You are currently browsing the category archive for the 'política' category.

Ayer nos pregunta un jovencito insconsciente, de esos que le piden fuego a Gallardón, orgullo de los so-called liberales, por qué estábamos mi amigo David y yo en que las izquierdas molan más que las derechas. Y cómo le explicas a alguien en el transcurso de un menú del día qué descarte te llevó a la coyuntura actual, a saber: las izquierdas molan poco, pero las derechas no molan en absoluto. Menos aún encuentro argumentos con mi visión –digamoslo- artística de la vida, un poco disparatada y todo menos ecuánime.

Empecé con algo básico y, aunque real como la vida misma, quizá tendencioso, y eso eso de que los avances sociales –entendiendo como avance social el traslado del status quo hacia un nuevo lugar donde el cómputo general de insatisfacción de los componentes de una sociedad es menor-, siempre y en todo lugar, los impulsan los movimientos de izquierda. Hasta donde yo sé, hay pocas excepciones a esta regla. Y menos excepciones encuentro aún en su consecuencia más directa: que a continuación, todos los componentes mencionados, incluidos los que no apostaron por dicho traslado, incluso más bien se opusieron, se benefician sin reparos del nuevo beneficio.

La cuestión es que me fatigué y no proseguí la argumentación. La juventud que pide fuego a Gallardón para demostrar su hastío político –yo tampoco le pediría a Gallardón mucho más que fuego, pero lo mío no es hastío- está bien para hacer el amor, pero para poco más. ¿Quién desearía acompañarles en su viaje hacia la sabiduría, ese viaje que nunca se acaba, que apenas se emprende? Eso sí que fatigaría.

Entendiendo que la compresión humana es más estrecha que el Manzanares, que la única posición razonable es la humilde espera mientras avanzamos a pasos de ciego, retrocedemos ante el abismo y volvemos a avanzar. La ciencia, vamos. Con la ciencia es más sangrante que con las izquierdas: creemos en dioses, en castigos divinos, pero todos vamos al dentista. Llamamos Dios a lo que no podemos entender como si pudiéramos contentar al destino, como si pudiéramos matizar los próximos azotes de eso que llamamos realidad, de la cuál conocemos sólo una pizca. Llamar Dios a lo que no entendemos es como agachar la cabeza cuando el profe pide voluntarios: no evita el desastre, si está por llegar.

A lo que voy es a que, como todo es muy complicado, como queda mucho por aprender acerca de dicho consenso al que llamamos realidad, yo me he posicionado políticamente temprano y así puedo dedicar mis energías a abrazar lo nuevo. Mi aspiración es ver con mis propios ojos un trocito más de caverna platónica. Y sólo son mis enemigos quienes tratan de apagar las velas a duras penas encendidas. ¿Os parece inapropiada mi postura? Pensadlo bien.

En cuanto a los políticos, habréis adivinado que no ingresarían en mi escala de elemenos relevantes sobre la faz de la Tierra… si se hubieran quedado en el patio del colegio. Pero no lo hicieron. Tal vez no les quisieron en el laboratorio de química. Tal vez no les quisieron… a secas. Y ahí empezaron nuestros problemas.

Queridos aguilarenses todos. ¿Vosotros os imagináis, un poner, que cualquiera de nuestros alcaldes sucesivos, de uno u otro signo, se convierte, sin solución de continuidad, de golpe y porrazo, sin ningún estadio inermedio, en vicepresidente del gobierno? Y tiene que ser un alcalde que no hubiera salido jamás del país, que se hubiera sacado el pasaporte el año pasado, pongamos. Que dicho alcalde tuviera una hija de 17 años embarazada sé que no nos importaría, que en Aguilar somos muy viva la Virgen, y si hay que embarazar siendo un imberbe adolescente se embaraza, que la Cascajera tiene un embrujo especial.

Un poco sí que fliparíais. No porque no nos gusten nuestros alcaldes, que nos gustan, sino porque, hombre, digo yo que, aparte de la fama mundial que cobraría súbitamente nuestro pueblo, y un poco de fama no nos vendría mal, en el fondo de nuestros corazones creeríamos que a nuestro alcalde el nuevo puesto le viene pelín grande.

Pues esto es lo que ha ocurrido en un pueblo de los de ‘Doctor en Alaska’ en Alaska, donde indudablemente son mucho más palurdos que nosotros, con la flamante aspirante a vicepresidenta del gobierno de Estados Unidos por el Partido Republicano. Sarah Palin: defensora de la familia tradicional, cristiana fundamentalista, aspirante al título de Miss Alaska en su juventud –con aquella pinta a medias entre recatadita de pueblo, guarrilla de extrarradio y reno- y con una hija púber embarazadísima –esta no es la guarrilla de pueblo de la última generación, sino directamente la tonta de dicha población, porque vale que tu madre repudie la anticoncepción, pero nena, un condón no sólo te libra de embarazos indeseados, sino que te salva la vida-.

A la señorita Palin no le gusta el aborto, pero sí está a favor de la pena de muerte y gusta también de madrugar para salir a cazar. A mí, personalmente, a pesar de las evidencias fotográficas, me es difícil imaginarme a esta numeraria de la Asociación Nacional del Rifle apostada entre dos riscos, sino más bien… no sé cómo decirlo… ¿sabéis esas pelis porno en que secretarias entregadas ejercitan el miembro de sus partners hasta que la semillita de papá se derrama sobre sus gafas –que no se han quitado ni un momento, al igual que el moño, y dichos anteojos, ahora inservibles, concentran el componente fetichista del filme-? Pues eso.

Así que la señorita Palin va a ser el azote de atolondrados demócratas en un país donde la hipocresía es el circo y el circo es la política, y en la pista central, señoras y señores, están las elecciones presidenciales. Por un lado un demócrata negro con dos libros de memorias publicados antes de ganar nada, y por el otro el tipo de las patatas –McCain-, veterano de Vietnam –o sea, como un cencerro- y única persona en este mundo cuya estatua de cera parecerá más humana que su propia persona. No puedo con él. Por supuesto, el mundo sería un lugar un poco mejor si ganara Obama. El dólar se fortalecería –el euro palmaría un poco, en fin-, el barril de crudo se abarataría y tal vez la recesión lo sería un poco menos, cortesía de Wall Street, y en general moriría menos gente.

Lo peor de esta mujer, lo que me ha sacado de mis casillas, es que apoya las teorías creacionistas. Si no conseguimos librarnos del poder arcaico de la religión, si de pronto la evidencia científica –bien que le hacemos caso cuando vamos al médico o cuando vamos a parir o cuando queremos que nuestro coche alcance los 140 o cuando navegamos por internet- es papel mojado, si de pronto la fe –cree esto porque lo digo yo / ¿y por qué? / Porque lo digo yo- prevalece sobre la razón –creo esto / ¿ah sí? compruebalo / parece que es cierto, dejemos que los demás opinen a ver si no lo tiran abajo / la cosa se sostiene, creámoslo de momento-, si de pronto el mundo se pone a girar por obra y gracia del espíritu santo, entonces, amigos, entonces aún queda mucho sufrimiento para nuestros congéneres presentes y futuros. Pero de esto hablaré en otro post.

La vida cambia, no os hagáis ilusiones. La última vez que escribí aquí aún había suelo de loseta en mi apartamento –o agujero- majariego, aún lo repudiaba con todas mis fuerzas –ahora lo repudio menos-, aún no tenía canas en los pelos del extremo de mi bigote y mi madre aún era razonablemente feliz. Ahora que mi madre ha renunciado a la felicidad y yo estoy a punto de renunciar a la piscina comunitaria, ahora que sobre mis espaldas hay un verano más, una isla más –Malta, amarilla y plácida- y una esperanza menos de medrar en esta santa compañía multinacional, ahora que Ikea y Venta Única son mi santuario –amén de Viarce, con su, como ellos lo llaman, ‘política de precios’-, ahora es cuando yo no pienso en el futuro –que es lo que debería hacer-, sino en Vietnam.

Es que me estoy leyendo un libro sobre la guerra de Vietnam y tengo la cabeza loca con el Vietcong y el Viet Minh, y las mentiras de Johnson a los americanos, y de cómo el concepto de la ‘huída hacia delante’ puede materializarse tanto y justo en medio del horror. Así que el otro día, en el pantano de mi pueblo, esa localidad ahora a camino entre el verano desangelado y el otoño ventoso, tomé prestada yo la canoa hinchable de Javi Malo, o Javi el de Valladolid, como pone en mi móvil, compañía veraniega perenne y de lo más agradable –cuando la Bea asoma la nariz en la Cascajera, cuando los de Valladolid atornillan la vaca en el coche, es que el verano comienza en Aguilar-, y remé paralelo a la orilla, evitando el norte que soplaba como alma que lleva el diablo. Y remando, remando, llegué al codo que hace la playa al final, y que se estira en una lengua de rocas y chopos hasta un extremo donde hace poco situaron un burdo embarcadero de hormigón. Pues allí, en la esquina, a salvo del viento helado, el agua sube hasta la mitad de un puñado de álamos, y yo navegé entre ellos y oyes, me sentía como en los manglares de los deltas survietnamintas, un Flanhagan cualquiera, a punto de ser asaltado por los Vietcongs. Que sepáis que tal momento fue una de las cumbres de mi verano.

Tengo algo yo de quijotesco, y no es que mole, es una manera fina de decir que no estoy en lo que celebro, que se me pira la pinza. Porque estando en cualquier lugar podía yo rememorar las vibrantes páginas de mi libro y empaparme de aquel conflicto, sentirme en medio de la jungla húmeda, descalzo, los pies siempre mojados, la mirada siempre alerta buscando un tono distinto de verde, odiando a los dirigentes, compadeciendo a los campesinos, flipando con el poder del pensamiento paranoide, con la fuerza de la progresión geométrica en cuanto a causas / consecuencias se refiere –un puñetazo en la mesa en el despacho oval de la Casa Blanca podía significar, al final de la cadena, en dos regimientos absurdamente masacrados, y multiplica por diez el número de muertos vietnamitas, todo para nada, todo en pos de un inútil status quo, todo, como siempre, por culpa del miedo. Es lo que pasa cuando quienes ven gigantes en vez de molinos no son pobres diablos, como Quijote o como yo, sino jefes de estado.

La pregunta lógica es: ¿por qué necesito yo leer libros de caballerías, digo de guerras del siglo XX? No lo sé. Sí que sé que hubo un momento en mi vida, cuando era un adolescente con más pedradas en la cabeza que canicas en el bolsillo del campeón del colegio a las canicas, en que pensé que sí, que estar al tanto de individuos cuyas vidas se desarrollan bajo circunstancias definitiva y objetivamente desfavorables, le ayudaba a uno a no quejarse tanto. Desde entonces, las películas de miedo ya no me daban miedo, las novelas me dejaban de interesar y las guerras, las hambrunas y los éxodos dejaron de ser ese aguijonazo abstracto –pero incómodo- en la tele y pasaron a ser algo real –todo lo real que puede ser lo que uno nunca ha padecido en sus carnes-. No veáis si he aprendido desde entonces. Y no veáis si he dejado de quejarme.

En fin, y saco la vista de mi libro y la pongo en la tele, y me entero de que los fantasmas de la guerra fría se asoman a un ridículo punto del mapa de menos de apenas cien quilómetros de ancho. Y resulta que el pensamiento paranoide unido a los daños irreparables en toda una generación que creció en los últimos años del comunismo ruso, ello pasado por el tamiz de la corrupción política y de la prevadicación, da como resultado el nerviosismo internacional. Encima, con los americanos enfrente, especialistas en ponerse nerviosos, así que te entra la misma risa floja que te entraría al ver a un tío con bufanda atlética entrado a tomarse un chismorro a una peña madridista.

A ver si termino mi libro del Vietnam. La sensación de deja vu es un poco incómoda.

Si esperáis una reseña sesuda del segundo y último debate electoral, id a otro lado. Porque servidor lo vio, pero a trozos, alternando con ‘CSI’, prodigio de iluminación y puesta en escena –no tanto de guión, que una cosa son los guiones encorsetados en escaletas y otra cosa lo de ‘CSI’-. A la chica del vestido naranja, Olga Viza, que uno siempre recordará por enmendarle la plana a un atónito Matías Prats en las olimpiadas del 92, se le trababa contínuamente la lengua, pero no parecía nerviosa. Era una cosa rara.

¿Sabéis que Rajoy usa castellanos? En ABC publican un primer plano. Zapatero, como su propio nombre indica, unos zapatos de cordón un poco más contemporáneos. ¿Nos importa? Claro que no. Pero es que hay que hablar de lo importante. ¿Y no os da cierto gustirrinín verlos ahí, ‘a cara de perro’ –como dicen en todos los medios, esta frase se ha convertido en una muletilla, igual que la de ‘como la copa de un pino’ para referirse a los artistas-, ganándose el pan con el sudor de su frente? Que dices: ya que están ahí, jodiéndonos el rato televisivo y de paso la ilusión de vivir en un país disputado por candidatos competentes, que lo pasen mal un poquito.

En ‘CSI’ un chico guapo y rico se suicida en una fiesta y su novio toma alprazolam. No todo el mundo que toma alprazolam tiene novios guapos y ricos, pero de qué te servirían si se suicidan, pensaba yo, y regresaba al debate. Me quedaba embobado –no es políticamente correcto, aunque la política, ya lo sabemos todos, no es correcta- mirando la boca de Rajoy, todo ese tema del frenillo, toda esa problemática, y uso aquí correctamente el término ‘problemática’, que se refiere a un conjunto de problemas.

Zapatero hizo uso de los mecanismos de puesta en escena, con menor éxito que ‘CSI’ –cómo molan en ‘CSI’ las carpetillas, las bolsas de plástico con cierre hermético, las pinzas- y sacó su libro blanco, como el álbum blanco de los Beatles, de páginas duras, y Rajoy siguió con sus folios, pero esta vez los mostró del lado de la cámara, no como hace una semana, cuando, de tener las cortinas ojos, aquellas hubieran sido los únicos testigos de los gráficos del PP.

Esta vez la realización estuvo un poco más suelta, que mantener los planos le sale bien a Kubrick, no a Navarrete, y los contraplanos nos hablaron un poco más de los nervios de los contrincantes, de sus líos de papeles, de su sordera congénita. ¿No vísteis a Rajoy tirar sus papeles al suelo, para no liarse? Mejor que el plano del niño de ‘El resplandor’ con el triciclo por encima de las alfombras.

Y luego va Rajoy y rememora de nuevo a la niña –del exorcista- y Zapatero dice lo de ‘buenas noches, buena suerte’. La referencia queda clara, que no somos idiotas, pero permanece igual de inexplicable que lo de la niña, como cierre de un debate electoral.

Así que yo, después de largaros este post absurdo sobre un debate absurdo –no me negaréis lo apropiado de mi enfoque-, me despido también inexplicablemente: ¡esto es tó, esto es tó, esto es todo amigos!

Más de uno se ha sorprendido por el tono agrio que, por lo visto –porque servidor consiguió alegremente evitarlo-, adquirió el primer debate televisado entre Zapatero y Rajoy. ‘A cara de perro’, dice El País, y El Mundo hasta ofrece un PDF con la transcripción entera del evento, 26 páginas en letra pequeñica pequeñica –los diminutivos a lo Muchachada Nui han sido asimilados por mi cerebro y se aferran ahí, qué le vamos a hacer si un minuto de Joaquín Reyes es más inteligente que los 90 de ayer-.

¿Un debate en el Ifema, con Campo Vidal –que ya era un tipo extraño cuando yo era adolescente-, con 50 premisas pactadas, transmitido por todas las candenas menos Antena 3, que echaba una serie hiperrealista de adolescentes? Dios mío, no –cuenta con mi simpatía, esta serie, por cierto-. No más tomaduras de pelo. ¿De verdad no había nada mejor que hacer? Sí, lo había. Servidor debía terminar un freelance que cobrará con un micrófono Shure y que hubiera hecho gratis de todos modos. Hubiera sido capaz hasta de repetir en mitad del salón de mi casa –apartando las sillas del comedor- la mitad chunga de la tabla de Bodypump que me rompe las piernas cada viernes por la tarde. Cualquier cosa para evitar ser tomado por el pito de un sereno una vez más.

Yo ya sé a quién voy a votar. No quiero que me pase como cuando pillas los últimos vaqueros de tu talla y en rebajas, y empiezas a revisarlos como sin querer, como con susto, deseando no descubrir una tara indisimulable. Por un lado no quieres encontrarla, y por otro sabes que si insistes lo harás. Pues bien, yo tengo mis vaqueros en la mano y voy a ir a pagar ciegamente, sí. Porque el otro único par que aún se me oferta me está grande y es un modelo tan antiguo, casposo y descatalogado que ni siquiera me lo probaría. Es, como diría mi hermana Pilar, una maula.

Supongo que no intentaréis minusvalorar mis desvelos a la hora de votar. Supongo que no os atreveréis a juzgar mis motivos, mis mecanismos, mi output. Porque supongo que estamos de acuerdo en que una persona un voto, ¿no? Nadie aquí, de izquierdas, derechas o centros -nunca el centro es múltiple, salvo en política, una muestra más de la inperfección de su universo- se cree más que nadie, ¿no? Nadie cree que ciertas personas deberían tener ventajas, gozar de sobres extra, votar en una urna aparte donde los votos valen por dos, o por tres, o por diez, ¿No? Nadie aquí opina que, en definitiva, el voto de unos debería tener más valor, de algún modo, que el de otros, ¿no? O que hay personas con DNI español cuyo derecho a votar debiera ser, por alguna causa, retirado, ¿No?

Sé que no. Sé que, perteneciendo como pertenecéis a la especie humana, la más alta de las especies, la única que reserva dos de sus patas para manipular manzanas rojas en busca del suculento primer mordisco u ordenadores conectados a internet, comprendéis con inteligencia y humildad qué sóis y qué hacéis aquí.

No es que yo sea un desconfiando. Al contrario. Estoy seguro de que compartís conmigo el valor que los griegos otorgaron al concepto de democracia: eso que hace, en definitiva y en el fondo, que podáis compraros un coche de primera mano con sólo 500 euros en el banco –y muchos otros efectos del hoy llamado estado del bienestar, sustentado en el capital privado, el público, el ajuste entre ambos, la democracia y la libre competencia-. La democracia, y ninguna otra cosa, ha traído la riqueza, la seguridad, la salud y el progreso tecnológico a nuestras sociedades. Algunos efectos colaterales también. Otra cosa es lo que ocurre en el sur del planeta Tierra, pero de ello no hablamos hoy.

Una vez que estamos todos de acuerdo en que todos los argumentos son válidos, todos los votos lo son, todo el mundo tiene derecho a estar informado o desinformado –peor para este último, en todo caso- podemos ponernos a hablar de política. Lo cuál quiere decir que debemos mandar a tomar por culo las dos horas de desinformación, impostura y demagogia que seguramente tuvieron lugar ayer al este de Madrid en un oscuro plató improvisado. Para empezar.

No sé cómo de extraño es mi caso, doctor, pero me pasa lo siguiente: me gusta la política, en el sentido griego original del término; me adhiero a eso que llaman ideología, tal vez más por eliminación que por simpatía –bueno, y por simpatía, qué diablos-; y hasta entro al trapo de los dimes y diretes domésticos, donde casi nada es política y ya todo es políticos –ya sabéis que una cosa es los políticos y otra cosa es la política, podrían estudiarse hasta en carreras distintas-. La bajeza intelectual del discurso de los políticos, las refriegas de escaño, la manipulación de las agencias de noticias, la reverberación azarosa de esto último en los media… me lo leo todo y, si se presta, lo veo por la tele, aunque menos, por falta de tiempo.
 
Y, sin embargo, doctor, he decidido que voy a esquivar habilmente –como las gotas de lluvia en el chiste- la campaña electoral. Y no deseo consejo, doctor, ni que me anime a desistir, ni que me diagnostique trastornos bipolares -¿cómo puede alguien interesado en la política, y además en los políticos, desentenderse de la campaña electoral?-. Sólo quiero saber si lo conseguiré.
 
El doctor sospecha que en el fondo tengo miedo a que pierdan los míos –digo míos para decirlo rápido-. Puede que tenga razón, mi médico, pero yo creo que no es eso. Yo creo que paso de la campaña porque a la única persona de este mundo que le permito que me tome el pelo sin al menos sacarme una sonrisa a cambio es a mi madre. A ella se lo permito porque tiene un serio trastorno de personalidad aún no descrito en los anales psiquiátricos, es que mi madre es una adelantada a su tiempo, pero esto ya os lo contaré otro día.
 
Hay varias formas de evitar habilmente una campaña electoral como las gotas debajo de la lluvia del chiste. Una de ellas, difícil, lo sé, es no ver la tele. Esta es básica y durísima, pero efectiva. No lograréis filtrar a tiempo si decidís ver la tele, aunque sea sólo dos capítulos a la semana de ‘Anatomía de Grey’ y ese trocito mínimo soportable del Punset los domingos. Haceros con un DivX de cualquiera de las pelis nominadas a los Oscar –este año están las cinco genial- o algún documental premiado. Los documentales premiados, de cualquier cosa, siempre son chulísimos. En serio.

Otra es caparte en el navegador cualquier acceso –o tentación, que sóis unos pillines- a cualquier sitio web que contenga la palabra ‘libertad’ en el dominio. Este tipo de comportamientos, junto con los derbys deportivos, aseguran una tasa extra de infartados en las urgencias de los hospitales. Que sóis muy valientes, os pensáis que os podéis exponer a todo, como viajar a Finlandia y tirarte a la piscina helada después de la sauna –y con jetlag-. Y ya sabéis lo que pasa con las urgencias: los gestores de tu comunidad autónoma pueden conseguir que te arrepientas.

Y en el curro es muy fácil. Si alguien empieza a decirte, por ejemplo, que en debate Solbes vs. Pizarro el segundo es claramente ganador, tú simplemente espetas algo tipo:
- Oye, ¿vosotros os pajeáis con la mano vuestra o utilizáis la otra? Dicen que con la que no es dominante mola más, es como si fueras menos tú.
Ya véis. El truco no es cambiar de tema, es directamente pasar a hablar de sexo. Algunos se asustan y se retiran, pero la mayoría abraza el nuevo asunto sin miramientos.

Por cierto, que ayer me dieron un panfletillo –no tengo táctica aún para evitar los papeles que te meten a la altura del abdomen como una espada de harakiri sin perder la educación- del Partido por las Libertades Civiles, primer partido promovido por el colectivo LGBT. Tenía su punto, aunque algunas de sus propuestas ingresan de lleno en el género de la ciencia ficción. Qué manía nos ha dado a la izquierda toda la vida por atomizarnos. Con lo unidos que andan otros.

132.000 personas que profesan la religión islámica han firmado un manifiesto para retirar de Wikipedia una imagen donde se aprecia la efigie del profeta Mahoma. Son 132.000 y son personas. Qué duda cabe. Según los postulados del Islam, la representación gráfica de los profetas no es algo permitido, pues arrastra a la idolatría de imágenes en lugar de a la reverencia de los profetas mismos.

No hay que ser un lince para darse cuenta de que las personas que profesan el islamismo tienen un serio problema con la representación. Que se lo pregunten a los daneses, que son de espíritu tranquilo –y aconfesional, por tanto- y aún tienen el susto metido en el cuerpo. Sin embargo, uno, que hace un par de años se tragó un tocho erudito –yo de lo erudito pillo la mitad, también hay que he decirlo, por eso abandoné este domingo un libro de Chomsky en la misma linea de cajas de la Fnac, a pesar de que teóricamente me apetecía- acerca de hasta qué punto la representación es inherente a la condición humana, se pregunta lo siguiente: ¿no es, por ejemplo, la peregrinación a la Meca una vez en la vida un sublime acto de representación? ¿No está lleno el islamismo, como cualquier otra religión, de manifestaciónes que no son otra cosa que actos de representación, representación de la divinidad objeto de culto, de los preceptos a seguir, de los castigos a afrontar? ¿No es cada parábola, cada versículo de cualquiera de sus libros digamos nodriza meros actos de representación? En fin, que las representaciones gráficas en formato bidimensional, tal vez por ser el extremo ‘descarao’ y más barato de la representación, la representación que hasta un niño tonto entiende, vaya, parece que cuentan con la candidatura favorita para arder en los fuegos del infierno –ahora mismo no coloco yo lo análogo al infierno en el Islam, pero lo habrá-.

Los de Wikipedia, que tienen unos huevos como kiwis, han dicho que no piensan tocar la imagen, pero yo creo que se ablandarán. La comunidad islámica, o una parte de ella, sabe hacerse entender. No me preguntéis si sus modos de persuasión son enteramente contemplados en el Corán, aún no me llego en esa página.

Yo, que no tengo otra religión que la dignidad humana –aún no tenemos iglesia, pero es que, como somos honestos, nos encontramos con serios problemas de financiación-, flipo de cuando en cuando con las cosas del espíritu. Un anciano que vive en el centro de Roma –en unos apartamentos cojonudos, podría decir, pero vosotros no me leéis por el chiste fácil- y que se parece un montón a mi abuela, la difunta Jandra, cuyas hilarantes experiencias encontráis en los primeros posts de este blog hace ya un par de años, habla y escribe con profusión acerca de términos como el espíritu, la carne, el pecado y el infierno. Y añade, encima, como en un esforzado intento de impresionarnos, que son cosas que no se explican en un par de días, y menos a un neófito en teología.

 Mira, yo entiendo que para meter en esta almendra deteriorada la movida de las once dimensiones de la física cuántica hace falta algo más que boli, papel y un buen sofá. Pero para creerme que el espíritu santo son tres en uno, como el desatascador universal, invítame a un whisky cola y la misma barra del bar me vale. Como se dijo Josefina a sí misma al ver a Napoleón cernirse sobre ella en la noche de bodas, ‘adelante, es un acto de fe’.

Hay mucha gente por ahí que viene a hablarme del bien y del mal, del perdón, de la piedad y la fe. Vienen con libros debajo del brazo, libros bien escritos, auténticos novelones, narrativas adelantadas a su tiempo, estructuras arriesgadas como ‘Memento’, historias increíbles como la peli aquella de la rubia pija que termina siendo una abogada del copón. ¿Pues no se abre el mar de cabo a rabo a golpe de bastón? ¿Y no se cierra cuando pasan los malos? Lo que ocurre es que hace ya unos cuantos años, yo, en la soledad de mi cama de ochenta, cerré la última página de una novela titulada ‘Earth’, de un tal David Brin, que me impresionó como nada en esta vida. Y decidí que aquella sería mi Biblia. Y en las mismas sigo.

[Esto estaba escribiendo el lunes, después de la gala de los Goya:]

Metido estoy en un blog de fachillas de medio pelo, sito en una de esas publicaciones digitales que, paradógicamente, llevan la palabra ‘libertad’ en medio, y ahí me ando, dando caña. Y es que ayer tuve una erección cuando Alberto San Juan se refirió a ‘esa cosa llamada Conferencia Episcopal’. La erección se me bajó cuando escuché al guionista de ‘El orfanato’ referirse nerviosamente y con esa prepotencia que dan los nervios a los primerizos –mi amiga Sara le ha llamado directamente ‘niñato’, lo mismo estoy de acuerdo con ella- a ‘Los otros’, buscando una comparación desdeñosa.

Lo que ocurre es que ‘Los otros’ es una película bastante mejor que ‘El orfanato’, porque, siendo ambas de género –y el género lo inventó Hitchcock, se llama ‘suspensión’, y es algo tan sencillo y genial como que el espectador sabe algo que el protagonista no sabe-, la primera lo contiene y lo trasciende…

[Esto sigo escribiendo hoy:]

Lo que iba yo a decir lo ha dicho mucho mejor mi amigo Yorch, así que punto y aparte. Me apetece mucho más hablar de política –mal hago, si quito la televisión en cuanto empiezan con los resúmenes de la campaña, aunque leo los periódicos digitales, que ahí el tono es más sosegado y la reflexión medio punto de diafragma más inteligente-. Pero claro, la política no es arte. La política, como dice uno de los personajes de ‘El segundo principio’, mi largo imposible de animación –ya está terminado, para alegría de mis fans-, es lo relativo al mundo que piensas que quieres. Así que el valor de los políticos, su éxito, es una relación de la medida en que manipulan el mundo que sus electores o detractores piensan que quieren. Nuestros políticos son torpes en esto. Todos, que yo sepa, excepto Gallardón. Por ello es auténticamente peligroso. Pero de esto os hablaré otro día. En serio, no hay peor cosa que un político con carisma –bueno, estarían los obispos con carisma, pero no hay miedo-. Los últimos fueron culpables de hambrunas, de transmisión vírica y pandemias, de comercio ilegal de pescado barato y armas en África, de guerras civiles o de muertes por aplastamiento en el metro. A los políticos, como diría mi último y definitivo referente cultural, Joaquín Reyes, no se les ocurre nada ni aunque sea medio regular.

[Intervalo en el que me pongo un monólogo de Joaquín Reyes para sonreírme un poco en este viernes cualquiera.]

Deducís que a mí lo que me gustaría hablar es de arte. Pero claro, el arte al que yo accedo es definitivamente popular. Que no significa malo, significa que no tiene barreras de entrada. Sabéis que el arte lo hacen los pobres, los ricos sólo lo difunden -popularizan-. Las barreras de entrada no son siquiera económicas, son de oportunidad: no somos capaces de conocer lo que de bueno ofrece el espíritu artístico local a no ser que participemos de él o nos pasemos el día leyendo fanzines, visitando locales, fumando marihuana o todo a la vez.

A mí me gustaría estar metido en esos ajos, os lo confieso, y no me importaría ser el típico artista medicore que renuncia y se conforma como espectador –tendría probabilidades más que serias, en realidad-. Pero me encuentro con dos handicaps bien definidos: el primero es que no soy tan esforzado. Seguro que hablar y pensar en arte todo el día me dejaría agotado, amén del aburrimiento que supondría. Y el segundo, determinante, es que necesito ganar dinero para comprar comida, vestirme y todo ese montón de cosas irritantemente domésticas –digo lo de irritante por hacerme el artista, que a mí lo doméstico me emboba-, y no he logrado, en mis 34 años de trayectoria, que alguien me pague por una vida disipada y contemplativa. Y mira que, como digo, me gustaría.

Lo que pasa es que tal vez me guste mi vida tal como es. Tal vez me guste trabajar en una oficina con cortinillas azules y vivir el tiempo libre como si fuera una Coca-Cola –‘Light’- que beberse en el desierto, y los domingos estar tan triste como feliz estuviste el viernes. Y disfrutar del arte popular con novata aproximación. No lo sé. No tengo ni idea. Lo único empírico aquí, ya lo habréis sospechado, es que me realizo en mis disquisiciones fáciles, y poco os importa a vosotros o a mí si todo esto es cierto o no.

Suficiente se ha hablado ya del asunto Gallardón. Todos los juicios de valor han sido emitidos, todos los hechos repasados –ascensor incluído-, todas las manifestaciones a favor y en contra suficientemente expresadas.

Pero yo, que nunca aprendo, voy a apostillar. Y vuelvo sobre los hechos –a tanto como adivinar las conversaciones del ascensor no llego-, y lo hago en parte porque recuerdo una conversación con mi hermana Titi, ecuánime si es que los ecuánimes existen, en la que me comentaba que los de izquierdas no deberíamos tener empacho en reconocer la positiva gestión de Gallardón en el ayuntamiento. Uno siempre tiene miedo al destierro de la autocrítica. Si algo aprendí de leer a Gore Vidal –además de que la culpa de la mitad de los problemas en el mundo son consecuencia del pensamiento judeocristiano, y no sé si lo aprendí completamente- es que lo único que las personas conscientes nos debemos a nosotros mismos es la autocrítica permanente y casi feroz.

Así que yo me dije: ¿Vivo en un error alineándome tan anti PP, tan pro PSOE haga lo que haga? Y como me fui de fiesta de Nochevieja, como trabajo entre semana y luego voy un poco al gym y luego edito vídeos y luego discuto con mi novio, y el fin de semana salgo y toco la guitarra y discuto con mi novio de nuevo, pues no tuve yo ocasión de procurarme una respuesta.

Y sigo sin ella.

Y de pronto ocurre lo de un Rajoy apretado, sudoroso, incapaz de contentar dos facciones implacables, sedientas de poder como quien tiene sed en el desierto, que sobornaría y mataría por un dedal de agua. Ocurre que los políticos –en esta ocasión conservadores- destapan su trastienda –no hace falta decir que sin quererlo- y nos muestran de qué están verdaderamente hechos.

Están hechos de un deseo insoportable de gobernarnos. A cualquier precio y bajo cualquier pretexto, pero debemos ser cuantos más mejor. Están hechos de mentiras pacientes, que son las peores mentiras, porque es imposible que un político que manifiesta adorar una ciudad y dedicarse a ella con tal ahínco que casi lo haría gratis de pronto se frustra como un niño pequeño cuando se le niega la caja más grande de piezas de Lego. Están hechos de juego sucio, de pactos en entreactos, de apretones de manos envenenados, de torpeza intelectual –la gente lista se mete en ingenierías o en el apasionante mundo del proyecto web, jamás en política-. Son mentirosos –nunca me repetiré lo suficiente-, vendedores de motos y cuando, además, son ricos -¿os suena Aguirre Newman y de cómo es necesario esconder informes de impacto ambiental para que las autopistas pasen justo al ladito de tus terrenos?-, el cóctel es explosivo.

Así que sólo me interesan los hechos. Y los hechos son que la cúpula del PP es un atajo de buitres leonados –sobre todo cuando Espe va de Chanel-, que los políticos son genéticamente incapaces de preocuparse por los ciudadanos –sobre todo cuando la alternativa a tu berrinche es dejarnos a cinco millones de estupefactos madrileños en manos de la Botella, y no me refiero a la de whisky, lo que no sería tan malo-.

Yo sólo digo una cosa: como quede la Botella al timón de mi preciada villa, no se quejen después del drástico aumento del consumo de drogas psicotrópicas. Alguna cosa habría que hacer para sobrellevarlo.

Leyendo el blog de un buen amigo recuerdo que estas navidades atravesé, como quien atraviesa un río ancho, quieto y putrefacto, la penúltima manifestación de la familia. Inusitada mezcla de mítin político y misa dominical –sólo les faltó repartir las hostias, por ahora me refiero al concepto original-, me tapé la nariz y junto a mi anonadada familia –mi hermana mayor, sus hijos, los novios en pecado de éstos, mi cuñado- me zambullí en aquella estampa del XIX a la altura de Recoletos, de camino al Museo Arqueológico. Fue rápido, pero intenso.

Era difícil explicar a la novia alemana de mi sobrino, o al novio inglés de mi sobrina, que aquella increíble congregación de personas cabreadas con mochilas blaquiamarillas –‘vatican flag’- ocurría a apenas dos manzanas de Chueca, corazón de uno de los espacios más vivos, tolerantes y verdaderamente cosmopolitas de la vieja Europa, barrio homosexual en principio, orgullo de cualquier madrileño inteligente en el fondo. En el museo, entre capitel y retablo, escuchabas las reflexiones escandalizadas de la gente normal:
-¿Pero has visto eso?
-¿Y la hilera de autobuses en Santa Engracia?
-¿Y ese niño en camiseta helado de frío?

Atravesaba los cúmulos de jubilados enfadados y escuché las palabras amplificadas del orador del momento –¿quizá algún obispo?, me perdonaréis por no reconocerlo-, en tono de homilía:
-Jesucristo nació de un hombre y una mujer. Y ahí está, queridos amigos, el origen de la familia.
Nada que oponer a las premisas básicas de la procreación. Espero no ser el primer homosexual del mundo en admitirlas.
-Ahora nos quieren hacer creer que un hombre y otro hombre pueden formar una familia.
Y ahí comenzaban mis discrepancias. Porque recordaba yo la cena de la noche anterior en casa de mi hermana, donde mi novio fue admitido con la normalidad con que se admite en mi casa a cualquier pareja, y jugamos todos al Singstar, mis padres –nacidos en los años 20– en un lado disfrutando de la algarabía, mis sobrinos cantando con mi novio, o yo con sus parejas angloparlantes, mis hermanas haciendo las coreografías detrás del sofá, mis cuñados cabezeando de sueño –también esto es un clásico navideño, ¿no?-, y pensé que la mía era una familia en toda regla. Pensé que si, de algún modo, yo tenía hijos en el futuro, éstos encontrarían una familia sana y feliz. De hecho, pensé un poco preocupado, conociendo a mis hermanas, que hasta les sobraría familia.

Mi concepto de familia, me lo tendrán que respetar los obispos y los usufructuarios de mentes endebles, es claro e irreprochable: una familia es un grupo de personas –entre 2 y 99, como en los Juegos Reunidos Geyper- unidas por lazos afectivos y en el que las personas más débiles encuentran el cobijo, la ayuda y el impulso de las más fuertes. Dos conceptos añadidos, por tanto, al primitivo concepto de ‘grupo’: que haya amor más o menos multidireccional entre las personas que lo integran –espero que nadie tenga nada en contra del concepto de ‘amor’, el leiv-motiv más aparente y cacareado de la Biblia- y que haya personas cuyas carencias –afectivas o materiales- puedan suplirse con los exedentes de otras. Por mi parte, tenemos una familia. Es genial cuando las personas que se quieren tienen lazos sanguíneos, o cuando las personas que necesitan ayuda son los hijos biológicos de los otros miembros. Es perfecto –o puede serlo, que mirándote las tasas de divorcios, o peor aún, de malos tratos, el adjetivo ‘perfecto’ casi lo dejas para el plano-secuencia del ejército en ‘Expiación’-, pero nada más.

Así que, iglesia y usufructuarios de mentes endebles: inflad vuestros autobuses, atizad vuestras parroquias, arrastrad a vuestros hijos a la pulmonía o a la insolación, pero no podréis evitar que mi idea de familia se multiplique por el mundo civilizado. Ocurría antes de vosotros y ocurrirá después. Exhalamos felicidad y buen rollo como los árboles exhalan oxígeno, y no sé cuál de ambas exhalaciones es más provechosa para desterrar la oscuridad de este mundo –la segunda, venga, va-. Alguno de vuestros hijos seguirá nuestros pasos, y lo único que me duele es el sufrimiento que a aquel le queda por delante.

¿De qué hablo?

MI ANTIGUO BLOG

Si quieres saber más de mi madre, de mi tía la monja y de 'tó eso', visita mi antiguo blog.

NAVEGA POR MIS POSTS

Noviembre 2009
L M X J V S D
« Oct    
 1
2345678
9101112131415
16171819202122
23242526272829
30