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Para todos vosotros y en exclusiva, el nuevo single y video de Ramos

 

Ay hijos míos, tanto cambio curril que no tengo tiempo para ná, ná más que para estreses. Ya os contaré tanto cambio y, sobre todo, os hablaré de la mejor ciudad del mundo mundial together with New York, ahí les ando, o sea Berlín. Berlín forever, Alexander Platz forever, Berlin Wall never more.

Para ir abriendo boca, mis fotos. No digáis que no son chulas.

[Esto estaba escribiendo el lunes, después de la gala de los Goya:]

Metido estoy en un blog de fachillas de medio pelo, sito en una de esas publicaciones digitales que, paradógicamente, llevan la palabra ‘libertad’ en medio, y ahí me ando, dando caña. Y es que ayer tuve una erección cuando Alberto San Juan se refirió a ‘esa cosa llamada Conferencia Episcopal’. La erección se me bajó cuando escuché al guionista de ‘El orfanato’ referirse nerviosamente y con esa prepotencia que dan los nervios a los primerizos –mi amiga Sara le ha llamado directamente ‘niñato’, lo mismo estoy de acuerdo con ella- a ‘Los otros’, buscando una comparación desdeñosa.

Lo que ocurre es que ‘Los otros’ es una película bastante mejor que ‘El orfanato’, porque, siendo ambas de género –y el género lo inventó Hitchcock, se llama ‘suspensión’, y es algo tan sencillo y genial como que el espectador sabe algo que el protagonista no sabe-, la primera lo contiene y lo trasciende…

[Esto sigo escribiendo hoy:]

Lo que iba yo a decir lo ha dicho mucho mejor mi amigo Yorch, así que punto y aparte. Me apetece mucho más hablar de política –mal hago, si quito la televisión en cuanto empiezan con los resúmenes de la campaña, aunque leo los periódicos digitales, que ahí el tono es más sosegado y la reflexión medio punto de diafragma más inteligente-. Pero claro, la política no es arte. La política, como dice uno de los personajes de ‘El segundo principio’, mi largo imposible de animación –ya está terminado, para alegría de mis fans-, es lo relativo al mundo que piensas que quieres. Así que el valor de los políticos, su éxito, es una relación de la medida en que manipulan el mundo que sus electores o detractores piensan que quieren. Nuestros políticos son torpes en esto. Todos, que yo sepa, excepto Gallardón. Por ello es auténticamente peligroso. Pero de esto os hablaré otro día. En serio, no hay peor cosa que un político con carisma –bueno, estarían los obispos con carisma, pero no hay miedo-. Los últimos fueron culpables de hambrunas, de transmisión vírica y pandemias, de comercio ilegal de pescado barato y armas en África, de guerras civiles o de muertes por aplastamiento en el metro. A los políticos, como diría mi último y definitivo referente cultural, Joaquín Reyes, no se les ocurre nada ni aunque sea medio regular.

[Intervalo en el que me pongo un monólogo de Joaquín Reyes para sonreírme un poco en este viernes cualquiera.]

Deducís que a mí lo que me gustaría hablar es de arte. Pero claro, el arte al que yo accedo es definitivamente popular. Que no significa malo, significa que no tiene barreras de entrada. Sabéis que el arte lo hacen los pobres, los ricos sólo lo difunden -popularizan-. Las barreras de entrada no son siquiera económicas, son de oportunidad: no somos capaces de conocer lo que de bueno ofrece el espíritu artístico local a no ser que participemos de él o nos pasemos el día leyendo fanzines, visitando locales, fumando marihuana o todo a la vez.

A mí me gustaría estar metido en esos ajos, os lo confieso, y no me importaría ser el típico artista medicore que renuncia y se conforma como espectador –tendría probabilidades más que serias, en realidad-. Pero me encuentro con dos handicaps bien definidos: el primero es que no soy tan esforzado. Seguro que hablar y pensar en arte todo el día me dejaría agotado, amén del aburrimiento que supondría. Y el segundo, determinante, es que necesito ganar dinero para comprar comida, vestirme y todo ese montón de cosas irritantemente domésticas –digo lo de irritante por hacerme el artista, que a mí lo doméstico me emboba-, y no he logrado, en mis 34 años de trayectoria, que alguien me pague por una vida disipada y contemplativa. Y mira que, como digo, me gustaría.

Lo que pasa es que tal vez me guste mi vida tal como es. Tal vez me guste trabajar en una oficina con cortinillas azules y vivir el tiempo libre como si fuera una Coca-Cola –‘Light’- que beberse en el desierto, y los domingos estar tan triste como feliz estuviste el viernes. Y disfrutar del arte popular con novata aproximación. No lo sé. No tengo ni idea. Lo único empírico aquí, ya lo habréis sospechado, es que me realizo en mis disquisiciones fáciles, y poco os importa a vosotros o a mí si todo esto es cierto o no.

Cuando Edvard Munch expuso ‘El Grito’ en 1893 dentro de una serie que llamó ‘El amor’ y cuyo último cuadro, fatal desenlace, era éste, algunos críticos aconsejaron a las mujeres embarazadas que se abstuvieran de visitar la muestra. Por si acaso. Hoy sabemos que es más fácil perder un hijo, ya puestos, viendo ‘The ring’ (versión americana) en un cine con THX Surround, subiéndose a la montaña rusa de un parque temático o asistiendo a una comparecencia de Acebes, pero en aquella época el entretenimiento no ofrecía demasiado emociones fuertes.

Pero el entretenimiento nunca es arte –sí a la viceversa-, y pronto se revelo aquel cartón como el paradigma de la sociedad post-industrial, burguesa, cosmopolita, auténtico invento del siglo XX. Bueno, el invento del siglo XX fueron las guerras globales, el horror, la sima más profunda alcanzada por el hombre, Hitler y Stalin –ecos endebles de aquellos encontramos hoy día en nuestros ‘pequeños enfermos’, los Bush, los dirigentes islámicos de nombre impronunciable, los dinosaurios comunistas que aún perduran en el este asiático, los presidentes de repúblicas bananeras, por qué no te callas-, pero eso es otra historia. Así que Munch tomó un cartón que ya debía estar amarillo entonces, sus óleos y un par de ceras granates y pintó su primera –y mejor- versión de ‘El Grito’. Y encerró ahí el dolor de la vida en las ciudades, nueva para un hombre que había salido de las cuevas y de los monumentos funerarios hacía demasiado poco, que ahora vivía en bloques hacinados y guardaba colas, que hacía de la contención y el orden su leiv-motiv, cuando aún su espina dorsal no se había librado de los impulsos animales, del sexto sentido de sentirte observado, del ardor en el pecho cuando te asomas a un barranco.

Para el hombre, la sociedad como tal ha llegado demasiado pronto, y los hombres que se escuchan a sí mismos, que aún conservan vías directas de comunicación con su ‘yo’ freudiano, encuentran la angustia como única reacción honesta. Munch lo escribió así en su diario: ‘Paseaba por un sendero con dos amigos, el sol se puso, de repente el cielo se tiñó de rojo sangre, me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio, sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad, mis amigos continuaron y yo me quedé quieto, temblando de ansiedad, sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza’.

Los médicos lo llaman trastorno bipolar –la hermana favorita de Munch fue internada en un psiquiátrico por la misma causa-. Para nosotros, que tenemos un chorrito seco de flujo entre nuestra consciencia y nuestra ‘persona’, su reflujo visionario en el que el estilo, el soporte e incluso el momento no son más que límites impuestos, es arte. Para Munch, verdadero artista, sólo fue una extensión de sí mismo, una parte de sí dolorosa que proyectar, una expresión decidida de angustia.

Cuando yo doblé la esquina en la Galería Nacional de Oslo supongo que sabía lo que me iba a encontrar. Ya sabía que en el Museo Munch se conservan las otras dos versiones –cuatro hizo el pintor en total, incluyendo una litografía para que su obra pudiera reproducirse en periódicos-, pero aquel estaba cerrado en la tarde oscura de Oslo. Empecé por las pinturas de la izquierda, aquella de la niña enferma que pintó a los 20 años y que inmediatamente probaba que su estilo posterior era una elección y no una carencia, pero miraba ‘El grito’ de reojo. Dejé de imponerme una visita ordenada y me planté delante, la sala casi vacía, el cuadro para mí. Busqué el centro y la ausencia de reflejos y la pintura me inundó. Recordé mi ansiedad adolescente, cuando todo era tan grande e inalcanzable, cuando todo era nuevo y amenazador. Aquel cuadro me hablaba a mí personalmente, su efecto no era menor aún sabiendo que al rato siguiente lo haría a otro turista noruego, infatigable.

Hoy, ‘El grito’ está en los Simpson, en la careta del asesino de ‘Scream’ y hasta como un icono de navegador de 16 x 16 píxeles en cierta página del pintor. Está en tazas y en lapiceros flexibles, en reproducciones para enmarcar que nadie quiere poner en el salón de su casa porque a nadie le gusta recordar la negrura hueca de la condición humana. Sin embargo, todos, hasta los más descreídos, los amantes del color y la luz, nos hemos acercado alguna vez con nerviosa reverencia a ese rostro muerto y se nos ha encogido el corazón.

dinamarca241.jpg

Sí, no es hora de leer, es hora de mirar.

Aquí tenéis más fotos de Dinamarca.

Mi amiga Marleen, que es de los Países Bajos y tiene un novio sevillano, de los de madre y hermanas de mantilla, con dos cojones –Marleen por atreverse a tanto, no ellas-, puso el otro día cara de poker cuando salió el otro día Lorca en la conversación. Y salió porque ella, inocente de sí, quiere aprender más acerca de España, de nuestra historia, del por qué de nuestra avidez de modernización, de nuestra velocidad de vértigo en logros sociales y aún las iglesias llenas, de lo nuevo y lo viejo y de cómo milagrosamente conviven, de la guerra civil, de las dos españas… de la dicotomía equilibrista, en fin, sobre la que nos sostenemos. Y yo dije, simplemente:
-Lorca.
Y ella debió pensar en la ballena asesina, y preguntó:
-¿Quién?
Y dije yo ‘Lorca’, y le expliqué quién era. Así que el jueves ella aparcó a su novio sevillano sin más explicación, a la holandesa, y se vino conmigo al teatro a ver ‘La casa de Bernarda Alba’, obra que yo ya vi y que leí y releí, y me pone los vellos como escarpias cada vez, silencio, nos hundiremos todas en un mar de luto. Y Marleen entendió, al menos parte. Encontró respuestas a algunas de sus preguntas, porque sólo la sabiduría, y la sabiduría está en la poesía de los poetas verdaderos, puede ofrecerse condensada de esta manera.

Y se apagaron las luces y apareció un muro blanco y una ventana pequeña, y una mujer, la Poncia, dando lustre a unos suelos, negro sobre blanco, que es lo que siempre ha sido y será España, menos en la acera del otro lado de Gran Vía, donde a veces hay un poco de color. Y empezamos Marleen y yo a escuchar las palabras áridas, las más hermosas en lengua española, Pepe el Romano es mío, él me lleva a los juncos de la orilla. Y se estremeció a mi lado, boquiabierta, empapándose de España. Quería España y tuvo España, pero no la que ella empieza a amar, sino la de los huesos sobre los que ahora se construye ésta. La España de las puertas cerradas.

En la España de hoy todavía queda algo Lorquiano, y no precisamente lo inocente y lo colorista, lo hermoso y bronceado del Romancero Gitano. Queda algo de lo Bernarda Alba, de lo Yerma. Queda la hipocresía oscura del ‘yo hago lo que quiero pero luego predico contención y tapo la vida con mantas y sábanas de ritos, de formas, de discursos huecos. La realidad brillante y libre de la mayoría de los españoles, y sí, positiva, es un hecho, y luego muchos de nosotros –ellos, pero bueno- lo ocultamos y votamos propuestas extrañísimas. No puedo evitar ver hipócrita a cada español que se suscribe a las ventajas de, por ejemplo, la ley del divorcio y vota al PP. ¿Me he pasado? No lo sé, tal vez sólo pudiera aplicarlo a los congresistas peperos que lo han hecho y luego mantenido el pilotito rojo en la votación de alguna norma relativa. Lo siento, siento mi purismo infantil. Y éste es un ejemplo de tantos. Nuestros políticos –todos- son mediocres, pero no gasto mi tiempo, no de momento, en entender la degradación de aquella profesión. Asumo que las promociones valiosas en las universiadades sean las de ingenieros, físicos e incluso los chicos de ciencias de la información, rama publicidad. ¿Cuántos de nuestros políticos saben inglés? Ningún cabeza de lista, desde luego. ¿Cuántos estudiaron ciencias políticas? Ninguno del PP, desde luego. Así que miro alrededor, a mis congéneres votantes, y como a mi alrededor nunca hay grandes inversores, me pregunto cosas. Me pregunto si leemos todos los mismos libros –en realidad, me pregunto simplemente si leemos-, si vemos la misma televisión –en realidad, me pregunto simplemente si algunos no ven demasiada- y no encuentro respuestas lo suficientemente discretas como para aparecer aquí. Así que me las callo.

Total, que me evado y repito en mi cabeza versos de Lorca, de su Bernarda Alba, música en los oídos de cualquiera con oídos:

‘Cuando mi vecina tenía un niño yo le llevaba chocolate y luego ella me lo traía a mí, y así siempre, siempre, siempre. Tú tendrás el pelo blanco, pero no vendrán las vecinas. Yo tengo que marcharme, pero tengo miedo de que los perros me muerdan. ¿Me acompañarás tú a salir del campo? Yo quiero campo. Yo quiero casas, pero casas abiertas, y las vecinas acostadas en sus camas con sus niños chiquitos, y los hombres fuera, sentados en sus sillas. Pepe el Romano es un gigante. Todas lo queréis. Pero él os va a devorar, porque vosotras sois granos de trigo. No granos de trigo, no. ¡Ranas sin lengua!’

Leedlo una y otra vez, una y otra vez… yo quiero casas, pero casas abiertas…

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