-, porque subí a casa a por cinta ‘islante’ y un poco de plástico y disfracé mi coche del coche de los gitanos, y así lo dejé abandonado a su suerte, y yo me fui a casa suspirando y llamé al seguro y di un parte y esperé despierto hasta las 8 que abrían los talleres de lunas de guardias, e hice mi pedido de luna términa de Corsa del 2000 y fui emplazado para la tarde del sábado.

Así que dormí unas horitas –cuatro, como ‘Lo que el viento se llevó- y me levanté y fui a buscar a mis padres, a quienes había prometido llevar a conocer mi nidito de amor sin amor, y cumplí con lo prometido, aún con mis plásticos provisionales ondeando al viento y el sonido de los camiones de la M50 zumbando ensordecedor en el habitáculo, para asombro de mis congéneres conductores. Les puse de comer ensalada y filetes en mi nueva mesa de comedor redonda y negra como la luna nueva, y les enseñé mi piso, que se ve simplemente con abrir los ojos y mirar alrededor. A mi madre le gustó. Mi padre no sabe no contesta.

Y como soy tan listo, al anochecer, cansado como estaba -tres horas de espera en un taller a mis espaldas, aunque el tema de la luna por fin resuelto-, pero reticente a dejar pasar un sábado volar así como que nada, me fui al cine y me metí en una de miedo, ‘Los extraños’, olvidándome de dos factores fundamentales. El primero: que las películas de miedo ingresan en dicha categoría precísamente por eso, porque dan miedo. Segundo: que cuando estás cansado, el miedo deja de ser divertido y se convierte en pánico auténtico, en terror. Así que creí que me infartaba. Empecé a pasarlo mal en el minuto seis del filme, hacia el minuto veinte valoré seriamente el salirme y en el treinta pensé que yo hacía caja en la fila 4 –porque encima soy tan gilipollas de plantarme en la fila 4- de la sala 6 de un cine de centro comercial del extrarradio, qué final tan poco presentable para un artista de mi categoría. Pero yo nunca me he salido de una película, así que usé mi fular –estoy muy a la moda- para taparme simultáneamente los ojos y las orejas, y aún así el corazón se me salía del pecho. Terminó la película y salí de aquel cine y de aquel sábado aterrorizado, mareado, entumecido, con ‘tortículis’ y un poco triste por tanto accidente y tanta soledad.

Espero que al menos vosotros os hayáis partido un poco la caja. Porque a mí, mi sábado pasado no me hizo ni puta gracia.