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Ayer, mientras yo me colocaba viendo libros en la Fnac –cuando llevas media docena de estanterías de arriba abajo leyendo títulos con la cabeza girada os advierto que es muy parecido al efecto del primer whisky cola, por citar un depresor legal-, recibí un SMS de mi amiga Nuri, breve pero revelador: ‘acabo de conocer a tu suegra’.

Devolví la cabeza a su posición natural, me mareé, recuperé los datos en mi cerebro –soy disléxico para los parentescos y, como mi sobrino, para los frutos secos- y se me paró el corazón. Posé el vinilo de la reedición de ‘War’ –U2, 1983- y marqué el número de Nuri:
-¿Cómoooooooooooor? –grité.
Pues sí, el Zoo, con el que estoy, para variar, peleado, pasó por mi pueblo, como todo el mundo pasa cuando baja de Santander, y decidió mostrar sus highlights, como dice el periodista del momento, el rubito insulso ése de gafas que ha presentado los Juegos Olímpicos, que te tiras todo el rato debatiéndote entre ‘me cae mal’ y ‘pues no, me cae bien’, y sin querer te tragas todo el resumen.

El incauto de mi novio se pensaba que podía aventurarse en la Cascajera y no darse de morros con algún amigo o conocido de este menda, porque yo habré abandonado las tierras verdes del final de la meseta por el polvo del desierto –y cito a Ana Botella- de la capital, pero algunos amigos conservo. Y allí estaban Nuri, oriunda en alma de Villarén, Casti, oriundo a secas de Villarcayo –aunque ambos viven ahora sospechosamente cerca-, Lourdes, oriunda de Ermua, ay amá, Greg, oriundo de Dublín y hermanado para siempre con España, hígado de amianto donde los haya, y Jose Manuel y Sara, residentes en Vitoria, y que han bautizado a su hijo Jon, sin hache –es que ese niño, que debe ser una hermosura, tiene un nombre muy local, y en el extranjero, cuando sea mayor, van a pensar que lo suyo es una errata-. Así que mi novio oyó su nombre a voz en grito –Nuri, antes quedarse afónica que dejar pasar a un conocido, eso es muy de Aguilar, y se está perdiendo-, se le heló el corazón y volvió sobre sus pasos para formar uno de esos famosos corrillos que se forman en Aguilar en verano, y que te obligan a madrugar si tienes que comprar algo al otro lado de la plaza y no quieres que te cierren al mediodía.

Así que presentó a su madre, a su suegra y a su… a su cuñado –os juro que lo de los parentescos me cuesta-, y a éstos a mis amigos, y ahí charlaron un rato. Qué majos los otros, me dijeron los unos, qué majos los unos, me dijeron los otros. Y es que es verdad, unos y otros molan. La palma se la llevaron Nuria y Lourdes en el equipo local. Mi suegra, al parecer, quedó impresionada. Y es que mis amigas, a las que veo de pascuas a ramos, son lo más de lo más. Qué bueno es que le quieran y le entiendan a uno, que le conozcan a uno tanto, espero al revés ofrecer lo mismo, aunque tal vez no sea el amigo típico que a una suegra le ofrece garantías.

Total que comenté la jugada debidamente, me olvidé del vinilo de ‘War’ y me metí en el cine para ver ‘Aliento’, la última coreana del tío de ‘Primavera verano otoño invierno primavera’, que fue un tostón, pero quería yo ayer sensaciones fuertes, aunque fueran junco va junco viene, y las tuve, porque ‘Aliento’ está genial –y por cierto, me dio una idea para la librería de mi casa, así que tengo que ir a devolver unos bultos al Ikea, de 200 kg cada uno, hay que ver lo que pesa el vidrio templado, virgen santa-. Besos para todos.

En la sala de espera de una oscura consulta particular en Central Park, a pocos metros del Dakota de Lennon y de ‘La semilla del diablo’, servidor fue abordado por una enfermera hispana sedienta de justicia, y me comienza a hablar de caso del ex gobernador de NYC, de cómo es posible que un hombre tan ‘recto’ -usó esa palabra-, formado en exquisitas instituciones –en USA todo es acerca del prestigio y del ‘achievement’- hubiera sido pillado entre prostitutas. Torcía el gesto buscando mi aprobación, yo también hispanohablante, aunque aquejado de anginas. Mi seguro de viaje se hacía cargo, y poco después me gastaba 90 dólares en un antibiótico que en la vieja Europa me hubiera costado 2 euros. No quise ni saber cuánto pagaría mi seguro por la consulta.
 
Así que irse de prostitutas es muy relevante en Estados Unidos, pero no lo es que unas anginas le cuesten a un americano promedio unos doscientos o trescientos dólares.
 
No dejé de visitar el Village, la calle Christopher, el mítico Stonewall, hoy reconvertido de nuevo en bar de copas, ‘Stonewall Inn’, un lánguido local de ambiente femenino más que masculino, buena música y poca gente divirtiéndose. En el barrio me llamó la atención la profusión de locales de ropa hardcore, latex, fustas, disfraces diversos. Siempre me parecerá lo suyo que la gente se entregue a sus placeres favoritos, pero cuando este tipo de establecimientos abundan más que cualquier otro no puedo evitar pensar que me encuentro ante una sociedad donde el hecho gay aún se vive de una forma más marginal que en aquellas donde en su lugar abundan, por ejemplo, tiendas para gay fashion victims al uso.
 
No, el Village es pintoresco y su valor histórico para el movimiento LGTB no puede ponerse en duda, pero hoy día se percibe como cualquier otra facción de los ‘civil rights’ en norteamérica: a caballo entre la reivindicación, el oscurantismo y la renovada represión. Dicho de otro modo: cualquier persona sensata encuentra nuestro particular ‘triángulo below Hortaleza street’ –Chueca- como un lugar abierto donde el concepto ‘gay friendly’ se extiende en cualquiera de sus acepciones con mayor éxito que en el Greenwich Village neoyorquino.
 
Estados Unidos nos fascina y nos repulsa a partes iguales. Nos encanta leer a Chomsky poniendo a parir lo norteamericano, pero luego perdemos el culo en la tienda de Apple de la quinta avenida –si os faltaban madrileños esta Semana Santa en la capital no busquéis más: estaban todos allí, haciendo cola para adquirir un iPhone, penúltimo objeto de ‘achievement’ para el urbanita contemporáneo-. Los españolitos homosexuales más avezados emigraban con orgullo al New York de los años ochenta a conocer bares de ambiente decentes, tal vez se codearon con Keith Haring o emborronaron sin querer sus pinturas a tiza en el metro. Pero el New York de hoy, aún manteniéndose a duras penas como cabeza de lanza en lo social, no logra elevarse del halo hipócrita, reprimido y demasiado consumista de la nación en que se ubica. Así que me quedo con Chueca. Aunque también tenga lo suyo.

Hablando de peras y manzanas, echadle un ojo a mis fotos del Gay Pride 2007. ¡Más de cerca imposible!

Salió finalmente Rajoy de su armario –el ideológico- y reconoció que si gana las elecciones, amén de darnos un disgusto, cambiará la denominación de ‘matrimonio’ a esa figura aprobada en una ley, aunque no los derechos, digámoslo todo. Y seguro que a muchos de vosotros esto os parecerá ecuánime. Sólo es un nombre, al fin y al cabo.

A ver cómo os lo explico. Los gurús de la semiótica hace generaciones que descubrieron la relación entre el pensamiento y el lenguaje, y que en el fondo no ocurren tan el segundo consecuencia del primero, sino que más bien se retroalimentan, llegando a veces a ser el primero consecuencia del segundo. Definimos la palabra ‘amor’ y luego la sentimos. Y en la medida en que añadimos matices a esa definición, y me refiero a signos, a palabras, a ideas puestas en orden –que es lo que llamamos lenguaje-, enriquecemos nuestra experiencia alrededor de ésta. Vamos, que ponemos una palabra a algo y luego lo vivimos.

¿Qué significa esto? Que si me molesta la denominación ‘ladrillo’ para aquel elemento mínimo que agrupado forma paredes y luego edificios, es porque, en realidad, no me gustan los ladrillos. Puede que prefiera los muros prefabricados o las láminas de Uralita, pero son los ladrillos en sí lo que no me convence. No es un asunto de lenguaje. O sí, que tanto da. Lenguaje y concepto ya son la misma cosa.

Ya me véis llegar: digo que a quien le molesta usar la palabra ‘matrimonio’ para la unión homosexual, lo que en realidad le molesta, y ni siquiera digo que tenga que ser una picazón consciente, es el hecho en sí. No lo dudéis. Igual que al gay al que el término ‘marica’ le molesta es porque algún resquicio de no aceptación le queda. Que no, que no me vengáis con movidas de que ‘es ofensivo’ o ‘lo que cuenta es la intención, y los que usan marica no la tienen buena’. Pensadlo bien.

¿Queréis pruebas? Lo he visto alrededor durante años. No conozco personalmente a nadie a quien realmente la orientación sexual homosexual de los demás se la solpe –no encuentro mejor manera para referirme a alguien que se halla realmente desprejuicidado- y le moleste lo más mínimo la palabra ‘matrimonio’ para designar el hecho referido. Por el contrario, todos los que conozco que de algún modo se sentirían incomodados por el término demuestran antes o después algún tipo de reserva hacia el hecho homosexual en sí. En mi entorno, ambas relaciones causa-efecto, ambos comportamientos, ocurren con simétrica disposición y con probabilidad de no ocurrir cercana a cero.

En fin. Los amantes de teorías cross-género vegetal –peras con manzanas y manzanas con peras- tal vez no hayan comprendido mi exposición. Bueno, yo tampoco entiendo las referencias estilísticas del peluquero de Botella y no por ello me rasgo las vestiduras –como diría House, ‘me gusta mi camiseta’-. Ahora que lo pienso, ¿qué hay de las propias del peluquero de su marido? ¿Véis? Siempre hay algo que no entendemos. Hay que seguir viviendo.

La escena de la tienda de campaña en ‘Brokeback Mountain’, después de más de media hora de tanta tensión sexual no resuelta, me puso ‘to pinocho’. Esto es así. Digamos que, para tienda de campaña, la mía.

Y ahí descubría yo, o al menos adquiría consciencia, a aquel tal Heath Ledger. Era una interpretación sentida, honesta, a ratos Clint Eastwood en la contención, a ratos Marlon Brando -¿me he atrevido a decir esto?- en sus miradas de soslayo, tristes, orgullosas o esquivas, increíble acento paleto -sólo en VO-. Y de pronto aparece ahí, en un pisazo de Manhattan –escalofríos de placer recorren mi espalda al recordar que yo visitaré la Gran Manzana en apenas un mes y medio-, frito. Su versión de Joker postproduciéndose, a las espaldas un par de películas más o menos menores después de la obra maestra de Ang Lee –a la que una inflada ‘Crash’ arrebató la estatua dorada en uno de los casos más injustos de temor distribuidor del cine reciente-.

Y leo con estupor un comentario en elpais.com en el que alguien tacha al actor difunto de ‘fracasado’. Leo juicios de valor, idas y vueltas alrededor del hecho de que muy probablemente una sobredosis se lo llevara al otro mundo, donde los actores son personas de verdad y las personas somos actores hasta el fin de los tiempos, y el Botox y el colágeno desaparecen, y así Nicole Kidman puede volver a sonreír otra vez. Y no puedo evitar otra vez esa sensación acuciante, esa idea ya vieja en mi cabeza de que gran parte de las personas que componen lo que llamamos sociedad se hallan faltos de experiencia –vital o leída, pero en libros de verdad-, de opinión empírica, circulando por ahí orgullosos de mentalidades vírgenes y asustadas, acaso ignorantes de su ignorancia, como niños pequeños el primer día de escuela. ¿Fracaso? No diría yo que un chaval nacido en las mesetas australianas que termina trabajando en Hollywood, no como camarero con derecho a roce –como el 98% de los aspirantes a actores-, sino como actor. Actor, el trabajo ése. Tan deseado y tan inaccesible. Es más accesible a golpe de cama, y no entro yo a valorar lo que no conozco acerca de los méritos del australiano, porque no es el objeto de mi post.

El objeto de mi post es esa obsesión de los demás –Ledger ya no podrá obesionarse nunca más- por comentar la jugada cuando la jugada es una sobredosis de algo: barbitúricos, cocaína, derivados del opio, lo que sea –que se considere insano-. Y sobre todo, la obsesión por juzgar. Juzgar es atreverse a opinar acerca de la bondad de un hecho o persona sin contar con el 100% de la información disponible sobre el asunto. Nunca se tiene toda y todos juzgamos, diréis; somos libres para hacerlo diréis. Y lo sóis. Faltaría más. Pero no os mosqueéis si a otros nos da la risa. Al fin y al cabo, contribuís al regocijo ajeno, a nuestra felicidad.

Dos escenarios posibles. Uno, que el tío estuviera metido en una depresión gorda y en medio de la noche oscura decidiera que no puede aguantar más. O que no quiere, que tanto da. Quien diga que esto es cobarde es, en mi opinión, alguien que nunca ha padecido una depresión o que nunca se ha acercado sinceramenta a alguien que la padece. Y sí, estoy juzgando. Escenario número dos: que se le fuera la mano con algún psicotrópico de los que no tienen receta –en occidente, en oriente basta con salir al campo y hacerte una infusión-. Mi respuesta es muy clara: ¿y qué? ¿Puedo yo juzgar las juergas de alguien, sus pasatiempos, sus adicciones, la forma en que emplea o afronta su vida? No me atrevo. Quien lo hace debe sentirse valiente, o haber leído más libros que yo. Yo, qué queréis que os diga. No me atrevo. Era su vida y eligió. Todos elegimos y dejamos de lado personas y apartamentos, hijos y madres, parejas despechadas y jefes incompetentes. Por no hablar de cuando los demás eligen por nosotros y nos dejan en la estacada incrédulos, desamparados. Todos mentimos, elegimos, introducimos en nuestro cuerpo sustancias que no nos vienen bien, mentimos, volvemos a elegir y seguimos viviendo. Quien juzga habla más de sí mismo que de quien es su objeto. ¿Quién soy yo para juzgar por qué ha  terminado ese chico joven lleno de sueños y de quién sabe qué más frío como el mármol? Peor para él, en todo caso. Y peor para mí, que ya no gozaré mas de esos ojos tan transparentes, tan opacos, en la claridad desafiante de una pantalla de cine.

Leyendo el blog de un buen amigo recuerdo que estas navidades atravesé, como quien atraviesa un río ancho, quieto y putrefacto, la penúltima manifestación de la familia. Inusitada mezcla de mítin político y misa dominical –sólo les faltó repartir las hostias, por ahora me refiero al concepto original-, me tapé la nariz y junto a mi anonadada familia –mi hermana mayor, sus hijos, los novios en pecado de éstos, mi cuñado- me zambullí en aquella estampa del XIX a la altura de Recoletos, de camino al Museo Arqueológico. Fue rápido, pero intenso.

Era difícil explicar a la novia alemana de mi sobrino, o al novio inglés de mi sobrina, que aquella increíble congregación de personas cabreadas con mochilas blaquiamarillas –‘vatican flag’- ocurría a apenas dos manzanas de Chueca, corazón de uno de los espacios más vivos, tolerantes y verdaderamente cosmopolitas de la vieja Europa, barrio homosexual en principio, orgullo de cualquier madrileño inteligente en el fondo. En el museo, entre capitel y retablo, escuchabas las reflexiones escandalizadas de la gente normal:
-¿Pero has visto eso?
-¿Y la hilera de autobuses en Santa Engracia?
-¿Y ese niño en camiseta helado de frío?

Atravesaba los cúmulos de jubilados enfadados y escuché las palabras amplificadas del orador del momento –¿quizá algún obispo?, me perdonaréis por no reconocerlo-, en tono de homilía:
-Jesucristo nació de un hombre y una mujer. Y ahí está, queridos amigos, el origen de la familia.
Nada que oponer a las premisas básicas de la procreación. Espero no ser el primer homosexual del mundo en admitirlas.
-Ahora nos quieren hacer creer que un hombre y otro hombre pueden formar una familia.
Y ahí comenzaban mis discrepancias. Porque recordaba yo la cena de la noche anterior en casa de mi hermana, donde mi novio fue admitido con la normalidad con que se admite en mi casa a cualquier pareja, y jugamos todos al Singstar, mis padres –nacidos en los años 20– en un lado disfrutando de la algarabía, mis sobrinos cantando con mi novio, o yo con sus parejas angloparlantes, mis hermanas haciendo las coreografías detrás del sofá, mis cuñados cabezeando de sueño –también esto es un clásico navideño, ¿no?-, y pensé que la mía era una familia en toda regla. Pensé que si, de algún modo, yo tenía hijos en el futuro, éstos encontrarían una familia sana y feliz. De hecho, pensé un poco preocupado, conociendo a mis hermanas, que hasta les sobraría familia.

Mi concepto de familia, me lo tendrán que respetar los obispos y los usufructuarios de mentes endebles, es claro e irreprochable: una familia es un grupo de personas –entre 2 y 99, como en los Juegos Reunidos Geyper- unidas por lazos afectivos y en el que las personas más débiles encuentran el cobijo, la ayuda y el impulso de las más fuertes. Dos conceptos añadidos, por tanto, al primitivo concepto de ‘grupo’: que haya amor más o menos multidireccional entre las personas que lo integran –espero que nadie tenga nada en contra del concepto de ‘amor’, el leiv-motiv más aparente y cacareado de la Biblia- y que haya personas cuyas carencias –afectivas o materiales- puedan suplirse con los exedentes de otras. Por mi parte, tenemos una familia. Es genial cuando las personas que se quieren tienen lazos sanguíneos, o cuando las personas que necesitan ayuda son los hijos biológicos de los otros miembros. Es perfecto –o puede serlo, que mirándote las tasas de divorcios, o peor aún, de malos tratos, el adjetivo ‘perfecto’ casi lo dejas para el plano-secuencia del ejército en ‘Expiación’-, pero nada más.

Así que, iglesia y usufructuarios de mentes endebles: inflad vuestros autobuses, atizad vuestras parroquias, arrastrad a vuestros hijos a la pulmonía o a la insolación, pero no podréis evitar que mi idea de familia se multiplique por el mundo civilizado. Ocurría antes de vosotros y ocurrirá después. Exhalamos felicidad y buen rollo como los árboles exhalan oxígeno, y no sé cuál de ambas exhalaciones es más provechosa para desterrar la oscuridad de este mundo –la segunda, venga, va-. Alguno de vuestros hijos seguirá nuestros pasos, y lo único que me duele es el sufrimiento que a aquel le queda por delante.

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