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Este viernes volvía yo de marcha –madrugada del sábado, siete de la mañana, a mis 35 años y sin ningún asomo de rubor-, regresaba sano y salvo y atravesaba las tortuosas calles de único sentido del centro de Majadahonda, a punto de llegar a mi nueva residencia, auténtico palacete de finales del siglo XX, 50 metros cuadrados. Total, que enfilo la última callejuela, sintiendo ya mi cabeza rodar por la almohada, cuando enfrento un último obstáculo: un furgón de Correos descargando su obsoleto elemento, pilas de sobres con muchas facturas, folletos publicitarios y muy pocas cartas de amor. Como no te pega pitar y acelerar el noble oficio de cartero, me puse a dar marcha atrás, obediente, vigilando los retrovisores, la calle vacía detrás de mí.

Eso creía yo. Juro por mis muertos que no lo vi. Un camión de frutas, oculto en la perpendicular más próxima, había bajado su portón y se disponía a descargar su menos noble mercancía, pero no les dio tiempo; empotré lenta e inexorablemente mi luneta térmica y mi faro derecho –los Corsas del 2000 ofrecen esa particularidad demodé, los faros arriba, tan absurdo como hubiera sido poner los ojos al lado de la boca, para que te sacaras uno llevándote una cucharada de garbanzos a dicha cavidad- en su invisible portón desplegado en la horizontal. No me pegué más susto que los asombrados operarios de la fruta; obviamente a su camión no le había pasado nada, pues su portón era recio y se había hincado en mi pobre automóvil como un cuchillo en la mantequilla. Crucé unas palabras absurdas -a su camión no le podía pasar nada, joder- y salí pitando.

Así que la cama era un punto que se alejaba en el horizonte, como el talento para Robert Smith –Muchachada dixit-, porque subí a casa a por cinta ‘islante’ y un poco de plástico y disfracé mi coche del coche de los gitanos, y así lo dejé abandonado a su suerte, y yo me fui a casa suspirando y llamé al seguro y di un parte y esperé despierto hasta las 8 que abrían los talleres de lunas de guardias, e hice mi pedido de luna términa de Corsa del 2000 y fui emplazado para la tarde del sábado.

Así que dormí unas horitas –cuatro, como ‘Lo que el viento se llevó- y me levanté y fui a buscar a mis padres, a quienes había prometido llevar a conocer mi nidito de amor sin amor, y cumplí con lo prometido, aún con mis plásticos provisionales ondeando al viento y el sonido de los camiones de la M50 zumbando ensordecedor en el habitáculo, para asombro de mis congéneres conductores. Les puse de comer ensalada y filetes en mi nueva mesa de comedor redonda y negra como la luna nueva, y les enseñé mi piso, que se ve simplemente con abrir los ojos y mirar alrededor. A mi madre le gustó. Mi padre no sabe no contesta.

Y como soy tan listo, al anochecer, cansado como estaba -tres horas de espera en un taller a mis espaldas, aunque el tema de la luna por fin resuelto-, pero reticente a dejar pasar un sábado volar así como que nada, me fui al cine y me metí en una de miedo, ‘Los extraños’, olvidándome de dos factores fundamentales. El primero: que las películas de miedo ingresan en dicha categoría precísamente por eso, porque dan miedo. Segundo: que cuando estás cansado, el miedo deja de ser divertido y se convierte en pánico auténtico, en terror. Así que creí que me infartaba. Empecé a pasarlo mal en el minuto seis del filme, hacia el minuto veinte valoré seriamente el salirme y en el treinta pensé que yo hacía caja en la fila 4 –porque encima soy tan gilipollas de plantarme en la fila 4- de la sala 6 de un cine de centro comercial del extrarradio, qué final tan poco presentable para un artista de mi categoría. Pero yo nunca me he salido de una película, así que usé mi fular –estoy muy a la moda- para taparme simultáneamente los ojos y las orejas, y aún así el corazón se me salía del pecho. Terminó la película y salí de aquel cine y de aquel sábado aterrorizado, mareado, entumecido, con ‘tortículis’ y un poco triste por tanto accidente y tanta soledad.

Espero que al menos vosotros os hayáis partido un poco la caja. Porque a mí, mi sábado pasado no me hizo ni puta gracia.

Ayer, mientras yo me colocaba viendo libros en la Fnac –cuando llevas media docena de estanterías de arriba abajo leyendo títulos con la cabeza girada os advierto que es muy parecido al efecto del primer whisky cola, por citar un depresor legal-, recibí un SMS de mi amiga Nuri, breve pero revelador: ‘acabo de conocer a tu suegra’.

Devolví la cabeza a su posición natural, me mareé, recuperé los datos en mi cerebro –soy disléxico para los parentescos y, como mi sobrino, para los frutos secos- y se me paró el corazón. Posé el vinilo de la reedición de ‘War’ –U2, 1983- y marqué el número de Nuri:
-¿Cómoooooooooooor? –grité.
Pues sí, el Zoo, con el que estoy, para variar, peleado, pasó por mi pueblo, como todo el mundo pasa cuando baja de Santander, y decidió mostrar sus highlights, como dice el periodista del momento, el rubito insulso ése de gafas que ha presentado los Juegos Olímpicos, que te tiras todo el rato debatiéndote entre ‘me cae mal’ y ‘pues no, me cae bien’, y sin querer te tragas todo el resumen.

El incauto de mi novio se pensaba que podía aventurarse en la Cascajera y no darse de morros con algún amigo o conocido de este menda, porque yo habré abandonado las tierras verdes del final de la meseta por el polvo del desierto –y cito a Ana Botella- de la capital, pero algunos amigos conservo. Y allí estaban Nuri, oriunda en alma de Villarén, Casti, oriundo a secas de Villarcayo –aunque ambos viven ahora sospechosamente cerca-, Lourdes, oriunda de Ermua, ay amá, Greg, oriundo de Dublín y hermanado para siempre con España, hígado de amianto donde los haya, y Jose Manuel y Sara, residentes en Vitoria, y que han bautizado a su hijo Jon, sin hache –es que ese niño, que debe ser una hermosura, tiene un nombre muy local, y en el extranjero, cuando sea mayor, van a pensar que lo suyo es una errata-. Así que mi novio oyó su nombre a voz en grito –Nuri, antes quedarse afónica que dejar pasar a un conocido, eso es muy de Aguilar, y se está perdiendo-, se le heló el corazón y volvió sobre sus pasos para formar uno de esos famosos corrillos que se forman en Aguilar en verano, y que te obligan a madrugar si tienes que comprar algo al otro lado de la plaza y no quieres que te cierren al mediodía.

Así que presentó a su madre, a su suegra y a su… a su cuñado –os juro que lo de los parentescos me cuesta-, y a éstos a mis amigos, y ahí charlaron un rato. Qué majos los otros, me dijeron los unos, qué majos los unos, me dijeron los otros. Y es que es verdad, unos y otros molan. La palma se la llevaron Nuria y Lourdes en el equipo local. Mi suegra, al parecer, quedó impresionada. Y es que mis amigas, a las que veo de pascuas a ramos, son lo más de lo más. Qué bueno es que le quieran y le entiendan a uno, que le conozcan a uno tanto, espero al revés ofrecer lo mismo, aunque tal vez no sea el amigo típico que a una suegra le ofrece garantías.

Total que comenté la jugada debidamente, me olvidé del vinilo de ‘War’ y me metí en el cine para ver ‘Aliento’, la última coreana del tío de ‘Primavera verano otoño invierno primavera’, que fue un tostón, pero quería yo ayer sensaciones fuertes, aunque fueran junco va junco viene, y las tuve, porque ‘Aliento’ está genial –y por cierto, me dio una idea para la librería de mi casa, así que tengo que ir a devolver unos bultos al Ikea, de 200 kg cada uno, hay que ver lo que pesa el vidrio templado, virgen santa-. Besos para todos.

Mi capacidad para ser idiota no debe ser subestimada. Subíamos el Sergio –mi pareja de hecho, con esto me refiero a que Zoo es mi pareja en derecho, pero mi pareja del día a día, de lo cotidiano, de los viajes y los amaneceres, es Sergio, cuyo alias no voy a repetir- y yo por las estrechas calles de Alfama hacia el Castillo de San Jorge, el sol en lo alto, en esa Lisboa that I love por siempre jamás amén, y no terminaba yo de disfrutarlo, debido a un trancazo indefinido. No voy a abundar en mis miserias neuróticas, todos los que me conocéis las conocéis también a ellas, os las he presentado formalmente en más de una ocasión.

Lo que me jode de todo ello, a toro pasado –o medio pasado, virgen del amor hermoso, que me quede como estoy-, es que perdí una tarde y media en la oscuridad de nuestra habitación en el hostal Roxi, tan bien ubicada cerca del centro, tan soleada y tan portuguesa –que el wifi te lo encendía el niño del casero, gafas de culo de botella, moratones en la rodilla y más listo que el hambre-, lamentándome de cómo los virus se podían portar así conmigo, sintiéndome culpable, imaginándome con cientos de miles de enfermedades, dándome palo por el pobre Sergio, que hubo de desviar su ruta cultural para visitar el estadio del Benfica. Para que veáis la influencia del fútbol en el espíritu de nuestros jóvenes. Y me pregunto yo, ¿qué hay que ver en un estadio? Pues supongo que el propio estadio por fuera. No sé, no quise indagar.

Y me conecto entre suspiros e hiperventilación al wifi del hostal Roxi vía Nokia N51 –no podréis decir que no estoy a la última- y me pongo, Lisboa esperándome, a consultar síntomas, a leerme enciclopedias médicas. Y en un pirotécnico salto virtual me conecto al Messenger con Zoo y éste a su vez en conversación telefónica tradicional con su cuñada –que es médico- y comenzamos un diagnóstico médico a tres bandas, satélites por medio, llamadas locales y toda la tencnología disponible del siglo XXI al servicio de un turista neurótico.

¿Se puede mantener una conversación de Messenger tecleando en los numeritos de un móvil? Se puede. Sobre todo si estás de los nervios. Oyes, que casi escribía yo más rápido que el Zoo.
-¿Son marrones tus mocos? –leía yo en mi reducida pantalla, y rápidamente escribía:
-No, verdes. Verde claro.
-¿Tienes inflamado el hígado?
-¿Dónde está el hígado?
-En el abdómen, a la derecha, arriba.
Y yo, que me había ventilado hacía media hora un bacalao rodeado de patatas cocidas, prácticamente sitiado, diría yo, y un brownie de postre, pues no me encontraba el hígado.
-¿Estás amarillo?
-Estoy negro, ya.

Por cierto, que el que se puso negro fue Sergio, que no hizo otra cosa que tomar el sol, podríamos decir que a lo tonto. Se puso más bien rojo. Rojo como un tomate. No podía articular gestos, y sabéis que él tiende a lo gestual. Hay un documento videográfico que lo prueba, y verá la luz en los próximos días. Pero vamos, yo no había visto una cosa igual desde aquel verano del 87 en el pantano de Aguilar con mi prima Alicia, que se durmió al sol y se dejó la mano marcada en la tripa, como en las pinturas de Altamira.

Pues mi puntero diagnóstico fue que podría tener la mononucleosis. Como casi se me para el corazón en el momento en que aquella larguísima palabra apareció en la pantalla de mi móvil y vosotros podéis imaginar ya las consecuencias emocionales de tal diagnóstico, no voy a abundar más. Ayer fui a mi médico de cabecera y mis ánimos se suavizaron. Sólo un poco. No le podéis pedir a un neurótico de nacimiento que se controle así como así.

Por lo demás, pude disfrutar del viaje. Al fin y al cabo son muchos años estando como una cabra, y, quieras que no, has aprendido a tomarte menos en serio. Subimos y bajamos colinas, fotografiamos tranvías –creo que he tirado alguna foto digna, también las postearé-, comimos y cenamos como dioses y, sobre todo y por encima de todo, ahondamos más en ese núcleo multicultural y sagrado que constituye el Barrio Alto. Creo que traigo al Sergio impresionado. Después de todo, las portuguesas no tienen bigote.

La auténtica realidad de la vida puede no gustaros, puede ser increíble, pero es la auténtica realidad de la vida. Y la auténtica realidad de la vida es que el sábado, día mundial de la boda de mi hermana, a las 18:51 según marcaba el pálido reloj digital de mi Corsa, nueve minutos antes del comienzo oficial de la misma, servidor conducía dicho vehículo por la M50 bajo la lluvia en las circunstancias que paso a describiros.

Servidor conducía jugándose la vida de cuatro personas con una caja de zapatos en las rodillas que tal vez hubieran impedido una maniobra necesaria. Servidor, por ende padrino, aún no se había duchado, mucho menos vestido. La novia, a mi lado, con el pelo hecho y el maquillaje puesto, pero en vaqueros, se ocultaba en el asiento del copiloto bajo unos cuantos kilos de ropa, que incluían su vestido enfundado, mi traje desenfundado pero en un su percha y las bolsas con los regalos para las chicas. Detrás –jamás perdáis de vista que hablamos de un Corsa del 2000-, mi hermana Titi, duchada pero sin vestir, portando también su traje, zapatos y diversos complementos, y a su lado Lauri, su hija y nuestra sobrina, en idéntica coyuntura que su madre. Teniendo en cuenta que llovía, que mi Corsa es de tres puertas y que desde un tiempo a esta parte sólo abate la puerta del copiloto, podéis imaginar la escena almodovariana para comenzar aquel viaje.
 
Nos debimos cruzar con Zoo que, en sentido contrario y ajeno a nuestro despropósito, conducía para ir a buscar a la novia a casa de su madre, en Pozuelo, sin saber que la novia se encontraba lejos de estar dispuesta. Llamé a Zoo, le pedí que diera media vuelta, que no preguntara y que se dirigiera a la casa de la novia, en Majadahonda.

La historia comenzó a las 5 de la tarde, como los toros, momento que yo había considerado prudente para empezar a prepararme, padrino como era. Pero tuve que ir a buscar a la novia y a su peinado. La imagen de mi hermana con su pelo recogido y ondulado bajo un paraguas en la tarde gris y lluviosa de Pozuelo, con una cara de mala hostia indisimulable, el ceño fruncido, permanecerá en los anales de mi recuerdo.
-Mira lo que me han hecho –me dijo, introduciendo el paraguas y salpicándolo todo-. Date prisa en llegar a casa que me lo voy a quitar.
Saqué el móvil y busqué el asilo de mi hermana Pilé, que dijo que se arreglaba, se metía en el coche y venía corriendo.

Dejé a mi hermana en casa de mis padres, le hice jurar que no tocaría una horquilla hasta que llegara mi hermana Pilar y quise salir corriendo a buscar a mi hermana Titi, que venía en el Cercanías con Lauri, con la sana intención de ayudar a mi hermana a vestirse, y de vestirse ellas también. Sin embargo, la novia añadió:
-Hostias, se me ha olvidado el vestido en Majadahonda.
-Hala, voy a por ello –me resigné-. ¿Te traigo algo más?
-No, sólo es el vestido.

Cómo puede una novia que se va a vestir en casa de su madre olvidarse el vestido de novia es algo que directamente mis entendederas no alcanzan a albergar, pero es mi hermana y es mi familia y, como os digo, esto es la auténtica realidad de la vida. A las 6:15 llegué a casa de la novia. El novio, estupefacto, junto a sus padres y sus hermanos, todos absolutamente arreglados y a punto de salir, me vieron correr por el pasillo hasta la habitación sin mediar palabra, y recuperar el vestido enfundado, extendido sobre la cama.
-¿Se le ha olvidado el vestido? –preguntó el novio, histeria en la voz.
-Sí. ¿Cómo no lo habías visto?
-¡Pensé que era sólo la funda!
En ese momento no lo pensé, pero después reparé en que el novio y toda su familia contemplaron en todo momento una funda con un rótulo de ‘Pronovias’ y, al parecer, la explicación de que sería sólo una funda les pareció satisfactoria. ¿Imaginaron a la novia con su vestido al hombro bajo la lluvia? Quién sabe. Como véis, en todas las familias ocurren cosas inexplicables.

En cualquier caso volví pitando, derrapando en la M50, con el vestido en mi poder. Cuando volví, mi hermana Pilar y mi madre habían convencido a la novia de que el peinado estaba bien, y ella se convenció también. La alegría duró poco tiempo: mi hermana Pilar recibió una llamada de su hijo menor, que no encontraba su traje.
-Mierda, está en el tinte.
Mi hermana Pilar gritó por teléfono y salió pitando al Zara a comprar un traje de emergencia. Eran las 6:40. Un coche menos. Yo estaba metiendo un pie en la ducha, Zoo no había llegado y nos las prometíamos medianamente felices, cuando mi hermana exclamó:
-¡El can-cán! ¡Me lo he dejado también!
Pensé que el muelle desencajado de la ducha era una herramienta tan buena como cualquier otra para cortarme las venas, pero mi hermana Titi pensó rápido. Sólo un coche, el viejo Corsa, y sólo una solución: irnos los cuatro a casa de mi hermana en Majadahonda y vestirnos allí. El resto es historia.

En casa de mi hermana, lo lamento pero la realidad no debe ser censurada, cuatro personas en ropa interior se pelearon por los espejos de los baños, por un poco de intimidad en una habitación vacía y por colocar un can-cán en su posición correcta. ¿Os pensáis que hubo sufrimiento en alguno de estos momentos? Os equivocáis. Hacía rato que nos partíamos la caja, de puro increíble. Zoo llegó y casi se cae de espaldas con la escena. Pero le dejamos todos los móviles, porque el novio se estaba poniendo pesado. Ya conduciendo con la caja de zapatos encima hube yo de mentirle y decirle que estaba todo bajo control.

Desde la ducha, 19:15, le oía yo al Zoo al teléfono, todo flemático. No te precupes, la novia está vestida, estamos haciendo un poco de tiempo, la novia tiene que llegar un poco tarde, ya sabes. ¿Qué están todos sentados ya? Bueno, no te preocupes, en cinco minutos estamos. Un 10 para el Zoo y sus mentiras impasibles. A las 19:30 servidor, con el culo mojado, y mi hermana Titi y sobrina se adelantaban en el maltrecho Corsa. No nos adelantábamos queriendo, es que el Zoo, que llevaba a la novia según lo previsto, conduce lento. La imagen de Zoo sosteniendo la cola de la novia y un paraguas a la vez bajo la lluvia en Majadahonda, ambos corriendo ante la atónita mirada de los moritos de la tienda de los chinos también se me quedará a fuego.

La llegada al Gaztelubide a las 19:45 en Las Rozas fue triunfal. El organizador me quiso empujar para dentro, pero mucho cuidado, le espeté, que soy el padrino. Mi hermana y yo nos cogimos del brazo, respiramos hondo para detener los latidos del corazón y aguardamos unos segundos en aquel oscuro pasillo. Un breve silencio y la canción de Ryan Adams que mi hermana había elegido para hacer su entrada comenzó a sonar, profunda y reverberada, más allá de aquellas puertas.

Y las puertas se abrieron. Y todo fue maravilloso.

La boda de mi hermana está a las puertas, y estoy que salto de alegría –tanto que tal vez tenga que tirar del clorazepato-, más ahora que, en una gestión suicida, me he enterado de que por convenio tengo el día de la boda oficial de mi hermana, que es el viernes, sin gastarme días de vacaciones.

Mi piel huele un poco rara porque ayer me pillé en el Carrefour una crema de autobronceado progresivo anti piel naranja y anti manchas y anti todo lo indeseable de los autobronceadores, pero me ha costado 12,99 y no sé si no será una mierda seca. Es para men y es progresivo –como los Jethro Tull-, pero me cuesta fiarme. Mi hermana –la novia- me ha dicho que me dé exfoliante, pero a mí eso no me gusta mucho, no me vaya a sacar los ojos, así que me he enjabonado más de lo corriente esta mañana en la ducha, me he secado y, en vez de salir pitando al curro, que es lo natural, me he dado dado despacico despacico el autobronceador, incluyendo orejas –esas grandes olvidadas de las cremas-, detrás de las orejas –ese sitio donde tanto me gusta besarle al Zoo- y el cuello. Decía en las instrucciones que no debe echarse en la raiz del pelo, pero la raiz del pelo no es algo que deba respetar yo, porque quién sabe dónde empieza la raiz de mi pelo y termina mi cabeza, calvorota como soy. Es como llamar bosque al matorral que hay justo después de las dunas, tímido y seco.

Así que esta mañana, una vez en el curro, visitaba periódicamente el espejo del baño, a ver cómo de progresivo era el asunto, rezando para que fuera suficientemente progresivo y no me convirtiera yo a la hora del café en mi hermano gemelo negro. Parece que ha sido progresivo, sigo blanco y sin manchas, tal vez el color un poco avivado, pero poco más. Bien, por el momento. Lo que sí queda es el olor, como si dejas un yogur abierto al sol. No es que huela mal, pero tampoco huele a rosas.

Por otro lado, el domingo tuvimos un poco de crisis con la logística de bodas. Sentar a la peña en los banquetes parece más difícil que un puzzle de tienda de chinos –donde todas las piezas encajan con todas y es una puta mierda-, pero eso no es lo mejor. Nos internamos en una leve disquisición de qué coches llevaban a quién, a quién se iba a buscar y cuándo –mi familia es numerosa, muchos viven fuera de España y tendemos a ir por la vida como si no existiera ese invento llamado Teletaxi-. De pronto, en el ardor de la especulación, mi hermana pregunta:
-¿Y a mí quién me lleva?
Y respondí yo, exasperado por tener que añadir otra variable a la ecuación:
-¿¡A dónde!?
Y mi hermana se me queda mirando y se hace el silencio. Pone ojos de cordero degollado y hace pucheros.
-Pues… a mi boda.
Nos miramos largos segundos, una lágrima imaginaria corrió por sus mejillas.
Y nos partimos la caja.
Las bodas son así, amigos míos. La gente está nerviosa y lo incuestionable se vuelve secundario, y lo secundario vital. Y nadie había pensado que la novia, efectivamente, no tiene alas, a pesar de parecer un ángel. Total, que decidimos que en el nuevo coche del Zoo –con lo que la súbita preocupación del Zoo se volvió dónde, cómo y cuándo lavar su coche-, pero claro, el Zoo, que necesita un GPS hasta para ir a comprar el pan, no es una opción segura. A una boda la novia llega tarde por protocolo, no porque su chófer se pierda en la red noroeste.

En cualquier caso, no os quiero confundir con esta aparente imprevisión. Esta boda va a ser un bodorrio, y la prueba misma es que aún no he encontrado corbata. Yendo a comprar corbata en días sucesivos me he comprado unos vaqueros, una nueva cartera, un disco de electro house, unas chanclas, un libro sobre el expresionismo y unos colines para matar el hambre. Pero no preocuparse, que yo corbata encuentro. Vamos, que si la encuentro.

 

Mi hermana, a la que sólo le quedan 15 días de soltería, ha invitado a un señor de Valencia en vez de a nuestro amigo Sergio –alias ‘pues-no-es-tan-grande’-. También ha tenido que preparar sobres improvisados porque se le había olvidado invitar a mi tío Urbano, y mi tío Urbano estaba un poco dolido. Todas estas cosas las hace mi hermana sin solución de continuidad, sin especial esfuerzo, siendo ella misma. Mi hermana, que de pequeña entró dando voces en el taller de mis padres, proclamas en contra de su profesora de ballet, algunas un poco malsonantes, ignorando completamente al hombrecillo de bigotes que en aquellos momentos estaba siendo atendido por mi madre, y que a la sazón era marido de dicha profesora de baile, lleva el atolondramiento en la sangre. Mi madre, lívida, con un corazón a prueba de bombas desde que yo, siendo niño, me cosí el labio con hilo azul en el modo de puntada doble de la máquina de coser, la disculpó como pudo aquel día, tartamudeando y sudando la gota gorda.

En ningún momento de este episodio yo dejé de comer mi bocadillo de mortadela con queso –que me sabía a gloria- desde detrás del mostrador. Que mi hermana metiera la pata era cotidiano, como las charlas que yo me llevaba por leer tebeos debajo de la mesa a la hora del almuerzo. No había por qué alarmarse. Y mi hermana, si ha dejado de meter la pata con tanta profusión, es simplemente porque se prodiga menos en sociedad.

Mi hermana ha cambiado mucho con el paso de los años. Cuando teníamos quince, la hermana Jacoba, delgada a más no poder y tan histérica como sólo las delgadas a más no poder pueden serlo, se llegó a mi pupitre en los Menesianos, se agachó y me dijo:
-Tu hermana está tarada, ¿verdad? Tú dímelo. ¿A que lo está?
A mí no me dio tiempo a responder –además tenía la cabeza en la novela de Agatha Christie que le estaba contando a la Almudena, mi compañera de detrás, nos leíamos cada uno una y luego nos las resumíamos en clase de geografía-. Mi hermana se levantó de su sitio y gritó:
-Sí, estoy fatal de la cabeza, estoy loca perdida, he ido al médico y me ha dicho que no tengo remedio –y soltaba una risa desquiciada.
La Jacoba volvía a correr entre los pupitres, mi hermana buscaba la salida y yo volvía a mi relato negro, tranquilo y seguro de que mi hermana estaba efectivamente como una cabra, y que además, como ella misma reconocía, no tenía remedio.

A mi hermana le prohibieron ir con la Beatriz, que era una chavala de Valladolid que había recorrido mucho mundo. Mi madre se lo había prohibido a su manera, corriéndola alrededor de la manzana con una cámara de bicicleta deshinchada en la mano, pero mi hermana nunca hizo caso. Se llevaba a la Beatriz a casa y la escondía detrás de la cortina hasta que mis padres se ponían a cenar. Aquello me parecía a mí lo más transgresor del mundo –yo era un bendito-, y mi hermana me fascinaba y me horrorizaba al mismo tiempo.

Mi hermana me enseñó a fumar. Me dijo que había que hacer ‘hip’ para dentro como si te dieran un susto. También me permitió salir con ella y sus amigas, y me abrió las puertas a la vibrante noche aguilarense de finales de los ochenta, vibrante y rutilante a los ojos del hijo de Juliete como una esquina de Broadway. Con ella aprendí que podías volver borracho a casa y no pasaba nada, porque mi madre se cabreaba tanto que no hacía más que pasearse de la sala a la cocina y de la cocina a la sala con las manos en la cabeza, profiriendo lamentos tipo ‘qué he hecho yo mal en esta vida’, y todos sabemos que el lamento es enemigo de la acción. Así que se lamentaba durante quince minutos y se volvía a la cama, y mi hermana permanecía indemne en el sofá de tres plazas, mirando fijamente al techo para no vomitar.

Mi hermana ha sido también el único miembro de la familia que sobrevivió a encabronar a mi padre. Concretamente sobrevivió por dos centímetros, que fueron lo que separaba la zapatilla de estar en casa de mi padre en un remate a balón parao a lo Roberto Carlos de su culo respingón. Yo creo que mi padre no la mató porque no podía creerse tamaño atrevimiento.

Mi hermana también inauguró la tradición –a la que yo felizmente me apunté como un seguidor ensimismado- de insultar a mi madre. No cuento esto con orgullo, tampoco apuntaré los insultos exactos. Si hay algo feo en esta vida es insultar a una madre, demasiado atrevimiento hago en siquiera esbozarlo. Lo siento, nunca sabréis más de estos episodios.

Y ahora se casa. ¿Os lo podéis creer? A mí aún me cuesta. Pero en fin, no pienso demasiado en ello. Tengo que encontrarme una corbata.

¿De qué hablo?

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