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Ay hijos míos, tanto cambio curril que no tengo tiempo para ná, ná más que para estreses. Ya os contaré tanto cambio y, sobre todo, os hablaré de la mejor ciudad del mundo mundial together with New York, ahí les ando, o sea Berlín. Berlín forever, Alexander Platz forever, Berlin Wall never more.
Para ir abriendo boca, mis fotos. No digáis que no son chulas.
Para los que estábais siguiendo nuestras aventuras en la Gran Manzana -pequeña y vieja manzana, según Sergio-, ahí van el resto de las entregas:
Parte 5: Vemos Times Square, el Flatiron, subimos al Empire State, la biblioteca nacional, la ONU…
Parte 6: Desfile del día de San Patricio, Julio se pilla anginas y se pone romántico y visitamos el Moma.
Parte 7: Sara imita a Sergio (impagable), Julio se vuelve a poner romántico con la lluvia. Sara se pone mala (impagable tb la escena donde Sergio la despierta en la salita compartida y Sara le avisa de que muy probablemente se gane una hostia). Ferry de Staten Island (Sarita se tapa hasta con la manta de la cama) y Estatua de la libertad
Parte 8: Preciosas escenas bajo el puente de Brooklyn, emoción con Rent. Visitamos Queens y Central Park… y nos vamos a ver a Aretha!
Parte 9 (última): Vemos a Aretha y el viaje llega a su fin…
(Si no habéis visto las primeras partes, visitad mi página desde cualquiera de los vídeos y ahí se listan todos).
¿Queréis ver al Sergio diciendo ‘esto es una vieja manzana’ o un primer plano de su tobillo? ¿Incluso sin camiseta frenta al paisaje neoyorquino de buena mañana, cual Toro Salvaje? ¿O a Sara susurrando ‘mierda, he facturado los condones’? ¿Qué paso con las maletas perdidas? ¿Quién es la doctora Shapiro? Aventuras y desventuras de una chica de Lucero y dos chicos de Aguilar de Campoo en Nueva York. Sin censuras.
Podéis ver la segunda parte aquí y la tercera aquí. Las siguientes se irán subiendo próximamente. Visita la cuenta de hijodejuete en youtube para ir viendo los próximos capítulos.
¿Os acordáis cuando os comenté que mi amigo Sergio, natural de Aguilar de Campoo, de detrás de la fábrica de Gullón, allá donde Peña Aguilón se erige milenaria y magnánima y preside las cosas desde todos los lados, emergería del metro en Nueva York, se encogería de hombros, se pondría de puntillas y diría ‘pues no es tan alto’?
Pues lo hizo.
Y no sólo dijo que no es tan alto: también dijo que no es tan nuevo. Y se echó una cabezadita en el concierto de Aretha Franklin. Y se medio aburrió en ‘Rent’. Y no se impresionó con el Chrysler, mucho menos con el Flatiron, y sacó a relucir la catedral de Burgos cuando comenté que, mientras levantaban aquello como edificio de viviendas en 1903, obsesionados como estaban por no salirse de Manhattan y montárselo aunque fuera a lo alto, en España a duras penas se hacían casas de adobe de dos plantas.
Y el metro estaba demasiado viejo, y las calles demasiado abolladas, y los billetes de un dólar un atraso. Pero va el cachondo, pasa al lado de un edificio sin ventanas, feo y temible como la torre de Mordor, y eso sí le impresiona. Ahí, mira tú por donde, delante de un ministerio insulso, sí que echó de menos la cámara –se compró una cámara que se olvidaba en el hostal la mitad de los días, u olvidaba cargarla, que tanto da, es que es como llevar paraguas, decía, que no estoy acostumbrado y me lo dejo-. Y es que Sergio, además de natural de Aguilar e hijo adoptivo de Burgos, es aparejador, de esa clase de aparejadores ceñudos y poco impresionables que sólo la escuela de aparejadores de Burgos, con esos inviernos tan largos y esa catedral helada, puede arrojar al mundo.
Y con la ‘abultez’ –término comprensible para unos pocos elegidos- propia de quienes presentan estas características sociodemográficas, no se compro una, ni dos, sino tres iPods en la tienda de Apple de la Quinta avenida. Yo hiperventilándome –lo de la ansiedad es un característica sociodemográfica más propia mía, sin embargo- y él comprando iPods como quien compra acelgas para un puchero. Y luego se atrevía a meterse con los españoles que nos cruzábamos a cada paso y de quien pillabas retazos de conversación en perfecto madrileño tipo:
-¿Pero entonces mejor la de cuatro gigas o la de ocho? –esto en frente de ‘Las señoritas de Avignon’ de Picasso.
O lo mismo era yo el que me metía con estos especímenes, es que ya no me acuerdo –tenía fiebre-.
Nuestra amiga Sara, todo menos tranquilidad –el exceso de celo y el bordar la imitación de las negras de Harlem son características sociodemográficas de Lucero, suroeste de Madrid-, no podía con él. Él se encogía de hombros o ninguneaba algún aspecto newyorkino y mi amiga Sara se hacía cruces.
-Oyes, es que no puedo con él –decía, con su desparpajo de Lucero. Lucero y Harlem son dos barrios que deberían estar hermanados. Hay mucho en común ahí.
Un día Sara aprendió a imitar al Sergio, en su cosa de acariciarse la barbilla o los remolinos del pelo como gustándose, como con todo el tiempo del mundo, como en pos de un karma ahí, al alcance de tus dedos, y yo me partía la caja. Tendríais que verla. Yo creo que Sergio, cuando se gusta, se presta a la parodia.
Yo sé cómo es Sergio, porque yo soy un poco así. Si una newyorkina páfinla le hubiera dado un poco de cuartelillo, aunque hubiera sido un rato corto en alguno de aquellos insípidos bares del Village –de vuelta me he enterado que la marcha de verdad está ahora en Chelsea, maldición-, a Sergio le hubiera parecido todo mucho más alto y nuevo en Nueva York. Pero lo de salir no fue lo nuestro, porque yo estuve jodido la mitad de los días y no me llegaban las fuerzas.
Pero claro, luego salíamos –el último día en un club con vistas espectaculares del Empire State en el piso veinte de un edificio cercano- y le dejas hueco para que se le arrimen las rubias pánfilas o esas chicas orientales con minifaldas-cinturón y él se queda como de muestra –argot también para enterados-, como petrificado, poniendo carusa. No puede ser, así no puede ser. Y la Sara y yo dando vueltas por el lugar con nuestra soda en la mano, buscando huecos para admirar el panorama exterior unas veces y el interior otras. Porque, hijos míos, hay una cosa cierta. Los neoyorquinos blancos son o pijos o palurdos –no puedo con esa pinta de universitario salido-. Pero los que tienen rollo de verdad, rollo del bueno, swing, estilo, molar, como queráis decirlo, son los negros. Los negros visten bien, de hecho es como si les costara vestir mal, y tú sabes que, por si fuera poco, la belleza está en el interior. En el interior de su ropa, vamos.
Es cierto que Sara y yo no hemos sido la mejor compañía para un teórico amante de la noche neoyorquina. Pero mira tú por dónde, ya tienes excusa para volver. No hay mal que por bien no venga. Y veremos entonces, Sergio de mis entretelas, con tu Armandín de la mano, en qué queda la noche en la ciudad que nunca duerme.
En la sala de espera de una oscura consulta particular en Central Park, a pocos metros del Dakota de Lennon y de ‘La semilla del diablo’, servidor fue abordado por una enfermera hispana sedienta de justicia, y me comienza a hablar de caso del ex gobernador de NYC, de cómo es posible que un hombre tan ‘recto’ -usó esa palabra-, formado en exquisitas instituciones –en USA todo es acerca del prestigio y del ‘achievement’- hubiera sido pillado entre prostitutas. Torcía el gesto buscando mi aprobación, yo también hispanohablante, aunque aquejado de anginas. Mi seguro de viaje se hacía cargo, y poco después me gastaba 90 dólares en un antibiótico que en la vieja Europa me hubiera costado 2 euros. No quise ni saber cuánto pagaría mi seguro por la consulta.
Así que irse de prostitutas es muy relevante en Estados Unidos, pero no lo es que unas anginas le cuesten a un americano promedio unos doscientos o trescientos dólares.
No dejé de visitar el Village, la calle Christopher, el mítico Stonewall, hoy reconvertido de nuevo en bar de copas, ‘Stonewall Inn’, un lánguido local de ambiente femenino más que masculino, buena música y poca gente divirtiéndose. En el barrio me llamó la atención la profusión de locales de ropa hardcore, latex, fustas, disfraces diversos. Siempre me parecerá lo suyo que la gente se entregue a sus placeres favoritos, pero cuando este tipo de establecimientos abundan más que cualquier otro no puedo evitar pensar que me encuentro ante una sociedad donde el hecho gay aún se vive de una forma más marginal que en aquellas donde en su lugar abundan, por ejemplo, tiendas para gay fashion victims al uso.
No, el Village es pintoresco y su valor histórico para el movimiento LGTB no puede ponerse en duda, pero hoy día se percibe como cualquier otra facción de los ‘civil rights’ en norteamérica: a caballo entre la reivindicación, el oscurantismo y la renovada represión. Dicho de otro modo: cualquier persona sensata encuentra nuestro particular ‘triángulo below Hortaleza street’ –Chueca- como un lugar abierto donde el concepto ‘gay friendly’ se extiende en cualquiera de sus acepciones con mayor éxito que en el Greenwich Village neoyorquino.
Estados Unidos nos fascina y nos repulsa a partes iguales. Nos encanta leer a Chomsky poniendo a parir lo norteamericano, pero luego perdemos el culo en la tienda de Apple de la quinta avenida –si os faltaban madrileños esta Semana Santa en la capital no busquéis más: estaban todos allí, haciendo cola para adquirir un iPhone, penúltimo objeto de ‘achievement’ para el urbanita contemporáneo-. Los españolitos homosexuales más avezados emigraban con orgullo al New York de los años ochenta a conocer bares de ambiente decentes, tal vez se codearon con Keith Haring o emborronaron sin querer sus pinturas a tiza en el metro. Pero el New York de hoy, aún manteniéndose a duras penas como cabeza de lanza en lo social, no logra elevarse del halo hipócrita, reprimido y demasiado consumista de la nación en que se ubica. Así que me quedo con Chueca. Aunque también tenga lo suyo.
Bueno, hijos míos. Me llaman el ‘lavadoras’: no me quedan días, sino horas. La gran manzana está esperándome, no seré el primer aguilarense que la visita, como un gusanito incauto, ni siquiera el primer aguilarense calvo –seguro que Peridis ha estado muchas veces-. De hecho, la visito a la par que otro aguilarense ilustre: Sergio, alias Pichina.
Sara, la tercera en discordia, lleva diez kilos de celulosa en tickets electrónicos, reservas, mapas de Google y otros. No pasa un minuto sin que mi barra de estado palpite de emoción con un aviso de Messenger y el penúltimo site que Sarita encuentra. Podríamos decir que se está poniendo pesada, pero no lo diremos porque en los viajes no hay pesadez sino susto de menos. Mientras escribo estas líneas mi Messenger ha saltado con una página del clima en NY. Siete grados mañana, tendremos sol, lluvia, nubes, de todo.
Sarita se ha excitado tanto que se ha tirado en la cama un par de días, con anginas. Y al aeropuerto va a ir su madre a despedirla. Pero no os penséis que lo de Sarita no está justificado. El verano pasado se plantó en la T4 con su billete a Santiago de Chile entre los dientes –un mes entero en Chile, desde los desiertos del norte a la Patagonia-, dos horas de antelación. Y le informaron muy tranquilos en el mostrador de la compañía que estupendo, pero que su vuelo –salía a las 00.00, también es mala suerte- había partido la noche anterior. Que las cero cero de un día son, naturalmente, la medianoche del anterior.
En cuanto a Sergio, mis energías van sólo enfocadas en dos direcciones. La primera, que no se olvide el pasaporte. Puede olvidarse calzoncillos limpios, zapatos de invierno –verano o invierno, Sergio siempre va con zapatos de invierno-, lo que quiera, pero jamás el pasaporte. Ni siquiera la felatriz del año del porno húngaro podría convencer a un bigardo de la aduana sin pasaporte, mucho menos Sergio, que es más bien sosete en el sexo oral a maromos –que nosotros sepamos-. Y la segunda, en convencerle justamente de eso, de que bobadas las menos, con los tíos de la aduana. Sergio debe entender que ante la pregunta ‘¿planea usted asesinar a nuestro presidente?’ uno debe contestar ‘no’ sin vacilación y sin adornos. No bromas. No ‘buenoooooo’ mirando al cielo. No medias sonrisas. Una cosa es que Juanjo te esnuque en el suelo del Nebraska por cachondo y otra cosa es que te devuelvan a tu país en unas vacaciones por lo mismo. Lo primero puede no tener remedio, pero al menos no les haces la putada a tus compañeros.
Yo sé cómo va a ser Sergio en NY. Sergio aún tiene el pueblo metido en los huesos –no es que yo no lo tenga, es que lo puedo disimular-, y yo me le imagino en aquellas avenidas con las manos en los bolsillos mirando para arriba y encogiéndose de hombros.
- Pues tampoco es tan alto, esto.
O peor aún:
- Esto, si lo miramos con tiempo…
Se acordará de los amigos:
- Si estuviera aquí Armandín… menuda jaca.
Y perderá algún regalo para su sobrina.
Estoy sobreexcitado.
Hoy me he levantado dando un salto mortal, como los Hombres G -¿a que David Summers hoy día da un poco de repelús?-, y mi mente, como en aquella escena de ‘Mar adentro’, ha volado por encima de las olas del atlántico hasta una península no muy grande, al extremo de una isla alargada, en aquello que dieron en llamar América, al norte. Allí hay una ciudad cuyos nombres provienen del holandés –Harlem, Brooklyn-, un trozo de tierra hundida por el peso de inmensos rascacielos, una urbe sucia y barriobajera hace un siglo y medio que poco a poco se convirtió en el paradigma de urbe.
En un extremo de nuestra civilización está el individuo, lo orgánico, lo natural, lo que nos ata a la biología. En el otro extremo está la cultura, lo social, lo urbano, todo lo que hace que podamos vivir cerca unos de otros. Y eso es Nueva York. Y yo estoy sobreexcitado porque ya lo tenemos todo. Tenemos nuestro pasaporte de lectura mecánica –supongo que esta es la denominación más corta que se les pudo ocurrir, lo que da fe de la capacidad de síntesis, y por tanto de la inteligencia, de nuestros administradores públicos-, chanclas para el baño común del hostal donde nos quedaremos –os juro por mis muertos que esta vez hubiera ido a un hotel decente-, en el Upper West Side, a un paso de Central Park, billetes de avión hasta Frankfurt y luego nueve horitas de nada, tarjeta de crédito dorada para fundir en la tienda de Apple, el Lonely Planet subrayado a lápiz –para NY prefiero la de El País Aguilar-, tajetas de 2Gb para la cámara, calcetines nuevos –nueve pares, me volví loco y en Carrefour están a 3 por 2-.
Y también tenemos, quien me conoce sabrá lo que siento por dentro, en la zona interna de mis entrañas, entradas para ver Rent, el musical. Sabéis que soy un renthead como una casa, tal vez el único aguilarense renthead de la historia. Me lo sé de memoria. Lo cantaré y lloraré como una fan histérica. Más, sabiendo que el 1 de junio será la última representación en Broadway -se representa ininterrumpidamente desde su estreno en 1996-. Tal vez mis compañeros de viaje, Sara –madrileña de Lucero- y Sergio –aguilarense de detrás de Gullón-, me miren extrañados, tal vez no puedan unirse a mi viaje por la bohemia enferma de virus y de amor del Nueva York de los primeros noventa, pero hay cosas que uno debe hacer solo.
Sin embargo, lo mejor de todo lo que tenemos es, queridos amigos –quizá después de esto queráis no serlo-, tres tickets como tres soles para ver a Aretha Franklin en el Radio City Music Hall.
Sí. Aretha Franklin. La reina del soul. La más grande voz femenina viva de canción ligera. La posición número 9 en el ranking de los artistas más influyentes de la historia según Rolling Stone, y primera mujer de la lista. Y sí, en el legendario Radio City Music Hall. El teatro más afamado y prestigioso de Nueva York.
Y bueno, lo de que además coincidimos con el día de San Patricio –todo verde, todo irlandeses borrachos- y su desfile por la Quina Avenida no os lo voy a restregar por la cara, entiendo que la envidia nunca es sana.
¿Contras? El acojone que te entra leyendo lo de la pequeña bombita ayer en un centro de reclutamiento en Times Square, y recordando que el 19 de marzo se cumple el quinto aniversario de la invasión de Irak. En fin, quedémonos con Aretha.

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